PARTE 2: EL SECRETO DE TOBY

Robert tardó varios segundos en reaccionar.

Sus brazos seguían rodeando a Toby, pero sus ojos ya no estaban puestos en mí.

Miraban a Margaret.

—¿Por qué diría algo así? —preguntó finalmente.

Mi tía soltó una risa demasiado rápida.

—Porque está loca. ¿No lo ves? Llevo años diciendo que Sofía tiene problemas.

—No te he preguntado a ti —respondió Robert.

Aquello la dejó muda.

Nunca lo había oído hablarle así.

Margaret recuperó la compostura.

—Robert, vámonos. No pienso participar en este circo.

Agarró a Toby del brazo.

El niño se quejó.

—Mamá, me haces daño.

Robert apartó inmediatamente su mano.

—No lo toques.

La expresión de Margaret cambió.

—¿Perdón?

—Hasta que me expliques por qué Sofía acaba de pedirme una prueba de ADN.

Todas las miradas regresaron hacia mí.

Respiré hondo.

Había llegado demasiado lejos para retroceder.

—Hace seis años vi algo.

Margaret palideció.

—Cállate.

Robert giró hacia ella.

—Déjala hablar.

—¡Es una mentirosa!

—Entonces no deberías tener miedo.

Esa frase cayó como una piedra.

Margaret abrió la boca.

Nada salió.

Miré a Robert.

—Fue en el Hospital Saint Joseph. Mi madre estaba ingresada y yo fui a buscar café. Vi a Margaret en el pasillo de maternidad.

Robert frunció el ceño.

—¿Maternidad?

Asentí.

—Estaba con un hombre.

—¿Qué hombre?

Margaret dio un paso hacia mí.

Sofía, te advierto que si continúas…

—¿Qué vas a hacer? —pregunté—. ¿Insultarme una séptima vez?

Algunas personas murmuraron.

Margaret bajó la voz.

—No sabes con qué estás jugando.

Aquello confirmó más de lo que pretendía negar.

Robert la observó.

—¿Quién era?

—Nadie.

—Margaret.

—¡Un amigo!

—¿Qué amigo?

Ella apretó los labios.

Robert dejó lentamente a Toby en el suelo.

—Toby, ve con la señora del mostrador un momento.

—Pero, papá…

—Estaré aquí.

Una empleada se acercó y tomó suavemente al niño de la mano.

Cuando Toby se alejó, Robert volvió a mirar a su esposa.

Ya no parecía avergonzado.

Parecía destruido.

—Cuando quedaste embarazada —dijo— me dijiste que nunca habías estado con otro hombre.

—Y era verdad.

—Entonces hacemos la prueba.

Margaret se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—La prueba de ADN.

—¿Vas a permitir que esta cualquiera destruya nuestro matrimonio?

Robert cerró los ojos.

—Acabas de volver a insultarla.

—¡Porque se lo merece!

—No. Lo que quiero saber ahora es por qué estás evitando responder.

Margaret miró alrededor.

Decenas de teléfonos seguían grabando.

Su humillación pública había cambiado de dueña.

—No pienso discutir mi matrimonio delante de desconocidos.

Se dirigió hacia Toby.

Robert la bloqueó.

—Toby viene conmigo.

—Es mi hijo.

—También es mío.

Margaret lo miró fijamente.

Entonces cometió el error que terminó de romperlo todo.

—Eso crees tú.

El silencio fue absoluto.

Incluso Margaret pareció comprender demasiado tarde lo que acababa de decir.

Robert retrocedió.

—¿Qué acabas de decir?

—No quise decir…

—Lo escuché perfectamente.

Su rostro había perdido todo color.

Margaret intentó agarrarlo.

Robert se apartó.

—No me toques.

Yo tampoco podía moverme.

Una parte de mí había esperado que aquel recuerdo del hospital tuviera una explicación inocente.

Pero ya no parecía posible.

Mi teléfono vibró nuevamente.

El mismo número desconocido.

Abrí el mensaje.

“Pregúntale por el doctor Bennett.”

Sentí un escalofrío.

Levanté la vista.

—Tía Margaret.

Ella me miró y algo en mi expresión debió advertirle.

—¿Qué?

—¿Quién es el doctor Bennett?

La bolsa de verduras cayó de sus manos.

Robert la miró.

—¿Bennett?

Margaret comenzó a negar con la cabeza.

—No.

—¿Lo conoces? —pregunté.

—No sé de qué estás hablando.

Robert dio un paso hacia ella.

—Yo sí conozco ese nombre.

Todos nos volvimos hacia él.

—Hace seis años —continuó—, cuando nació Toby, había un doctor llamado Ethan Bennett en el hospital.

Mi memoria se encendió de golpe.

El hombre del pasillo.

Alto.

Cabello oscuro.

Bata blanca.

Su brazo alrededor de la cintura de Margaret.

Era médico.

—Era él —susurré.

Margaret se lanzó hacia mí.

—¡Cállate!

Robert la sujetó antes de que pudiera alcanzarme.

—¡Basta!

—¡Está destruyendo nuestra familia!

—No, Margaret. Si esto es verdad, tú lo hiciste hace seis años.

Ella comenzó a llorar.

Pero conocía aquellas lágrimas.

Margaret lloraba cuando necesitaba convertir una acusación en compasión.

—Robert, mírame. Hemos criado a Toby juntos. ¿Realmente vas a tirar seis años por una insinuación?

Robert tragó saliva.

—Toby seguirá siendo mi hijo aunque esa prueba diga que no compartimos sangre.

Margaret dejó de llorar.

—Entonces no necesitas hacerla.

Robert la miró durante un largo momento.

—Precisamente por eso necesito hacerla.

Su teléfono sonó.

Lo sacó del bolsillo.

Al mirar la pantalla, frunció el ceño.

—Número desconocido.

Mi estómago se cerró.

—A mí también me han escrito desde uno.

Robert respondió.

—¿Hola?

Nadie habló.

Entonces activó el altavoz.

Una voz masculina llenó el silencio.

—Robert Hill.

Margaret pareció dejar de respirar.

—¿Quién habla? —preguntó Robert.

Hubo una breve pausa.

—Alguien que debería haberte contado la verdad hace seis años.

Margaret corrió hacia el teléfono.

—¡Cuelga!

Robert la apartó.

—¿Quién eres?

La voz respondió:

—Ethan Bennett.

Robert cerró los ojos.

Yo sentí que se me helaba la sangre.

Margaret comenzó a temblar.

—Ethan, por favor…

Robert abrió los ojos.

—¿Conoces a mi esposa?

Silencio.

Después:

—Sí.

—¿Toby es tu hijo?

Margaret soltó un sollozo.

Ethan no respondió inmediatamente.

Cuando lo hizo, su voz sonó extrañamente cansada.

—Eso no es lo peor que Margaret te ha ocultado.

Mi tía levantó la cabeza de golpe.

—¡No te atrevas!

—¿Qué significa eso? —preguntó Robert.

Ethan respiró profundamente.

—Significa que Toby ya tuvo una prueba de ADN hace seis años.

Robert quedó petrificado.

—¿Qué?

—Margaret conoce el resultado.

Mi tía comenzó a retroceder.

Un paso.

Después otro.

Robert la miró como si ya no reconociera a la mujer con la que había compartido su vida.

—¿Dónde está ese resultado?

La llamada quedó en silencio.

Entonces Ethan pronunció una frase que hizo que Margaret saliera corriendo hacia la puerta del supermercado.

—No lo tengo yo, Robert. Lo tiene la madre de Sofía.

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