Parte 2: ESTA CASA NO SE COMPRA CON MIS PADRES

Volví a mirar el tazón de consomé frío frente a Doña Carmen.

Dieciocho horas sin comer.

Una amenaza.

Un piso de lujo.

Y ciento diez mil euros de mis padres sobre la mesa.

De pronto todo me pareció ridículamente sencillo.

—De acuerdo —dije.

Mateo levantó la cabeza.

—¿De acuerdo?

Doña Carmen también me miró.

Por primera vez en horas, apareció un destello de victoria en sus ojos.

—Sí.

Abrí el bolso y saqué mi teléfono.

—El piso no estará a mi nombre.

Mateo soltó el aire de golpe.

—Elena, sabía que entenderías…

Levanté una mano.

—No he terminado.

Me giré hacia la agente inmobiliaria.

—Quiero cancelar nuestra participación en la compra.

El silencio fue absoluto.

Mateo tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Qué?

—Mis padres aportan ciento diez mil euros. Si mi nombre no aparece en la escritura, su dinero tampoco.

Doña Carmen se levantó de golpe.

Milagrosamente, después de dieciocho horas de supuesto desfallecimiento, lo hizo con bastante energía.

—¡Ese dinero era un regalo de boda!

La miré.

—Era para ayudarme a comprar mi casa.

—¡Eres la esposa de Mateo! ¡Su casa es tu casa!

—Entonces no debería existir ningún problema en poner mi nombre.

Carmen abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Mateo se acercó.

—Elena, no compliques esto.

—No estoy complicando nada.

Señalé los documentos.

—Quien pone dinero, figura como propietario. Si vosotros queréis una casa únicamente para Mateo, pagadla vosotros.

Don Antonio apagó lentamente el cigarrillo.

—Muchacha, estás llevando demasiado lejos una cuestión familiar.

—Mis padres tardaron veinticinco años en ahorrar ese dinero.

Lo miré directamente.

—No es una cuestión familiar para ustedes porque el dinero no salió de sus bolsillos.

Mateo me agarró del brazo.

—Ven conmigo.

Me llevó hacia un rincón.

—¿Quieres matar a mi madre por una escritura?

Aquella frase terminó de abrirme los ojos.

—¿Matarla yo?

—Sabes que tiene problemas cardíacos.

—Entonces deberías llevarla al hospital, no utilizar su hambre para modificar una compraventa.

Su rostro se endureció.

—Es mi madre.

—Y los que pusieron ciento diez mil euros son mis padres.

—Cuando nos casamos, dejamos de separar lo tuyo y lo mío.

Casi sonreí.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Cuando hablamos del dinero de mis padres, todo es «nuestro». Cuando hablamos de la propiedad, de repente todo es tuyo.

Mateo palideció.

Detrás de nosotros, Carmen comenzó a quejarse.

—Ay… el pecho…

Mateo corrió hacia ella.

—¡Mamá!

Carmen se llevó una mano al corazón.

—No puedo respirar…

Todos se alteraron.

Todos excepto yo.

La había visto hacer aquello antes.

Durante la preparación de la boda había sufrido un «mareo» cuando rechacé cambiar el restaurante.

Después tuvo una «crisis de tensión» porque no quise entregar mis joyas de boda para que ella las guardara.

Siempre enfermaba exactamente cuando alguien decía que no.

Mateo gritó:

—¡Elena, pide perdón!

Cogí mi bolso.

—Llama al 112.

Carmen dejó de gemir durante un segundo.

Solo uno.

Pero lo vi.

—Si realmente está sufriendo una emergencia cardíaca, necesita médicos, no mis disculpas.

Me marché.


Llamé a mis padres desde el coche.

Mi madre respondió enseguida.

—¿Ya habéis firmado?

Miré el volante.

—No.

—¿Ha ocurrido algo?

Se me cerró la garganta.

—Mamá, necesito devolverte el dinero.

Silencio.

—¿Por qué?

Se lo conté.

Todo.

Cuando terminé, mi madre no dijo nada durante varios segundos.

Después escuché la voz de mi padre al fondo.

—Pon el altavoz.

Lo hice.

—Elena —dijo—, ¿el dinero sigue en tu cuenta?

—Sí.

—Entonces no has perdido nada.

Empecé a llorar.

—Papá…

—Escúchame.

Su voz temblaba.

—Yo puedo conducir esa furgoneta otros dieciocho años.

Mi madre comenzó a sollozar.

—Pero no voy a permitir que nuestros ahorros compren una casa de la que puedan echar a mi hija mañana.

Me cubrí la boca.

—Devuélvenos el dinero. Y después decide qué clase de matrimonio tienes.

Aquella última frase me acompañó toda la noche.


Mateo no volvió hasta casi medianoche.

Entró dando un portazo.

—Mi madre está destrozada.

—¿Qué dijeron los médicos?

Se quedó callado.

—¿La llevaste al hospital?

—No quiso ir.

Asentí.

Exactamente lo que imaginaba.

—Entonces probablemente no estaba muriéndose.

—¡Elena!

—¿Qué?

—¿En qué te has convertido?

Lo miré incrédula.

—En una mujer que no quiere regalar ciento diez mil euros.

—¡Es para nuestra casa!

—Pon mi nombre.

Silencio.

—Hazlo —repetí—. Mañana llamamos a la promotora, ponemos ambos nombres y transferimos el dinero.

Mateo apartó la mirada.

Y en ese instante comprendí que el problema nunca había sido su madre.

—Tú tampoco querías que apareciera.

No respondió.

Sentí un escalofrío.

—Mateo.

—Mi madre piensa que es mejor así.

—No te he preguntado qué piensa ella.

Me acerqué.

—Te estoy preguntando qué quieres tú.

Finalmente respondió:

—Creo que, como hombre, necesito cierta seguridad.

Me reí.

—¿Seguridad?

—Si algún día nos divorciamos…

Se detuvo demasiado tarde.

—Continúa.

—No quiero perder una casa por la que estaré pagando una hipoteca durante treinta años.

Lo miré durante varios segundos.

—Pero no te preocupa que yo pierda los ciento diez mil euros que mis padres tardaron veinticinco años en conseguir.

No respondió.

Aquella fue su respuesta.


A la mañana siguiente devolví íntegramente el dinero a mis padres.

Después llamé a la promotora y dejé por escrito que no autorizaba utilizar ningún fondo mío para aquella compra.

Mateo se enteró a mediodía.

Me llamó once veces.

No contesté.

Cuando llegué a casa, Carmen estaba esperándome.

Ya no parecía enferma.

—¿Has retirado el dinero?

—Sí.

Me señaló con el dedo.

—¡Has humillado a mi hijo!

—No.

Dejé las llaves sobre la mesa.

—Simplemente impedí que utilizara los ahorros de mis padres para comprar una propiedad exclusivamente suya.

Carmen sonrió con desprecio.

—¿Crees que sin tus miserables ciento diez mil euros mi hijo no puede comprar una casa?

—Perfecto.

La miré.

—Entonces cómprenla.

Su sonrisa desapareció.

Y entendí por qué.

No podían.


Dos días después recibí una llamada de la agente inmobiliaria.

—Profesora Elena, necesito confirmar algo.

—Dígame.

—Su marido ha presentado una nueva documentación para mantener la reserva.

Fruncí el ceño.

—Eso ya no tiene relación conmigo.

—Normalmente no. Pero hay algo extraño.

—¿Qué?

—La nueva entrada figura financiada mediante un préstamo privado.

—¿A nombre de Mateo?

Hubo una pausa.

—No.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Entonces de quién?

La mujer bajó la voz.

—De usted.

Me levanté de la silla.

—Eso es imposible.

—Aquí aparece su nombre, su documento de identidad y una firma.

—Yo no he firmado ningún préstamo.

La agente guardó silencio.

—Entonces debería venir inmediatamente.

Llegué cuarenta minutos después acompañada de un abogado de confianza de la universidad.

El documento estaba allí.

Mi nombre.

Mis datos.

Una deuda de ciento veinte mil euros.

Y una firma que intentaba imitar la mía.

Mateo había intentado convertir en deuda a mi nombre el dinero que yo me había negado a regalarle.

Mi abogado fotografió todo.

—No firme nada —me dijo—. Y no avise todavía a su marido.

Pero cuando salimos del despacho, Mateo estaba en el pasillo.

Doña Carmen estaba a su lado.

—Elena.

Lo miré.

—Has falsificado mi firma.

Mateo palideció.

Carmen intervino inmediatamente.

—No seas dramática. Entre marido y mujer no existe eso de falsificar.

Mi abogado giró lentamente la cabeza hacia ella.

—Le recomiendo que no vuelva a repetir esa frase.

Carmen se quedó callada.

Mateo se acercó.

—Puedo explicarlo.

—Ya no quiero explicaciones.

—Elena…

Me quité el anillo.

Lo dejé sobre una mesa.

—Quiero el divorcio.

Esta vez fue Carmen quien perdió el color.

Mateo se quedó inmóvil.

—No puedes hablar en serio.

—Completamente.

—Llevamos cuatro meses casados.

—Y han sido suficientes.

Di media vuelta.

Entonces escuché a Carmen gritar detrás de mí:

—¡Si sales por esa puerta, no recibirás ni un céntimo!

Me detuve.

Giré lentamente.

—¿De qué?

Carmen sonrió.

Fue una sonrisa extraña.

Demasiado segura.

—Pregúntale a tu marido por qué tuvo tanta prisa en casarse contigo.

Mateo se volvió hacia ella.

—Mamá, cállate.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—¿Qué significa eso?

—Nada —respondió Mateo.

Carmen soltó una carcajada.

—¿Nada?

Sacó una carpeta de su bolso.

Mateo intentó arrebatársela.

Mi abogado se interpuso.

Carmen sacó un documento.

—Tu querida universidad todavía no te ha comunicado la noticia, ¿verdad?

Miré el papel.

Era una notificación relacionada con una herencia.

Reconocí inmediatamente el nombre del fallecido.

Profesor Alejandro Robles.

Mi antiguo director de tesis.

El hombre que había sido como un segundo padre para mí.

Había muerto seis meses antes de mi boda.

—¿Qué tiene que ver Alejandro con esto?

Carmen me sostuvo la mirada.

—Muchísimo.

Mateo cerró los ojos.

Y entonces ella pronunció las palabras que hicieron que mi matrimonio entero cambiara de significado.

—Porque cuando mi hijo empezó a cortejarte, ya sabía que Alejandro te había nombrado heredera de una propiedad valorada en más de dos millones de euros.

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