Las patrullas llegaron antes de que Ofelia pudiera borrar el mensaje.
Dos agentes entraron al velorio y ordenaron que nadie abandonara la casa.
—¿Quién reportó la muerte originalmente? —preguntó uno.
Mi madre levantó la mano.
—Yo. Mi nuera se quitó la vida.
Sofía se aferró a mi pantalón.
—No es cierto.
Teresa la miró.
Fue apenas un segundo.
Pero vi algo que jamás olvidaré.
No era tristeza. Era miedo.
Me agaché junto a mi hija.
—Sofi, no tienes que decir nada más ahora.
Una agente se acercó con suavidad y pidió que una familiar materna se llevara a Sofía a otra habitación mientras esperaban personal especializado para hablar con ella.
Entonces recordé a mi padre.
Seguía golpeando el descansabrazos.
Tres veces.
Pausa.
Tres veces.
Me arrodillé junto a su silla.
—Papá, ¿quieres mostrarme algo?
Parpadeó con fuerza.
Sí.
Metí la mano debajo del descansabrazos izquierdo.
Mis dedos tocaron cinta adhesiva.
Despegué un objeto pequeño.
Era una memoria USB.
Diego dio un paso hacia mí.
—Dámela.
Todos lo miraron.
Se quedó inmóvil.
—Quiero decir… quizá no tenga nada que ver.
Cerré la mano alrededor de la memoria.
—Entonces no debería preocuparte.
El policía la tomó como evidencia.
Ofelia palideció.
—Están convirtiendo una tragedia en un circo.
El agente la miró.
—Señora, necesito su teléfono.
—¿Por qué?
—Porque el señor Alejandro afirma haber visto un mensaje relacionado con este asunto.
—Es privado.
—Entonces podemos solicitar que se preserve su contenido mientras se determina su relevancia.
Por primera vez, mi tía dejó de discutir.
El entierro fue suspendido.
El ataúd no salió de la casa.
Un investigador llegó poco después y explicó que, dadas las declaraciones contradictorias, era necesario revisar cómo se había determinado la causa de la muerte y conservar cualquier evidencia disponible.
Mi madre explotó.
—¡Ya tenemos un certificado!
—Lo revisaremos.
—¡Mi hermana trabaja en una funeraria! ¡Todo se hizo correctamente!
El investigador giró lentamente hacia Ofelia.
—¿Su funeraria intervino?
Silencio.
Ofelia respondió:
—Solo ayudé a la familia.
—¿Quién solicitó sus servicios?
—Teresa.
—¿Y quién identificó el cuerpo?
Mi madre dejó de llorar.
—Yo.
Sentí que algo frío me recorría la espalda.
Todo había pasado mientras yo estaba incomunicado.
Mi madre reportó la muerte.
Mi tía preparó el funeral.
Y ahora ambas querían enterrar a Mariana antes de que yo pudiera hacer preguntas.
Demasiadas coincidencias.
—Quiero subir —dije.
El investigador negó.
—Primero entraremos nosotros.
Miré hacia Diego.
Ya no estaba junto a la cocina.
—¿Dónde está mi hermano?
Todos giraron.
La puerta trasera estaba abierta.
Un agente corrió hacia ella.
Otro pidió por radio que vigilaran las calles cercanas.
Teresa se llevó una mano al pecho.
—Diego está asustado. Ustedes lo están tratando como un criminal.
—Sofía dijo que él rompió una puerta y agredió a Mariana.
—¡Es una niña!
Mi padre golpeó violentamente su silla.
Una vez.
Dos.
Tres.
Teresa se volvió hacia él.
—¡Basta, Ernesto!
Mi padre la miró con una furia que jamás había visto desde su derrame.
Entonces levantó su única mano funcional.
Y señaló hacia ella.
La memoria USB pudo revisarse aquella misma noche.
Contenía grabaciones de una cámara instalada en el pasillo del tercer piso.
Yo ni siquiera sabía que existía.
Mi padre sí.
Meses atrás, después de que desapareciera dinero de su habitación, había pedido a un vecino que instalara una pequeña cámara.
La primera grabación relevante era de la noche anterior a mi misión.
Mariana aparecía discutiendo con Diego.
No había audio claro.
Pero ella intentaba cerrar nuestra habitación.
Diego impedía que la puerta se cerrara.
Minutos después apareció Teresa.
Mi madre no separó a Diego.
Le quitó el teléfono a Mariana.
Sentí que me faltaba el aire.
—Sigue —ordené.
La siguiente grabación era de aquella madrugada.
Mariana salió al pasillo.
Llevaba la ropa desordenada y parecía desesperada.
Intentó bajar las escaleras.
Teresa apareció desde abajo.
Discutieron.
Mi madre señaló hacia la habitación.
Mariana negó con la cabeza.
Entonces Diego volvió a aparecer.
La cámara no mostraba el interior del dormitorio.
Solo vimos cómo los tres entraban.
Y después…
Teresa cerró la puerta desde fuera.
Exactamente como Sofía había dicho.
El investigador detuvo el video.
—¿Cuánto tiempo permaneció cerrada?
El técnico avanzó la grabación.
Una hora.
Dos.
Cuatro.
Mariana golpeó la puerta varias veces desde dentro.
Nadie abrió.
A las 6:13 de la mañana, Teresa regresó con Ofelia.
Mi tía llevaba un bolso grande.
Entraron.
La grabación siguiente faltaba.

—¿Falta? —pregunté.
El técnico asintió.
—Alguien eliminó aproximadamente cuarenta minutos.
Miré a mi padre.
Tenía lágrimas en los ojos.
—¿Se pueden recuperar?
—Intentaremos hacerlo.
La policía encontró a Diego aquella madrugada en casa de un amigo.
No me permitieron acercarme cuando lo llevaron para declarar.
Fue mejor así.
Mi madre pasó horas insistiendo en que todo tenía una explicación.
Ya no la escuchaba.
A las cuatro de la mañana, me senté junto a Sofía.
Dormía abrazada a la muñeca que le había comprado.
La miré y comprendí que mi hija había pasado tres días rodeada de adultos que esperaban que olvidara.
Pero no había olvidado.
Cuando despertó, me preguntó:
—Papá, ¿mamá hizo algo malo?
—No.
—La abuela dijo que fue culpa de mamá.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Escúchame, Sofi. Tú no tienes que resolver lo que hicieron los adultos. Yo voy a estar contigo.
Ella asintió.
Después dijo algo inesperado.
—El abuelo también ayudó a mamá.
—¿Cómo?
—Cuando la abuela estaba abajo, mamá salió una vez.
Me quedé inmóvil.
—¿Salió de la habitación?
Sofía asintió.
—El abuelo abrió.
Eso explicaba la memoria USB.
—¿Y qué hizo mamá?
Sofía señaló hacia mi dormitorio.
—Escondió algo en tu armario.
A la mañana siguiente regresé a la casa acompañado por investigadores.
Abrieron el armario.
Revisaron cajones, ropa, cajas.
Nada.
Hasta que uno de ellos encontró una tabla ligeramente desplazada en la parte posterior.
Detrás había un sobre.
Mi nombre estaba escrito con la letra de Mariana.
ALEJANDRO: SI REGRESAS Y YO NO PUEDO EXPLICARTE, ENTREGA ESTO A LA POLICÍA.
Mis manos empezaron a temblar.
Dentro había copias de movimientos bancarios.
Fotografías.
Mensajes impresos.
Y documentos relacionados con la empresa donde yo trabajaba.
Reconocí inmediatamente un nombre.
Licenciado Salgado.
El mismo hombre que había organizado mi misión de setenta y dos horas.
El mismo que supuestamente había dicho a mi familia que nadie podía comunicarse conmigo.
Debajo había una fotografía de Diego entrando en un almacén de nuestra empresa junto a Salgado.
En la última hoja, Mariana había escrito:
“Diego descubrió que sé lo que están haciendo. Teresa también lo sabe. Si consiguen sacar a Alejandro de la ciudad, vendrán por estos documentos.”
Sentí que la habitación se inclinaba.
Mi misión no había coincidido con aquello.
Me habían apartado de casa.
El investigador tomó el sobre.
—Alejandro, desde este momento no contacte a su jefe.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Llegó una fotografía.
Era mi padre sentado en su silla de ruedas.
La imagen acababa de ser tomada.
Debajo apareció un mensaje:
“Encontraste lo que Mariana escondió. Ahora devuélvelo si quieres volver a ver vivo a Ernesto.”
Corrí hacia la habitación de mi padre.
La silla estaba allí.
Vacía.
Y sobre la cama habían dejado la mascada verde que yo había comprado para Mariana.
Alguien había entrado en la casa mientras todos nosotros estábamos arriba.