Julián sostuvo el teléfono frente a todos.
Carolina dio un paso hacia él.
—No tienes derecho a grabarme.
—Tengo derecho a demostrar lo que dijiste.
El pasillo quedó completamente en silencio.
Julián tocó la pantalla.
La voz de Carolina salió clara por el altavoz.
—“Pensé que podía gustarle.”
Después se escuchó mi voz.
—“¿Aunque sabías que estaba buscando a otra persona?”
Y nuevamente Carolina.
—“Un hombre como Julián no se enamora de una voz para siempre.”
Nadie dijo nada.
La chica que sostenía el teléfono bajó lentamente el brazo.
Carolina se quedó blanca.
—Eso está sacado de contexto.
Julián guardó el móvil.
—Entonces explica el contexto.
—Yo solo estaba confundida.
—No.
Su voz seguía tranquila.
—Estabas perfectamente consciente de que Campanilla era otra persona.
Algunos estudiantes comenzaron a murmurar.
Carolina miró a su alrededor.
Hasta aquella mañana había disfrutado de cada mirada.
Ahora parecía querer desaparecer.
—¿Y qué? —dijo finalmente—. Tú me entregaste las flores.
Julián señaló el ramo que estaba sobre mi piano.
—Porque mentiste sobre quién eras.
Después me miró.
Toda la frialdad desapareció de su rostro.
—Esta vez sí llegaron a la persona correcta.
Sentí que mis mejillas ardían.
Decenas de ojos estaban puestos sobre nosotros.
Yo odiaba ser el centro de atención.
Julián lo sabía.
Por eso no intentó abrazarme ni convertir el momento en un espectáculo.
Simplemente extendió una mano.
—¿Quieres salir de aquí?
Miré sus dedos.
Después puse mi mano sobre la suya.
—Sí.
Cruzamos el pasillo juntos.
Cuando pasamos junto a Carolina, ella murmuró:
—Esto no durará.
Julián se detuvo.
Yo también.
—¿Por qué? —preguntó él.
Carolina soltó una risa amarga.
—Porque ahora mismo todo te parece especial. Pero cuando descubras cómo es Lucía realmente, te aburrirás.
Esperaba que aquellas palabras me hirieran.
Y lo hicieron.
Pero antes de que pudiera soltar la mano de Julián, él entrelazó los dedos con los míos.
—Carolina.
Ella levantó la cabeza.
—Yo ya sé cómo es Lucía realmente. Ese era precisamente el punto.
No añadió nada más.
Salimos del edificio.
Por primera vez estábamos frente a frente sin una pantalla de por medio.
Durante nueve meses había imaginado aquel momento cientos de veces.

En mis fantasías siempre sabía qué decir.
En realidad, no podía mirarlo más de tres segundos seguidos.
Julián sonrió.
—Así que eres tímida de verdad.
—Te lo advertí.
—Pensé que exagerabas.
—Y yo pensé que reconocerías a Campanilla entre mil personas.
Su sonrisa desapareció.
—Eso me lo merecía.
—Completamente.
—¿Cuánto tiempo vas a recordármelo?
—Todavía no lo he decidido.
Se rio.
Y entonces lo reconocí.
No por su rostro.
Por aquella risa.
Era la misma que había escuchado tantas noches mientras hablábamos hasta quedarnos dormidos.
De repente, la incomodidad desapareció.
Seguía siendo Julián.
Mi Julián.
Solo que ahora podía verlo.
Nos sentamos en un banco detrás del conservatorio.
Él colocó el ramo entre nosotros.
—Tengo que preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Por qué nunca me dijiste que Carolina era tu compañera?
—Nunca imaginé que fuera importante.
—Ahora creo que habría sido información bastante útil.
No pude evitar reír.
Entonces su expresión se volvió seria.
—Lucía, lo de anoche…
Bajé la mirada.
—Lo sé.
—No. Déjame terminar.
Esperó hasta que lo miré.
—No quiero que vuelvas a pensar que tienes que competir con otra mujer para que yo te elija.
Sentí una presión cálida en el pecho.
—Pero apenas me conoces en persona.
—Te conozco desde hace nueve meses.
—Eso es diferente.
—¿Sabes qué desayuné el día de mi examen de anatomía?
—Dos cafés y una barrita que estaba caducada.
—¿Qué hago cuando estoy nervioso?
—Golpeas cuatro veces la mesa con el dedo índice.
Julián levantó una ceja.
—¿Cuál es la canción que odio?
—La que yo toco cada vez que quiero molestarte.
—Exacto.
Sonrió.
—Entonces quizá conocerse no depende solamente de saber cómo se ve alguien.
No pude responder.
Solo miré nuestras manos todavía juntas.
Durante los días siguientes, el campus encontró otro tema del que hablar.
Las fotografías de Julián y Carolina desaparecieron.
Fueron reemplazadas por una imagen de nosotros saliendo del conservatorio.
Pero Carolina no se rindió inmediatamente.
Publicó mensajes ambiguos.
Insinuó que Julián había estado interesado en ella primero.
Afirmó que yo había intervenido por celos.
Incluso dijo que nuestra relación virtual jamás había sido seria.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Julián no respondió públicamente.
Yo tampoco.
Simplemente dejamos que la gente hablara.
Una semana después, durante el festival universitario, llegó mi turno de interpretar una composición original.
Subí al escenario.
Las luces me cegaron.
Había cientos de personas frente a mí.
Entre ellas estaba Carolina.
Y en primera fila, Julián.
Me senté frente al piano.
Respiré profundamente.
La pieza que interpreté era una melodía que había compuesto meses atrás.
Julián la conocía.
Había sido la primera canción que toqué exclusivamente para él.
Cuando terminé, el auditorio permaneció en silencio durante un segundo.
Después estalló en aplausos.
El presentador regresó al escenario.
—Lucía, ¿tiene nombre esta composición?
Miré a Julián.
Él ya estaba sonriendo.
Me acerqué al micrófono.
—Campanilla.
Los murmullos recorrieron el auditorio.
Y entonces todos comprendieron.
No necesitábamos explicar nuestra historia.
La canción había existido mucho antes de que Carolina recibiera aquellas flores.
Después del concierto, Carolina me esperaba detrás del escenario.
Estaba sola.
—Ganaste —dijo.
La miré.
—Nunca estuvimos compitiendo.
Aquella respuesta pareció dolerle más que cualquier insulto.
—Todos se ríen de mí.
—Yo nunca les pedí que lo hicieran.
—Podrías decirles que fue solamente un malentendido.
—Lo fue al principio.
Hice una pausa.
—Después decidiste convertirlo en una mentira.
Carolina bajó la mirada.
Por primera vez desde que la conocía, no parecía la estrella perfecta del Departamento de Danza.
Solo parecía una chica que había tomado una mala decisión y después había seguido mintiendo porque le daba vergüenza admitirla.
—Lo siento —murmuró.
No la abracé.
No fingí que nada había ocurrido.
Pero asentí.
—Espero que la próxima vez preguntes antes de aceptar algo que sabes que pertenece a otra persona.
Carolina se marchó.
Un minuto después apareció Julián.
Llevaba una sola campanilla azul entre los dedos.
—¿Otra vez flores?
—Esta vez comprobé dos veces a quién se la entregaba.
Solté una carcajada.
Me ofreció la flor.
—Lucía.
—¿Sí?
—Quiero corregir algo.
—¿Qué cosa?
—Hace nueve meses empezamos como dos desconocidos detrás de una pantalla.
Se acercó un poco más.
—Y aunque llevamos todo ese tiempo llamándonos novios, nunca te pregunté correctamente.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—Así que…
Extendió la flor hacia mí.
—¿Quieres seguir siendo mi novia ahora que sabes que soy incapaz de reconocer personas?
Me reí.
—Eso no ayuda mucho a tu propuesta.
—Estoy estudiando medicina, no romance.
Tomé la campanilla.
—Sí.
Su sonrisa fue inmediata.
—¿Sí?
—Sí.
Entonces caminamos juntos hacia la salida.
Esta vez nadie podía confundirme con Carolina.
Y yo ya no necesitaba esconderme detrás de un apodo para sentirme suficiente.
Porque había aprendido algo que debería haber entendido desde el principio.
Julián se había equivocado al reconocer un rostro.
Carolina se había equivocado al pensar que podía ocupar mi lugar.
Y yo me había equivocado al creer que necesitaba parecerme a otra mujer para merecer que alguien me eligiera.
Al llegar a la puerta, Julián entrelazó sus dedos con los míos.
—Por cierto.
—¿Qué?
—Todavía tengo una pregunta.
—¿Cuál?
Sonrió.
—¿Cuánto tiempo vas a recordarme lo de las flores?
Lo pensé durante unos segundos.
Después apreté su mano.
—Toda la vida.
Julián suspiró dramáticamente.
Y mientras salíamos juntos del edificio, comprendí que aquel error que casi había destruido nuestra historia terminó haciendo exactamente lo contrario.
Por primera vez, ya no éramos dos voces enamoradas detrás de una pantalla.
Por fin nos habíamos encontrado de verdad.