Parte 2: LA DEUDA DE SANGRE

Durante tres segundos, nadie se movió.

Los hombres de seguridad tenían las manos cerca de sus armas. Los invitados retrocedían lentamente, formando un círculo alrededor de nosotros.

Y Derek seguía mirándome.

No a Víctor.

A mí.

Con aquella expresión que conocía demasiado bien.

La que siempre aparecía justo antes de que dejara de fingir.

—Lena —dijo con una calma aterradora—. Ven aquí.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Di medio paso hacia él.

Entonces la mano de Víctor rodeó mi muñeca.

No apretó.

Simplemente me detuvo.

—Ella no va a ninguna parte contigo.

Un murmullo recorrió el salón.

Derek soltó una risa seca.

—Creo que está confundido, Salvatore. Es mi prometida.

—Lo sé.

—Entonces suéltela.

Víctor inclinó ligeramente la cabeza.

—No.

Aquella sola palabra hizo que Derek palideciera todavía más.

Yo intenté retirar la mano.

—Señor Salvatore, no entiendo qué está pasando.

Por primera vez, sus ojos grises mostraron algo diferente.

No ternura.

Reconocimiento.

—Lo entenderás pronto.

Derek dio un paso hacia nosotros.

—Lena.

Su tono cambió.

—Ahora.

Sentí un escalofrío.

Víctor también lo notó.

Su mirada bajó hasta mi cintura, exactamente donde los dedos de Derek habían presionado minutos antes.

—¿Siempre le hablas así?

—Esto no es asunto suyo.

—Desde esta noche, sí.

Derek perdió la sonrisa.

—¿Qué demonios quiere?

Víctor lo observó durante unos segundos.

Después respondió:

—Cobrar una deuda.

El rostro de Derek se vació.

Aquello me confundió todavía más.

—¿Qué deuda? —pregunté.

Ninguno respondió.

Entonces Derek cometió un error.

Intentó agarrarme.

Su mano apenas llegó a rozar mi brazo antes de que uno de los guardaespaldas de Víctor se interpusiera.

Todo ocurrió tan rápido que varios invitados gritaron.

Víctor no levantó la voz.

—Vuelve a tocarla y esta gala terminará de una manera que ninguno de estos invitados olvidará.

Derek respiraba con fuerza.

—¿Desde cuándo le importa ella?

Víctor me miró.

—Desde mucho antes de que tú supieras que existía.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué significa eso?

Pero Derek ya lo había entendido.

Lo vi en su cara.

Y por primera vez comprendí algo que me aterrorizó más que su ira.

Derek sabía quién era Víctor para mí.

—Nos vamos —dijo Derek.

—Yo no —respondí.

Las palabras escaparon de mi boca antes de poder detenerlas.

Silencio.

Derek giró lentamente hacia mí.

—¿Qué dijiste?

Mis manos temblaban.

Durante dos años había aprendido a anticipar sus cambios de humor.

A pedir perdón aunque no hubiera hecho nada.

A esconder marcas bajo maquillaje y mangas largas.

A convencerme de que mañana sería diferente.

Pero había algo distinto aquella noche.

Quizás era la presencia de trescientas personas.

Quizás era saber que, por una vez, Derek no podía llevarme a una habitación vacía.

O quizás simplemente estaba cansada.

—Dije que no voy contigo.

Su mandíbula se tensó.

—Estás cometiendo un error.

—Entonces será mi error.

Derek me miró como si acabara de abofetearlo.

Luego señaló a Víctor.

—No tienes idea de quién es este hombre.

—Tampoco parece que yo supiera quién eres tú.

La máscara de Derek se quebró.

Solo un instante.

Pero suficiente.

—Todo lo que tienes existe gracias a mí.

—Eso no te da derecho a controlarme.

—Te saqué de la nada.

—Y después te aseguraste de recordármelo todos los días.

Algunos invitados bajaron la mirada.

Otros comenzaron a murmurar.

Derek comprendió que estaba perdiendo el control de la escena.

Y cambió de estrategia.

Sonrió.

—Está alterada. Ha bebido demasiado.

—No he bebido nada.

—Lena…

No he bebido nada.

Esta vez varias personas lo escucharon claramente.

Víctor hizo una señal a uno de sus hombres.

—Traigan su abrigo.

Derek se volvió hacia él.

—No puede llevársela.

Víctor sonrió por primera vez.

No fue una sonrisa amable.

—Intenta detenerme.


Diez minutos después estaba sentada dentro de un automóvil negro.

Las luces de Chicago se deslizaban por la ventana.

Víctor estaba frente a mí.

No habíamos hablado desde que salimos del hotel.

Yo todavía podía sentir el peso de trescientas miradas sobre mi espalda.

Finalmente pregunté:

—¿Adónde me lleva?

—A un lugar seguro.

—No necesito protección.

Víctor miró directamente hacia el moretón visible cerca de mi hombro.

No dije nada.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo lleva haciéndote daño?

Mi garganta se cerró.

—No es asunto suyo.

—Tienes razón.

Su respuesta me sorprendió.

—Entonces dígame por qué hizo eso.

—¿Besarte?

—Todo.

Víctor permaneció callado.

—Usted sabía mi nombre —continué—. Sabía quién era Derek. Él también parecía conocerlo. Y dijo que me conocía desde antes.

Víctor miró por la ventana.

—Hay verdades que pueden destruir una vida cuando llegan demasiado pronto.

—La mía ya está bastante destruida.

Eso hizo que volviera a mirarme.

—No, Lena. Todavía no.

El automóvil se detuvo frente a un edificio privado cerca del río.

Subimos hasta el último piso.

El apartamento era enorme, pero extrañamente vacío.

Víctor abrió una caja fuerte escondida detrás de un panel.

Sacó una carpeta antigua.

La dejó frente a mí.

En la portada había un apellido.

MARLO.

Mi apellido.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Qué es esto?

—Tu padre.

Me quedé inmóvil.

—Mi padre murió cuando yo tenía seis años.

—Eso te dijeron.

Lo miré.

—¿Qué?

Víctor abrió la carpeta.

Dentro había fotografías.

Documentos.

Recortes de periódicos.

Y una imagen de un hombre joven sosteniendo a una niña.

A mí.

Pero junto a él estaba otro hombre.

Mucho más joven.

Víctor.

—No…

—Tu padre trabajaba para mi familia.

—Mi padre era contador.

—También.

Pasé las fotografías con dedos temblorosos.

Entonces encontré una que me hizo detenerme.

Derek.

Parecía tener unos veinte años.

Estaba junto a un hombre mayor que reconocí inmediatamente.

Su padre.

Detrás habían escrito una fecha.

Quince años atrás.

—¿Por qué está Derek aquí?

Víctor no respondió.

Seguí buscando.

Encontré un documento policial.

Después otro.

Hasta llegar a una página con una fotografía de mi padre.

Debajo aparecía una palabra:

DESAPARECIDO.

No muerto.

Desaparecido.

Levanté la mirada.

—¿Dónde está mi padre?

Víctor apretó la mandíbula.

—Esa es la pregunta que llevo quince años intentando responder.

—¿Y Derek?

Víctor respiró lentamente.

—Su familia fue la última que vio a tu padre con vida.

Sentí náuseas.

De repente comprendí por qué Derek había aparecido en mi vida de forma tan perfecta.

Por qué sabía tanto sobre mí desde nuestra primera cita.

Dónde había estudiado.

Dónde trabajaba mi madre.

Incluso detalles de mi infancia que yo no recordaba haberle contado.

—Derek no me conoció por casualidad.

Víctor negó lentamente.

—No.

Mi teléfono vibró.

Derek.

Un mensaje.

Luego otro.

Después apareció una fotografía.

Mi sangre se congeló.

Era mi madre saliendo de su casa esa misma noche.

Debajo había una sola frase:

“Vuelve conmigo antes de medianoche o ella pagará por lo que hiciste.”

Me levanté de golpe.

—Tengo que irme.

Víctor tomó el teléfono.

Leyó el mensaje.

Su rostro cambió.

Ya no parecía frío.

Parecía furioso.

Entonces recibió una llamada.

Uno de sus hombres habló desde el otro lado.

Víctor escuchó en silencio.

—¿Cuándo?

Pausa.

—¿Están seguros?

Colgó.

—¿Qué pasó?

No respondió inmediatamente.

Caminó hasta la ventana.

—Víctor.

Se volvió hacia mí.

—Derek acaba de desaparecer.

—¿Qué?

—Y tu madre tampoco está en casa.

Sentí que las piernas me fallaban.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Tres veces.

Los guardaespaldas de Víctor levantaron sus armas.

Un hombre abrió lentamente.

En el pasillo había una caja.

Sin remitente.

Víctor ordenó que nadie la tocara.

Pero yo ya había visto lo que había encima.

Una fotografía reciente de mi madre.

Y debajo, escrito con tinta roja:

“SALVATORE NO TE CONTÓ QUIÉN ENTREGÓ A TU PADRE.”

Miré a Víctor.

Por primera vez desde que lo conocía…

el hombre más peligroso de Chicago parecía tener miedo.

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