PARTE 2: LA ESPOSA QUE NUNCA EXISTIÓ

—Nunca. Ella todavía nos sirve.

No entré en escena.

No grité.

No les di el placer de saber que los había descubierto.

Me marché del aeropuerto mientras Adrian seguía abrazando a su verdadera esposa.

Durante el trayecto llamé al abogado.

—Quiero saber todo lo que Adrian obtuvo gracias a mí durante estos seis años.

—¿Todo?

—Préstamos, inversiones, garantías, propiedades, contratos. Todo.

La respuesta llegó aquella misma noche.

Y fue peor de lo que esperaba.

Blake Industries no estaba atravesando una crisis reciente.

Llevaba años sobreviviendo gracias a mi patrimonio.

Adrian había usado mi apellido para conseguir inversionistas, mi reputación familiar para cerrar acuerdos y varias empresas vinculadas a mi padre como respaldo indirecto.

Incluso la casa donde vivíamos pertenecía a una sociedad de mi familia.

Adrian no solo había fingido ser mi esposo.

Había construido su imperio interpretando ese papel.

Y ahora esperaba los millones que yo había prometido invertir para salvar su empresa.

A las ocho llegó a casa.

Entró sonriendo, como siempre.

—Sofía.

Se acercó para besarme.

Giré ligeramente la cara.

Sus labios tocaron mi mejilla.

Adrian se quedó quieto.

—¿Qué pasa?

—Dolor de cabeza.

Inmediatamente puso la pulsera que había comprado frente a mí.

—Entonces esto quizá te anime.

Abrí la caja.

Diamantes.

Probablemente carísima.

—Es preciosa.

Adrian sonrió.

—Sabía que te gustaría.

Lo observé.

Qué extraordinario actor.

Horas antes había besado a Clara.

Ahora me miraba como si yo fuera la única mujer del mundo.

—¿Cómo salió lo de la herencia? —preguntó finalmente.

Ahí estaba.

La verdadera razón de tanta ternura.

—Bien.

Sus ojos brillaron.

—¿Ya tienes acceso al dinero?

—Pronto.

Adrian se sentó a mi lado.

—Perfecto. Entonces mañana podemos hacer la transferencia a Blake Industries. Con 600 millones será suficiente para estabilizarnos.

Seiscientos millones.

Lo dijo como si estuviera pidiendo prestado mi cargador.

—¿Y si no quiero invertir?

Su sonrisa desapareció durante medio segundo.

—¿Por qué no querrías?

—Solo preguntaba.

Me tomó la mano.

—Sofía, somos marido y mujer. Lo mío es tuyo y lo tuyo es mío.

Casi me reí.

—Claro.

Marido y mujer.

Aquella noche dormí junto a él por última vez.

No porque todavía lo amara.

Sino porque necesitaba que creyera que nada había cambiado.

A la mañana siguiente comenzó el derrumbe.

Primero, mi abogado notificó a tres bancos que yo jamás había autorizado nuevas garantías personales para Blake Industries.

Después retiramos a mis sociedades de dos proyectos conjuntos.

Luego enviamos solicitudes de auditoría sobre documentos donde Adrian me había presentado legalmente como su esposa.

A las once, su director financiero lo llamó.

A las once y siete, Adrian me llamó.

No contesté.

A las once y veinte volvió a llamar.

A mediodía tenía dieciséis llamadas perdidas.

Entonces llegó un mensaje.

“Sofía, ¿qué estás haciendo?”

Respondí:

“Trabajando.”

Tres puntos aparecieron inmediatamente.

“Los bancos están congelando operaciones. Necesito hablar contigo.”

“No puedo. Tengo una reunión.”

“¿Qué reunión?”

Miré la puerta de la sala de juntas.

“Una importante.”

Guardé el teléfono.

Dentro me esperaban mis abogados, auditores y representantes del patrimonio Whitmore.

Sobre la mesa había seis años de documentos.

Y entre ellos apareció algo todavía más grave.

Una firma.

La mía.

Solo que yo jamás la había escrito.

Adrian había utilizado documentos falsificados para demostrar nuestra supuesta relación matrimonial ante terceros.

Ya no estábamos hablando únicamente de una traición sentimental.

Ahora había posibles responsabilidades civiles y penales.

—Procedan —dije.

Aquella tarde Adrian apareció en mi oficina.

Entró sin permiso.

—¿Te volviste loca?

Mi asistente intentó detenerlo.

Le indiqué que lo dejara pasar.

Adrian cerró la puerta.

—Acabas de poner en peligro miles de empleos.

—Curioso.

Me levanté.

—Pensé que yo solo era tu esposa inútil con demasiado dinero.

Su rostro cambió.

—¿Qué estás diciendo?

Saqué una copia del registro matrimonial.

Adrian miró el documento.

Después me miró a mí.

Por primera vez vi miedo auténtico en sus ojos.

—Sofía…

—Tres días después de nuestra boda.

Puse otro documento sobre la mesa.

—Adrian Blake y Clara Hayes.

Su silencio fue suficiente.

—Explícamelo.

Se pasó una mano por el cabello.

—No es lo que parece.

Solté una carcajada.

—Te casaste legalmente con tu secretaria mientras celebrabas una boda falsa conmigo. Adrian, incluso para ti esa frase es difícil de mejorar.

—Déjame explicarte.

—Adelante.

Caminó hacia mí.

—Mi familia necesitaba que me casara con Clara por una cuestión empresarial.

—¿Durante seis años?

—Después se complicó.

—¿También se complicó su boca contra la tuya ayer en el aeropuerto?

Se quedó inmóvil.

Ahora sabía que los había visto.

—Sofía…

—Escuché lo que dijiste.

No respondió.

—“Ella todavía nos sirve.”

Adrian palideció.

Me acerqué.

—¿Para qué servía exactamente?

—No quise decirlo así.

—¿Para financiarte?

Silencio.

—¿Para darte contactos?

Silencio.

—¿O para entregarte la herencia de mi padre cuando muriera?

Sus ojos bajaron.

Y finalmente entendí toda la estructura.

Mi padre nunca confió plenamente en Adrian.

Por eso había diseñado el testamento de aquella manera.

Adrian probablemente sabía que algún día yo heredaría miles de millones.

Pero había cometido un error.

Creyó que la boda falsa bastaría para mantenerme bajo control.

No esperaba que alguien comprobara el registro.

—Puedo divorciarme de Clara —dijo de repente.

Lo miré sorprendida.

Después me reí.

—¿Divorciarte?

—Sí.

Se acercó.

—Nos casamos legalmente. Tú y yo podemos registrarnos después.

—¿Después de qué?

—Sofía, fueron seis años. No puedes decir que todo fue falso.

Aquello sí dolió.

Porque tenía razón en una cosa.

Mis sentimientos habían sido reales.

Los suyos no necesitaban serlo para que los míos hubieran existido.

—Precisamente —respondí—. Me robaste seis años reales utilizando una mentira.

La puerta se abrió.

Entró mi abogado acompañado de dos investigadores.

Adrian retrocedió.

—¿Qué significa esto?

Mi abogado dejó una carpeta sobre la mesa.

—Señor Blake, necesitamos hacerle varias preguntas sobre documentos financieros que contienen firmas atribuidas a la señorita Whitmore.

Adrian me miró.

—¿Me denunciaste?

—No.

Hice una pausa.

—Entregué las pruebas.


Clara apareció tres días después.

Ya no llevaba aquella sonrisa dulce.

—¡Destruiste nuestra vida!

—¿Nuestra?

—Adrian y yo llevamos años juntos.

—Lo sé. Tengo el certificado.

—Él nunca te amó.

La frase estaba diseñada para herirme.

No funcionó.

—Entonces fue bastante estúpido depender económicamente de mí.

Clara apretó los labios.

—La empresa también le pertenece.

—Perfecto. Que la salve.

Su expresión se quebró.

—No tenemos ese dinero.

—Yo sí.

Eso terminó la conversación.

La investigación duró meses.

Varios contratos fueron anulados.

Los bancos reclamaron deudas.

Los inversionistas abandonaron Blake Industries cuando descubrieron cuánto dependía la empresa de garantías que ya no existían.

Adrian tuvo que vender activos para cubrir obligaciones mientras sus abogados peleaban las acusaciones relacionadas con documentos falsificados.

Clara solicitó el divorcio cuando comprendió que el hombre con quien había conspirado durante años ya no tenía un imperio que ofrecerle.

La ironía fue casi perfecta.

Su matrimonio auténtico terminó destruido por la misma mentira que habían utilizado para fabricar el mío.

Yo no compré Blake Industries.

No quería su empresa.

No quería su casa.

No quería verlo arrodillado.

Quería algo mucho más sencillo.

Que dejara de existir en mi vida.

Un año después, inauguré la Fundación Whitmore con parte de la herencia de mi padre.

El resto permaneció invertido bajo mi nombre.

Los 4.800 millones que Adrian había esperado recibir nunca tocaron sus manos.

La última vez que lo vi fue saliendo de una audiencia.

—Sofía.

Seguí caminando.

—Solo dime una cosa.

Me detuve.

Adrian parecía diez años mayor.

—¿Alguna vez me amaste de verdad?

Lo miré durante unos segundos.

—Sí.

Sus ojos se humedecieron.

Quizá esperaba que aquella respuesta significara que todavía existía una puerta.

Entonces terminé:

—Ese fue mi error.

Volví a caminar.

Él me llamó una vez más.

No giré.

Porque el día que heredé 4.800 millones de dólares descubrí algo mucho más valioso que el dinero.

Descubrí que Adrian Blake nunca había sido mi esposo.

Y finalmente entendí que yo tampoco tenía por qué seguir siendo su mentira.

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