Daniel dejó la taza sobre la mesa.
—Doce millones para fingir que soy tu pareja.
—Durante seis meses.
—¿Por qué yo?
Renata sostuvo su mirada.
—Porque no perteneces a mi mundo.
Aquello no era precisamente un cumplido.
Ella continuó:
—Mi tío Ernesto controla a varios miembros del consejo. Desde que enfermé intenta demostrar que no estoy capacitada para dirigir la empresa. Mauricio también tenía vínculos con ellos.
Daniel frunció el ceño.
—¿Tu exnovio?
Renata asintió.
—Necesito a alguien que no puedan comprar fácilmente.
—¿Y decidiste confiar en un desconocido porque contestó una llamada equivocada?
Por primera vez, Renata sonrió.
—Fuiste al hospital a las dos de la madrugada sin saber quién era yo. Cuando descubriste mi apellido, tampoco pediste nada.
Daniel pensó en Valentina.
Doce millones podían cambiar completamente la vida de su hija.
Pero también podían meterlos en problemas que no comprendía.
—Tengo condiciones.
Renata levantó una ceja.
—Valentina queda fuera de esto. Nadie se acerca a ella. Y si descubro algo ilegal, me marcho.
—Aceptado.
Así comenzó.
Durante los meses siguientes, Daniel entró en un mundo que hasta entonces solo había visto desde lejos.
Choferes.
Consejos de administración.
Cenas donde una botella costaba más que su sueldo mensual.
Personas que sonreían mientras calculaban cuánto podían obtener de la enfermedad de Renata.
Pero ocurrió algo que ninguno había previsto.
Renata conoció a Valentina.
Y Valentina no quedó impresionada por sus millones.
—¿De verdad tienes una casa con siete baños?
—Sí.
—Qué flojera limpiarlos.
Daniel casi se atragantó.
Renata soltó una carcajada.
Fue la primera vez que él la vio reír sin miedo.
Poco a poco dejaron de fingir cuando estaban solos.
Daniel la acompañaba a sus tratamientos.
Renata ayudaba a Valentina con sus proyectos escolares.
Y cuando finalmente apareció un donante compatible, Daniel estuvo sentado en el hospital durante toda la operación.
Otra vez.
Como aquella primera noche.
Solo que esta vez Renata ya no llamó a Mauricio.
Lo llamó a él.
El trasplante funcionó.
Su recuperación fue lenta, pero estable.
Y cuando regresó al Grupo Salgado, encontró algo inesperado.
Ernesto había perdido la votación para apartarla.
Daniel creyó que aquello significaba que todo había terminado.
Se equivocaba.
Una tarde, Renata lo llamó a su despacho.
Tenía una memoria USB sobre la mesa.
—Si alguna vez me ocurre algo, quiero que abras esto.
Daniel no la tocó.
—¿Por qué hablas así?
—Prométemelo.
—Renata…
—Prométemelo.
Finalmente la tomó.
—Está bien.
Ella pareció aliviada.
Dos semanas después, Renata desapareció.
No contestaba llamadas.
Su chofer no sabía dónde estaba.
Su secretaria aseguró que había salido hacia una reunión privada, pero nunca llegó.
Daniel llamó a la policía.
Después recordó la memoria USB.
La conectó a su computadora.
Había decenas de documentos.
Transferencias.
Contratos.
Grabaciones.
Y una carpeta:
“MAURICIO”.
La abrió.
Daniel sintió que se le helaba el cuerpo.
Mauricio había recibido dinero de una empresa vinculada a Ernesto durante meses.
Pero eso no era lo peor.
Había correos relacionados con el tratamiento médico de Renata.
Cambios de clínicas.
Retrasos deliberados en autorizaciones.
Intentos de obtener información confidencial sobre su estado.
Todo apuntaba al mismo objetivo:
Mantener a Renata suficientemente enferma para declarar su incapacidad y transferir el control de sus acciones.
Entonces Daniel encontró una grabación.
La voz de Ernesto:
—Mientras Renata siga dirigiendo, no podemos vender la división satelital.
Mauricio respondió:
—¿Y si mejora?
—Entonces tendremos un problema.
Daniel se quedó inmóvil.
La llamada equivocada de aquella madrugada acababa de adquirir otro significado.
Renata no solo había estado enferma.
Había personas esperando beneficiarse de que no se recuperara.
Tomó el teléfono.
Pero antes de llamar a la policía vio el último archivo.
“DANIEL”.
Lo abrió.
Era un video de Renata.
—Si estás viendo esto, probablemente ya descubriste demasiado.
Daniel contuvo la respiración.
—Hay algo que nunca te conté sobre aquella primera llamada.
Renata bajó los ojos.
—No marqué tu número completamente al azar.
Daniel acercó el rostro a la pantalla.
—Semanas antes de enfermar gravemente, mi padre investigaba movimientos extraños dentro de la empresa. Poco antes de morir dejó una lista de personas que consideraba confiables.
Renata levantó una hoja frente a la cámara.
Daniel reconoció inmediatamente un nombre.
El suyo.
—Tu esposa Mariana trabajó años atrás como técnica externa en una instalación del Grupo Salgado.
Daniel dejó de respirar.

—Ella encontró una anomalía en uno de nuestros sistemas. Mi padre creyó que era importante.
Renata hizo una pausa.
—Mariana murió antes de poder entregarle toda la información.
Daniel se levantó de golpe.
La muerte de su esposa siempre había sido una enfermedad.
Eso no había cambiado.
Pero ahora comprendía que, antes de morir, Mariana había descubierto algo que alguien llevaba años intentando ocultar.
El video continuó.
—Aquella madrugada quería llamar a Mauricio. Estaba asustada y confundí dos números. Cuando dijiste tu nombre completo, recordé la lista de mi padre.
Daniel sintió un escalofrío.
Por eso lo había buscado después.
No únicamente porque hubiera sido amable.
Renata sabía quién era.
—Lo siento —continuó ella—. Al principio te acerqué porque necesitaba saber qué había descubierto Mariana. Después conocí al hombre que ella amaba y a la hija que dejó atrás.
La voz de Renata se quebró.
—Y dejaste de ser parte de una investigación.
En ese instante alguien golpeó violentamente la puerta del departamento.
Daniel cerró la computadora.
Valentina apareció en el pasillo.
—Papá…
—Quédate en tu habitación.
Miró por la mirilla.
Dos agentes estaban afuera.
Detrás de ellos estaba Renata.
Viva.
Daniel abrió.
Ella tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Viste el USB?
—Todo.
Renata bajó la cabeza.
—Puedes odiarme después. Primero tenemos que terminar esto.
La información fue entregada a las autoridades y a los abogados independientes del consejo.
Ernesto había cometido un error fundamental.
Había pensado que controlar personas significaba controlar también la evidencia.
Mauricio aceptó colaborar cuando comprendió la gravedad de los documentos que lo vinculaban al plan.
El intento de tomar el Grupo Salgado se derrumbó.
Ernesto perdió su posición y quedó sometido a investigación junto con varios colaboradores.
Meses después, Renata conservó el control de la empresa.
Pero Daniel rechazó los doce millones.
—El contrato terminó.
Renata lo miró desde la misma terraza donde todo había comenzado.
—Podrías quedarte con el dinero.
—No quiero que Valentina piense que todo lo importante se compra.
Renata sonrió.
—¿Y nosotros?
Daniel guardó silencio.
—Nosotros nunca estuvimos en el contrato.
Un año después, los tres estaban desayunando cuando Valentina dejó caer una invitación escolar sobre la mesa.
—Necesito dos adultos para el día de las familias.
Daniel la miró.
—Yo voy.
Valentina señaló a Renata.
—Ya sé. Se lo decía a ella.
Renata quedó inmóvil.
—¿Quieres que vaya contigo?
La niña puso los ojos en blanco.
—Llevas un año viniendo a todo. Ya sería raro que no fueras.
Renata sonrió con los ojos húmedos.
Daniel recordó aquella llamada de las 2:07.
Un número equivocado.
Una mujer aterrorizada.
Un hombre que decidió presentarse.
Al principio creyó que aquella noche había ido al hospital para evitar que una desconocida estuviera sola.
Tardó mucho tiempo en comprender que aquella llamada también había llegado hasta él por una razón inesperada.
No le devolvió la vida que había perdido con Mariana.
Le abrió la puerta a una nueva.
Y esta vez, ninguno de los tres tuvo que atravesarla solo.