PARTE 2: LA MASCADA QUE GUARDÓ DURANTE 20 AÑOS.

—No. Reconocería tu cara en cualquier lugar. Aunque pasaran otros 20 años.

Sentí que los dedos de Ernesto temblaban alrededor de mi mano.

—Señor Arriaga, de verdad creo que está equivocado.

Él respiró hondo.

—¿Recuerdas la madrugada del 17 de septiembre de 2006?

La fecha me golpeó.

No porque recordara inmediatamente su rostro.

Sino porque recordaba la lluvia.

Tenía 23 años y trabajaba como recepcionista nocturna en una pequeña clínica cerca de la carretera México-Toluca. Aquella madrugada hubo un accidente.

Un automóvil destrozado.

Un hombre cubierto de sangre.

Y una niña de unos diez años llorando junto a él.

De repente, mis manos comenzaron a enfriarse.

—El accidente…

Ernesto asintió.

—Mi esposa y mi hija.

El salón desapareció a mi alrededor.

Recordé correr bajo la lluvia.

Recordé romper una ventana porque una puerta no abría.

Recordé a una niña gritando que no quería abandonar a su madre.

Y recordé mi mascada roja.

La había enrollado alrededor del brazo de aquella pequeña para detener una herida mientras llegaban los paramédicos.

—¿Valeria? —susurré.

Ernesto cerró los ojos.

—Mi hija se llama Valeria.

Sentí que las piernas me fallaban.

Durante años había pensado en aquella niña.

Sabía que sobrevivió porque un médico me lo dijo después.

Pero nunca volví a verla.

—¿Y su esposa?

La expresión de Ernesto cambió.

—Murió esa noche.

Bajé la mirada.

—Lo siento.

—Tú no tienes nada que lamentar.

Su voz se quebró.

—Fuiste tú quien sacó a Valeria del automóvil antes de que comenzara el incendio.

Ricardo apareció entonces.

—Don Ernesto.

Su voz sonaba extrañamente amable.

—Qué historia tan increíble. Lucía nunca me contó nada.

Lo miré.

—Nunca preguntaste demasiado por mi vida antes de conocerte.

Su sonrisa se congeló.

Algunas personas cercanas escucharon la respuesta.

Ricardo se acercó más.

—Bueno, seguramente mi esposa hizo lo que cualquiera habría hecho.

Ernesto lo miró fijamente.

—No.

El tono fue suficiente para silenciarlo.

—Había personas mirando desde sus automóviles. Lucía fue la única que corrió hacia el vehículo.

Después Ernesto volvió hacia mí.

—Intenté encontrarte.

—Yo dejé aquella clínica poco después.

—Lo sé. Cuando conseguimos tus datos, ya te habías mudado. Después cambiaste de apellido.

Miró a Ricardo.

—Méndez.

Ricardo tragó saliva.

Entonces Ernesto hizo una señal a uno de sus asistentes.

El hombre se acercó con una pequeña caja de madera.

Cuando Ernesto la abrió, dejé de respirar.

Dentro había una mascada roja.

Desgastada.

Con una esquina rasgada.

Mi mascada.

—Valeria la guardó todos estos años.

Me llevé una mano a la boca.

—No puede ser.

—Decía que pertenecía a la mujer que le enseñó que todavía existía gente capaz de arriesgarse por un desconocido.

Ricardo soltó una risa incómoda.

—Bueno, Lucía siempre ha sido muy sentimental.

Esta vez fui yo quien lo miró.

—¿Sentimental?

—No lo digo como algo malo.

Ernesto frunció el ceño.

—¿Siempre habla así de su esposa?

Ricardo palideció.

—Claro que no. Solo estoy bromeando.

Pero Ernesto ya había observado demasiado.

La forma en que Ricardo me interrumpía.

La manera en que intentaba responder por mí.

Y, sobre todo, cómo yo bajaba automáticamente la mirada cada vez que él hablaba.

—Lucía —preguntó Ernesto—, ¿a qué te dedicas?

Abrí la boca.

Ricardo respondió primero.

—Ella se ocupa de la casa.

Ernesto ni siquiera lo miró.

—Le pregunté a ella.

Aquellas cuatro palabras me produjeron una sensación extraña.

Hacía años que nadie exigía escuchar mi respuesta.

—Estudié contabilidad —dije—. Trabajé algunos años antes de casarme.

—¿Algunos?

Ricardo comenzó a inquietarse.

—Lucía, no creo que sea momento de contar tu currículum.

Algo dentro de mí se cansó.

—Trabajé nueve años.

Ricardo se quedó callado.

Continué.

—Fui supervisora financiera en Construcciones Del Valle.

Ernesto levantó las cejas.

—¿La empresa que participó en el corredor industrial de Querétaro?

—Sí.

—Recuerdo ese proyecto.

Sonrió.

—Fue uno de los pocos que entregaron sin desviaciones importantes.

Sentí una vieja parte de mí despertar.

—Yo revisaba los controles de costos.

Ricardo me tomó del brazo.

—Lucía, basta.

Miré su mano.

Recordé lo que me había dicho antes de entrar.

No hables de más.

No me hagas quedar mal.

Sonríe.

Saluda.

No improvises.

Durante dieciocho años había convertido aquellas órdenes en costumbre.

Pero esa noche, frente a trescientas personas, retiré lentamente mi brazo.

—No vuelvas a sujetarme así.

Ricardo quedó inmóvil.

—¿Qué te pasa?

—Estoy hablando.

—Estás haciendo una escena.

—No. Estoy respondiendo una pregunta.

Ernesto observaba en silencio.

Ricardo bajó la voz.

—Nos vamos.

—Tú puedes irte.

—Lucía.

—Yo me quedo.

Su rostro se endureció.

—Recuerda quién paga tus gastos antes de hacerte la importante.

Aquella frase sí fue escuchada.

El silencio alrededor de nosotros se volvió incómodo.

Ernesto dejó la caja sobre una mesa.

—Ricardo.

Mi esposo se volvió inmediatamente.

—Sí, señor.

—Mañana a primera hora quiero verte en mi oficina.

La expresión de Ricardo cambió.

—Por supuesto.

—Y trae los informes del proyecto Santa Emilia.

El miedo apareció en sus ojos.

Solo por un instante.

Pero lo vi.

Ernesto también.

—¿Hay algún problema? —preguntó Ricardo.

—Eso espero que puedas explicármelo tú.

Ricardo ya no discutió.

Se marchó del salón solo.

Yo permanecí allí, intentando entender por qué la mención de aquel proyecto lo había aterrorizado.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—¿Lucía?

Me giré.

Una mujer elegante, de unos treinta años, estaba llorando.

En su mano sostenía una fotografía antigua.

La reconocí antes de que hablara.

Los mismos ojos.

La misma pequeña cicatriz junto a la ceja.

—Valeria…

Ella corrió hacia mí y me abrazó.

—Te busqué durante veinte años.

No pude contener las lágrimas.

Cuando nos separamos, puso la vieja mascada entre mis manos.

—Papá no te contó todo.

Miré a Ernesto.

Su expresión se volvió seria.

Valeria respiró profundamente.

—Hace unos meses encontré unos documentos antiguos de mi madre. Tu nombre aparecía en ellos.

—¿Mi nombre?

Asintió.

—Y también aparecía otro.

Sacó un sobre de su bolso.

Me lo entregó.

En la primera página había varias transferencias realizadas años atrás.

No entendí nada hasta llegar a la última hoja.

Allí estaba una firma que conocía perfectamente.

RICARDO MÉNDEZ.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué significa esto?

Valeria me miró con lágrimas en los ojos.

—Significa que Ricardo sabía quién eras mucho antes de casarse contigo.

Levanté la vista.

—Eso es imposible.

Ernesto negó lentamente.

—Ojalá lo fuera.

Entonces Valeria pronunció las palabras que hicieron que dieciocho años de matrimonio comenzaran a parecerme una mentira.

—Lucía, creemos que tu esposo no te conoció por casualidad. Creemos que se casó contigo porque llevaba años buscando algo que tu familia tenía… y mañana vamos a descubrir exactamente qué era.

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