Marcos amplió la imagen de la cámara.
Una vez.
Dos.
Tres veces.
No podía ser.
Pero conocía cada imperfección de aquel colgante.
Una pequeña pieza de madera en forma de estrella, atravesada por una línea torcida que él mismo había tallado a los doce años.
Marcos se levantó tan rápido que la silla chocó contra la pared.
Por primera vez en años, abandonó una videoconferencia sin dar explicaciones.
Bajó las escaleras.
Encontró a Sofía limpiando la biblioteca.
—¿Dónde conseguiste eso?
Ella se sobresaltó.
—Señor Villalba.
Marcos señaló su cuello.
—El colgante.
Instintivamente, Sofía lo cubrió con la mano.
—Lo tengo desde niña.
—¿Quién te lo dio?
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Contéstame.
La expresión de Sofía se enfrió.
—Puede despedirme si quiere, pero no tiene derecho a interrogarme sobre mis cosas.
Marcos quedó inmóvil.
Nadie le hablaba así.
Y, extrañamente, no se enfadó.
—¿Estuviste en Casa Esperanza?
El paño cayó de la mano de Sofía.
Su rostro perdió el color.
—¿Cómo sabe ese nombre?
Marcos sintió que algo que llevaba veinte años enterrado acababa de abrirse dentro de él.
Casa Esperanza.
Un centro de acogida a las afueras de Valencia.
Antes de los coches con chófer.
Antes de las empresas.
Antes de convertirse en Marcos Villalba.
Allí había sido simplemente Marcos.
Un niño demasiado serio que no confiaba en nadie.
Excepto en una niña.
—¿Sofi?
Ella retrocedió.
Solo una persona la había llamado así de aquella manera.
Marcos abrió lentamente un cajón lateral del escritorio.
Sacó su cartera.
Detrás de varias tarjetas había una fotografía vieja, doblada por las esquinas.
Dos niños sentados bajo un árbol.
Sofía se llevó una mano a la boca.
—Marcos…
La voz se le quebró.
Él nunca había imaginado que escuchar su nombre pronunciado por ella pudiera atravesarlo de aquella manera.
—Eras tú.
Sofía tomó la fotografía.
—Pensé que nunca volvería a verte.
—Yo te busqué.
Ella levantó los ojos.
—¿Qué?
—Cuando cumplí dieciocho años regresé a Casa Esperanza.
Marcos tragó saliva.
—Me dijeron que una familia te había acogido y que te habías marchado.
—Me trasladaron.
—Intenté encontrarte.
—Yo también.
El silencio se llenó de veinte años perdidos.
Sofía tocó la estrella.
—Nunca la tiré.
Marcos recordó perfectamente el día en que se la entregó.
Habían sido niños.
Sofía lloraba porque él iba a abandonar el centro después de ser acogido por una familia.
Marcos había arrancado un pequeño trozo de madera del taller y había pasado horas tallándolo.
Se lo puso en la mano.
—Cuando sea rico volveré.
Sofía había llorado todavía más.
—¿Y después?
Él respondió con la seguridad absurda de un niño:
—Después me casaré contigo y nunca volverás a estar sola.
Marcos cerró los ojos.
Había olvidado muchas cosas de su infancia.
Aquella promesa, no.
—Lo recuerdas —susurró Sofía.
—Todo.
Ella sonrió con tristeza.
—Éramos niños.
—Lo sé.
—No puedes mirarme así por una promesa hecha a los doce años.
Marcos estuvo a punto de responder.
Pero sus ojos descendieron hacia la mano de Sofía.
Y entonces vio el anillo.
Una banda sencilla en su dedo.
Su expresión cambió.
—¿Estás casada?
Sofía escondió la mano.
—Eso no importa.
—Para mí sí.
—¿Por qué?
Marcos no supo contestar.
Aquello lo irritó todavía más.
Durante años había construido una vida donde todo tenía una respuesta.
Aquella mujer había entrado en su casa como empleada de limpieza y en cinco minutos acababa de convertir su pasado en una pregunta.
—Puedes tomarte el resto del día libre.
Sofía frunció el ceño.
—No necesito…
—No te estoy despidiendo.
Ella recogió sus cosas.
Antes de marcharse se giró.
—Marcos.
Era la primera vez que lo llamaba así.
—No confundas encontrar a alguien que conociste de niño con conocer a la persona que es ahora.
Después se fue.
Marcos no trabajó aquella noche.
A la mañana siguiente llamó a Carmen.
—Quiero saber todo sobre Sofía Reyes.
—No.
Marcos quedó sorprendido.
—¿Perdón?
—La contrataste para limpiar tu casa, no para entregarte su vida privada.
—Carmen.
—Si quieres conocerla, pregúntale.
Le colgó.
Marcos miró el teléfono.
Dos mujeres lo habían desafiado en menos de veinticuatro horas.
El mundo parecía estar perdiendo el respeto.
O quizá él empezaba a descubrir que nunca había sabido ganárselo.
Sofía regresó al día siguiente.
Trabajó como siempre.
Marcos también intentó comportarse como siempre.
Duró cuarenta minutos.
—¿Quieres desayunar?
Sofía lo miró como si hubiera empezado a hablar japonés.
—¿Con usted?
—Eso suele significar desayunar con alguien.
—Sé lo que significa.
—Entonces siéntate.
—Estoy trabajando.
—Te pago igualmente.
Sofía suspiró.

—¿Siempre solucionas todo con dinero?
La pregunta lo golpeó.
—Casi todo.
—Ese es tu problema.
Marcos la observó.
Nadie había diagnosticado su personalidad con tanta tranquilidad.
Finalmente Sofía se sentó.
Hablaron.
Primero de Casa Esperanza.
Después de aquellos años separados.
Sofía había estudiado enfermería, pero abandonó la carrera para cuidar a la mujer que la había acogido.
Cuando ella murió, quedaron deudas.
Por eso aceptaba trabajos donde podía ganar rápido.
Marcos miró nuevamente el anillo.
—No has respondido.
Sofía dejó la taza.
—No estoy casada.
Algo dentro de él se relajó.
—Entonces, ¿el anillo?
—Era de mi madre adoptiva.
Marcos bajó la mirada.
—Entiendo.
Sofía sonrió.
—Pareces decepcionado de no tener un marido al que comprar para que desaparezca.
—Había considerado alternativas.
Ella soltó una carcajada.
Marcos se quedó mirándola.
Había olvidado cómo sonaba una risa dentro de La Forja.
Los días siguientes cambiaron la casa.
Y también a él.
Marcos empezó a llegar antes.
Sofía dejó de desaparecer cuando escuchaba su coche.
A veces cenaban juntos.
Otras discutían.
Ella seguía tratándolo como aquel niño insoportable de Casa Esperanza.
Y Marcos descubrió que le gustaba.
Hasta que una noche, Sofía no llegó.
Tampoco respondió al teléfono.
A las diez, Carmen llamó.
—Marcos, ¿Sofía está contigo?
—No.
Silencio.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Qué ocurre?
—Esta tarde apareció un hombre preguntando por ella.
Marcos se puso de pie.
—¿Quién?
—No quiso decirlo.
—Descríbelo.
Carmen lo hizo.
Marcos sintió un frío extraño.
Conocía aquella descripción.
Había visto al mismo hombre aquella mañana esperando frente a La Forja.
—¿Qué quería?
—Dijo que Sofía tenía algo que le pertenecía.
Marcos miró hacia la puerta.
En ese momento sonó el timbre.
Abrió inmediatamente.
Sofía estaba allí.
Pálida.
Con lágrimas en los ojos.
Y sin el colgante.
—¿Qué pasó?
Ella entró y cerró la puerta.
—Marcos, necesito decirte algo sobre Casa Esperanza.
—¿Qué?
Sofía levantó la mano.
Sujetaba un sobre amarillento.
—La noche antes de separarnos, alguien dejó esto entre mis cosas.
Marcos reconoció inmediatamente la letra del exterior.
Era la letra de su madre.
La mujer que, según le habían dicho toda su vida, había muerto antes de que él llegara a Casa Esperanza.
Sofía le entregó el sobre.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Ella respiró profundamente.
—Tu madre no murió, Marcos.
Él dejó de moverse.
Sofía lo miró con miedo.
—Y el hombre que vino a buscarme hoy asegura que sabe dónde está.
Marcos abrió el sobre.
Solo había una fotografía y una frase escrita detrás.
Al leerla, sintió que todo su imperio dejaba de importar.
“Si Marcos descubre quién es realmente, los Villalba lo perderán todo.”