El pitido volvió a sonar.
Lento.
Regular.
Demasiado preciso para ser una alarma cualquiera.
Miré a la agente.
—¿Qué es eso?
—No lo sabemos.
—¿No lo saben?
—Tu padre selló la unidad hace diecinueve años. Nadie debía abrirla hasta después de su funeral.
Apreté la llave.
—Entonces vamos a descubrirlo.
La agente asintió.
—Mi nombre es Evelyn Cross.
—¿Trabajaba con mi padre?
—Digamos que él trabajaba con nosotros… cuando quería.
Eso no me gustó.
Introduje la llave en la cerradura.
Giró con dificultad.
CLAC.
La puerta metálica comenzó a elevarse.
El aire del interior olía a polvo, aceite y papel viejo.
Evelyn encendió una linterna.
Yo vi primero las cajas.
Decenas.
Todas numeradas.
Después los archivadores.
Fotografías.
Carpetas.
Mapas.
Y al fondo…
una pequeña mesa metálica.
Sobre ella había un dispositivo negro conectado a una batería.
El pitido provenía de allí.
Me acerqué.
Una pantalla mostraba una cuenta regresiva.
00:14:27.
Me quedé inmóvil.
—¿Una bomba?
Evelyn negó.
—No.
Se acercó.
—Es un transmisor.
—¿Transmitiendo qué?
Antes de que respondiera, la pantalla cambió.
Apareció una frase.
MENSAJE PROGRAMADO LISTO PARA ENVÍO.
Destino:
12 destinatarios.
Evelyn palideció.
—Tu padre dejó un seguro.
—¿Contra quién?
—Probablemente contra las personas que querían silenciarlo.
Miré las cajas.
—¿Qué hay aquí?
La agente respiró hondo.
—Richard Sinclair pasó veinte años reuniendo pruebas de una red que desviaba contratos militares, sobornaba funcionarios y vendía información clasificada.
Sentí el cuerpo tensarse.
—¿Mi padre era informante?
—No exactamente.
—Entonces ¿qué era?
Evelyn me miró directamente.
—Uno de los fundadores de la red.
El mundo se detuvo.
—No.
—Beatrice…
—No.
Mi padre había sido muchas cosas.
Reservado.
Estricto.
Obsesionado con la seguridad.
Pero no traidor.
—Está mintiendo.
Evelyn no discutió.
Abrió una caja.
Dentro había fotografías de mi padre mucho más joven.
Con hombres que reconocí.
Generales.
Contratistas.
Políticos.
Uno había aparecido en televisión durante el funeral.
—Richard ayudó a construir la operación —dijo Evelyn—. Después intentó desmantelarla.
—¿Por qué?
—Porque descubrió que habían cruzado una línea que él no estaba dispuesto a cruzar.
—¿Cuál?
La agente guardó silencio.
—¿Cuál?
—Tu familia.
Sentí frío.
Evelyn sacó una carpeta.
Mi nombre estaba escrito en la portada.
BEATRICE SINCLAIR.
Dentro había fotografías mías.
West Point.
Mi primera asignación.
Irak.
Afganistán.
Bases militares.
Años enteros de mi vida observados desde lejos.
—¿Me estaban vigilando?
—Sí.
—¿Quién?
—Tu padre.
Me giré hacia ella.
—¿Por qué?
—Porque alguien dentro de la red intentó utilizarte para obligarlo a regresar.
Pasé una página.
Había un informe fechado diecisiete años atrás.
“Objetivo secundario: B. Sinclair.”
Debajo:
“Presión mediante familiar directo autorizada.”
Sentí náuseas.
—¿Quién autorizó esto?
Evelyn no respondió.
Entonces vi una firma.
No era la de mi padre.
La conocía desde niña.
La había visto en tarjetas de cumpleaños.
Documentos escolares.
Cheques.
Mi respiración se detuvo.
—No.
Evelyn cerró lentamente la carpeta.
—Beatrice…
—Esa es la firma de mi madre.
Silencio.
Di un paso atrás.
—Mi madre no tiene nada que ver con esto.
—Eso creía tu padre durante años.
—¿Creía?
—Hasta que encontró pruebas de que alguien llevaba información desde dentro de vuestra propia casa.
Recordé el mensaje.
Vuelve a casa solo.
Mi madre estaba a cincuenta metros de mí cuando lo envió.
O alguien usaba su teléfono.
O…
No quise terminar el pensamiento.
—¿Dónde está mi padre?
Evelyn me observó durante varios segundos.
—No lo sé.
—Me dijiste que estaba vivo.
—Dije que necesitaba que el mundo creyera que estaba enterrado.
—Eso no responde.
—La última vez que hablé con Richard fue hace cuarenta y ocho horas.
Mi pulso se aceleró.
—Después de su supuesta muerte.
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—No quiso decírmelo.
—¿Qué dijo?
Evelyn tragó saliva.

—Que si su funeral ocurría según lo planeado, significaba que alguien había mordido el anzuelo.
Miré el transmisor.
La cuenta regresiva había bajado a nueve minutos.
—¿Quién?
—Eso es lo que intentamos descubrir.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
MAMÁ.
“Beatrice, sé que estás en la Unidad 17.”
Se me heló la sangre.
Evelyn leyó por encima de mi hombro.
Otro mensaje llegó.
“Esa mujer del FBI te está mintiendo.”
La miré.
—¿Cómo sabe que estoy contigo?
Evelyn sacó su arma.
—Porque alguien nos siguió.
Las luces del almacén se apagaron.
Oscuridad.
Escuché neumáticos afuera.
Luego puertas de vehículos.
Más de una.
Evelyn susurró:
—Al suelo.
Nos cubrimos detrás de un archivador.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no era un mensaje.
Era un video.
remitente desconocido.
Lo abrí.
La imagen mostraba la cocina de mi casa.
Mi madre estaba sentada frente a la mesa.
Viva.
Asustada.
Y detrás de ella había un hombre.
Mi padre.
Richard Sinclair.
Se me escapó el aire.
—Papá…
Él miró directamente a la cámara.
—Beatrice, si estás viendo esto, llegaste demasiado lejos.
Mi madre empezó a llorar.
Richard continuó:
—No confíes en Evelyn Cross.
Giré hacia la agente.
Su rostro había cambiado.
—¿Qué significa eso?
Evelyn levantó el arma.
Pero no hacia la puerta.
Hacia mí.
—Dame el teléfono.
Me quedé inmóvil.
—Evelyn.
—Ahora.
El video seguía reproduciéndose.
Mi padre habló una última vez:
—La tumba vacía no era para protegerme de la red.
Evelyn dio un paso.
—Apágalo.
Richard terminó:
—Era para protegerte de la agente que está contigo.
La cuenta regresiva llegó a cinco minutos.
Y Evelyn quitó el seguro de su arma.