Parte 2: SEIS AÑOS DE MENTIRAS

Dentro de la consulta se hizo un breve silencio.

Después escuché la risa fría de Gu Yanbai.

—¿Lástima?

—Sí —respondió el doctor Chen—. Lástima.

—No olvides por qué me casé con ella.

—Precisamente por eso te lo digo. Al principio fue por el testamento. ¿Pero después? Han pasado seis años.

Yanbai guardó silencio.

El doctor Chen continuó:

—Xu Zhining ha vivido contigo creyendo que ganabas ocho mil yuanes al mes. Cocina en casa para ahorrar. Utiliza ropa durante años. Incluso rechazó una revisión dental el invierno pasado porque dijo que necesitabais ahorrar para tener un hijo.

Sentí que me temblaban las piernas.

Él lo sabía.

Sabía todo lo que yo había sacrificado.

Y aun así me había dejado hacerlo.

Entonces llegó su respuesta.

—Fue su elección. Yo nunca le pedí que ahorrara.

Me tapé la boca.

Aquella frase dolió más que descubrir que era rico.

Porque era verdad.

Nunca me había obligado.

Simplemente había construido una mentira tan perfecta que yo misma me había condenado a vivir dentro de ella.

El doctor Chen perdió la paciencia.

—¿Y el bebé también eligió esto?

Silencio.

—Yanbai, un mes de tratamiento son ciento cincuenta mil yuanes. Para ti no representa absolutamente nada.

Mi esposo respondió:

—No pagaré.

Cerré los ojos.

—¿Por qué?

La voz de Yanbai se volvió todavía más fría.

—Porque Wanyin ha regresado.

El mundo pareció detenerse.

Ji Wanyin.

La novia de la infancia a la que había tenido que abandonar para casarse conmigo.

—¿Qué tiene que ver ella con esto? —preguntó Chen.

—Todo.

Yanbai respiró profundamente.

—Mi matrimonio con Xu Zhining cumplió la condición del abuelo. Ya heredé el control del Grupo Gu. No necesito continuar fingiendo eternamente.

Mis dedos se cerraron sobre el informe.

—¿Vas a divorciarte?

—Sí.

Una sola palabra.

Seis años terminaron con una sola palabra.

El doctor Chen habló con incredulidad.

—¿Y piensas hacerlo ahora que está embarazada?

—Por eso precisamente quiero hacerlo ahora.

Sentí frío.

—Si el niño nace —continuó Yanbai—, las cosas se complicarán.

—Es tu hijo.

—También será un heredero Gu.

Su voz no contenía emoción.

—No quiero que Wanyin tenga que convivir el resto de su vida con el hijo de otra mujer.

Tuve que apoyarme contra la pared.

Entonces entendí por qué no quería pagar el tratamiento.

No estaba dejando morir nuestra última oportunidad por falta de dinero.

Le convenía que aquel embarazo terminara.

Retrocedí lentamente.

No quería escuchar más.

Pero el doctor Chen dijo algo que me detuvo.

—Entonces hay otra cosa que deberías saber.

Yanbai permaneció callado.

—El abuelo Gu dejó una cláusula adicional.

—¿Qué cláusula?

—No puedo decírtelo por teléfono.

—Chen.

—Ven al hospital.

—Estoy ocupado.

—Entonces seguirás sin saber por qué tu abuelo eligió específicamente a Xu Zhining.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Chen bajó la voz.

—Que no fue únicamente por la amistad con su abuelo.

Yanbai tardó varios segundos en responder.

—Te llamaré después.

La llamada terminó.

Yo me alejé antes de que el doctor Chen pudiera salir.


Regresé a casa.

Por primera vez observé nuestro pequeño apartamento como si perteneciera a otras personas.

El sofá barato.

La mesa que compramos de segunda mano.

La nevera que hacía un ruido extraño desde hacía meses.

Sobre una silla estaba la chaqueta de Yanbai.

La había remendado yo misma.

Me eché a reír.

El director ejecutivo del Grupo Gu llevaba una chaqueta remendada porque necesitaba convencer a su esposa de que era pobre.

Entré en el dormitorio.

Saqué una maleta.

No guardé mucho.

Documentos.

Ropa.

Las fotografías de mis abuelos.

Y el pequeño par de zapatitos que había comprado cuando descubrí que estaba embarazada.

Entonces mi teléfono sonó.

Yanbai.

—¿Dónde estás?

Su voz era normal.

Como si aquella mañana no hubiera decidido terminar nuestro matrimonio.

—En casa.

—Llegaré tarde. No me esperes para cenar.

Durante seis años aquella frase significaba que le guardaría comida.

Esta vez respondí:

—De acuerdo.

Antes de colgar, preguntó:

—¿Qué dijo el médico?

Miré el informe.

—Que el embarazo tiene problemas.

—Ya veo.

Nada más.

Ni siquiera preguntó si tenía miedo.

—Yanbai.

—¿Sí?

—Si existiera un tratamiento capaz de salvarlo, pero fuera caro… ¿lo pagarías?

Silencio.

Luego suspiró.

—Zhining, tenemos que ser realistas. No podemos arruinarnos por una posibilidad pequeña.

Miré alrededor.

El hombre que probablemente poseía edificios enteros me estaba explicando que no podíamos permitirnos salvar a nuestro hijo.

—Entiendo.

Colgué.

Y bloqueé su número.


No volví al hospital privado.

Fui a otro centro médico con mis informes.

Vendí las pocas joyas que me habían dejado mis abuelos.

Retiré mi parte de nuestros ahorros.

Y pedí un préstamo.

No sabía si conseguiría salvar el embarazo.

Pero aquella decisión sería mía.

También contraté a una abogada.

Cuando le expliqué lo ocurrido, su expresión se volvió seria.

—¿Tiene pruebas de que ocultó deliberadamente su patrimonio?

—Todavía no.

—Consígalas legalmente. No firme nada que él le presente y no renuncie a ningún derecho antes de conocer la situación patrimonial real del matrimonio.

Asentí.

—Quiero divorciarme.

Decirlo no dolió tanto como esperaba.

Tal vez porque mi matrimonio había terminado mucho antes de que yo lo supiera.


Yanbai regresó aquella noche a las once.

Yo ya no estaba.

A las once y siete empezó a llamarme desde otros números.

A medianoche apareció en casa de una compañera donde me estaba quedando.

No le abrí.

—¡Zhining!

Golpeó la puerta.

—Sé que estás dentro.

Me acerqué sin abrir.

—Vete.

Silencio.

—¿Qué ocurre?

Casi me dio risa.

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

Del otro lado dejó de respirar.

—Fuiste al hospital otra vez.

No era una pregunta.

—Escuchaste la llamada.

—Sí.

Hubo un largo silencio.

—Puedo explicarlo.

—¿Qué parte?

Mi voz no tembló.

—¿Que eres el director ejecutivo del Grupo Gu?

Silencio.

—¿Que me dejaste vivir seis años contando cada yuan mientras tú eras multimillonario?

Nada.

—¿O que no quieres salvar a nuestro hijo porque Ji Wanyin regresó?

—Zhining…

—Mañana recibirás los documentos del divorcio.

Golpeó la puerta.

—¡No seas impulsiva!

—Llevas seis años esperando divorciarte de mí.

—Las cosas no son tan simples.

—Para mí sí.

—¡Abre!

—Buenas noches, señor Gu.

Me alejé.

Entonces pronunció una frase que me hizo detenerme.

—No puedes divorciarte de mí ahora.

Regresé a la puerta.

—¿Por qué?

No respondió.

—Yanbai.

Su voz bajó.

—Porque todavía no has recibido la herencia.

Fruncí el ceño.

—¿Qué herencia?

Demasiado tarde comprendió que había hablado de más.


A la mañana siguiente fui directamente a ver al doctor Chen.

Cuando entré, me miró con sorpresa.

—¿Escuchaste todo?

—Sí.

No intenté negarlo.

—Quiero saber qué quiso decir cuando habló de una cláusula adicional del testamento.

Chen se quedó callado.

—Doctor, mi esposo acaba de mencionar una herencia que supuestamente me pertenece.

Su expresión cambió.

—Entonces Yanbai ya lo sabe.

—¿Saber qué?

Chen abrió un cajón.

Sacó un sobre antiguo.

En la esquina aparecía el sello de un despacho notarial.

—El abuelo Gu me pidió que guardara esto.

—¿Por qué usted?

—Porque fui uno de los testigos de su testamento médico antes de morir.

Me entregó el sobre.

Dentro había una copia de una cláusula.

Leí una vez.

Luego otra.

No podía comprenderla.

—Esto…

Chen asintió.

—Tu abuelo no era simplemente compañero de armas del señor Gu.

Mis manos empezaron a temblar.

Según aquel documento, décadas atrás, mi abuelo había aportado capital para salvar el negocio que posteriormente se convertiría en el Grupo Gu.

Nunca recuperó su participación.

El abuelo Gu había reconocido aquella deuda.

Y había establecido una condición.

Si su nieto se casaba conmigo y el matrimonio permanecía vigente durante seis años, una parte de las acciones reservadas pasaría directamente a mi nombre.

Miré la fecha.

Nuestro sexto aniversario había sido nueve días antes.

—¿Cuánto?

Chen respiró profundamente.

—No conozco la valoración actual.

—¿Qué porcentaje?

Me señaló una línea.

La leí.

Y sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

Veinticinco por ciento del Grupo Gu.

—Entonces Yanbai…

—Necesitaba permanecer casado contigo seis años para consolidar su propia herencia.

—¿Y ahora?

Chen me miró.

—Ahora tú también has cumplido la condición.

Sentí que todo encajaba.

Ji Wanyin había regresado justo después de nuestro sexto aniversario.

Yanbai ya podía divorciarse.

Pero algo había salido mal.

Yo también podía reclamar.

Mi teléfono vibró.

Era mi abogada.

Respondí.

—Zhining, necesito que venga inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

—El abogado de su marido acaba de presentar una solicitud urgente.

—¿De divorcio?

—No.

Su voz se volvió extraña.

—Están intentando demostrar que su matrimonio nunca fue válido.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Qué?

—Y hay algo más.

—Dígame.

—Adjuntaron documentos relacionados con su identidad.

Miré al doctor Chen.

Él también había palidecido.

—¿Qué documentos?

Mi abogada guardó silencio durante un segundo.

—Un certificado que afirma que Xu Zhining, la nieta que aparece en el testamento del abuelo Gu, murió cuando tenía cinco años.

No pude respirar.

—Eso es imposible.

Entonces vi la expresión del doctor Chen.

No parecía sorprendido.

Me levanté lentamente.

—Doctor…

Él cerró los ojos.

—Lo siento.

—¿Qué sabe?

Chen miró el sobre que yo sostenía.

Y respondió con una voz apenas audible:

—Que quizá Gu Yanbai no fue el único que te ocultó quién eres realmente.

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