Niko permaneció inmóvil durante varios segundos.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—No pareces alguien a quien no le ocurre nada.
Aparté la mirada.
Él dejó la chaqueta sobre una silla y aflojó los gemelos.
—Primera regla —dijo—. No me interesan tus fiestas, tus amigos ni lo que hacías antes de convertirte en Santoro. Pero mientras lleves mi apellido, no quiero escándalos.
Ahí estaba otra vez.
El juicio.
—¿Has terminado?
Sus cejas se arquearon.
—Todavía no.
—Entonces ahórrate el discurso.
Intenté pasar junto a él, pero Niko vio mis manos.
Temblaban.
Su expresión se endureció.
—¿Me tienes miedo?
—No.
—Mientes fatal.
—Y tú juzgas demasiado rápido.
Eso lo hizo callar.
Respiré hondo.
—Has leído artículos sobre mí. Has visto fotografías. Crees que sabes quién soy.
—He visto suficientes.
—No. Has visto exactamente lo que mi padre quería que vieran los periódicos.
Algo cambió en sus ojos.
—¿Qué significa eso?
—Nada que te importe.
Me dirigí hacia el baño.
Niko no me detuvo.
—Duerme tranquila, Isabella.
Me giré.
—¿Qué?
—No voy a tocarte.
El alivio debió de notarse demasiado en mi cara.
Porque Niko lo vio.
Y por primera vez aquella noche, su arrogancia desapareció.
—Espera.
No respondí.
—¿Por qué estás tan asustada?
—Te dije que no lo estoy.
—Y yo te dije que mientes fatal.
Apreté los dientes.
—Quizá porque hace cuarenta y ocho horas no sabía que iba a casarme contigo.
Eso pareció afectarle.
—¿Cuarenta y ocho horas?
—Mi padre me lo dijo el jueves.
Niko se quedó completamente quieto.
—Arthur aseguró que llevabas semanas informada.
Solté una risa amarga.
—Pues ya tenemos nuestra primera cosa en común.
—¿Cuál?
—Mi padre nos mintió a los dos.
Niko me observó durante un largo momento.
Luego preguntó:
—¿Qué más te ocultó?
—No lo sé.
Me quité los pendientes con dedos torpes.
Uno cayó al suelo.
Cuando Niko se inclinó para recogerlo, retrocedí instintivamente.
Él se detuvo.
No fue un movimiento dramático.
Pero lo entendió.
Se incorporó despacio y dejó el pendiente sobre la cómoda.
—Isabella.
Su voz había cambiado.
—¿Alguien te hizo daño?
—No.
—Entonces ¿por qué reaccionas así?
Sentí que me ardían las mejillas.
—Porque no estoy acostumbrada.
—¿A qué?
Silencio.
Niko me estudió.
Y entonces pareció comprender.
—No.
No era una pregunta.
Levanté la barbilla.
—¿Qué?
—Los periódicos dicen…
—Ya sé lo que dicen.
—Que has estado con…
—Nunca he estado con nadie.
El silencio que siguió fue insoportable.
Niko me miró como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Nunca?
—No necesito repetírtelo.
Se pasó una mano por el cabello.
—Pero esas fotografías…
—Fiestas universitarias. Galas. Discotecas. Amigos. Fotografías convenientemente recortadas.
—¿Y los hombres?
—Amigos.
—¿Todos?
—Todos.
Su mandíbula se tensó.
—Arthur permitió que construyeran esa reputación alrededor de su propia hija.
—No solo la permitió.
Lo miré.
—A veces la alimentó.
Niko perdió cualquier rastro de burla.
—¿Por qué?
—Pregúntaselo.
Entonces llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Niko cambió al instante.
Toda vulnerabilidad desapareció.
Abrió apenas.
Un hombre de traje oscuro le entregó un sobre.
—Llegó de Brooklyn.
Niko lo abrió.
Leyó.
Su expresión se volvió peligrosa.
—¿Qué ocurre?
No contestó.
—Niko.
Me entregó una fotografía.
Era mi padre saliendo de un restaurante.
A su lado había un hombre al que no reconocía.
Detrás aparecía una fecha.
Seis meses atrás.
—¿Quién es?
—Viktor Barone.
El nombre sí lo conocía.
Hasta yo sabía que los Barone y los Santoro llevaban años enfrentados.
—¿Qué hacía mi padre con él?
—Eso quiero saber.
Pasó a la segunda fotografía.
Mi padre entregándole una carpeta.
La tercera mostraba un apretón de manos.
—Arthur vino a nosotros hace tres meses —dijo Niko—. Dijo que los Barone lo estaban presionando. Ofreció el matrimonio para asegurar nuestra protección.
Sentí frío.
—Pero esa foto es anterior.
—Exactamente.
Niko llamó al hombre del pasillo.
—Marco. Quiero saber dónde está Arthur Shaw.
El hombre se marchó.
—¿Crees que mi padre trabaja con ellos?
—Creo que tu padre está aterrorizado.
Recordé sus ojos rojos.
“Te amo.”
“Te estoy protegiendo.”
—Había algo que no podía decirme.
Niko me miró.
—Quizá porque alguien estaba escuchando.
Mi teléfono vibró.
Era Stella.
Abrí el mensaje.
“Isa, no llames a tu padre. Encontré algo raro en tu apartamento.”
Debajo había una fotografía.
Una pequeña pieza negra debajo de mi escritorio.
Niko me quitó suavemente el teléfono.
—Un micrófono.
El corazón empezó a golpearme.
Otro mensaje.
“Hay otro en tu dormitorio.”
Niko levantó la mirada.
—¿Quién tenía acceso a tu apartamento?
—Mi padre. El personal del edificio. Mi asistente…
Me detuve.
—Y seguridad de mi padre.
El teléfono de Niko sonó.
Contestó.
—Habla.
Su expresión cambió.
—¿Cuándo?
Silencio.
—No dejen entrar a nadie.
Colgó.
—¿Qué pasa?
—Tu padre ha desaparecido.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Qué?
—Su conductor lo esperaba esta noche. Nunca salió de su oficina.
—Tenemos que encontrarlo.
Caminé hacia la puerta.
Niko me sujetó del brazo, sin hacerme daño.
—No vas a ninguna parte.
—¡Es mi padre!
—Y alguien acaba de demostrar que vigilaba tu apartamento.
—¡Suéltame!
Lo hizo inmediatamente.
Entonces su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje.
Niko lo leyó.
Y su rostro se volvió de piedra.
—¿Qué dice?
No respondió.
—Niko.
Finalmente me mostró la pantalla.
Había una fotografía tomada aquella misma noche.
Mi padre estaba sentado en una silla.
Parecía ileso, pero detrás de él había dos hombres.
Debajo aparecía una única frase:
“El matrimonio era parte del trato. Ahora entreguen a la chica.”
Sentí que las rodillas me fallaban.
—¿Entregarme a quién?
Niko siguió leyendo.
Había un segundo mensaje.
Esta vez su expresión no fue de sorpresa.
Fue de reconocimiento.
—¿Qué?
—Tu padre no te casó conmigo para pagar una deuda.
Levantó lentamente los ojos hacia mí.
—Entonces ¿por qué?
Niko guardó el teléfono y abrió una caja fuerte escondida detrás de un panel.
Sacó una carpeta marcada con el apellido SHAW.
—Porque, aparentemente, alguien lleva veintiún años esperando que cumplas cierta edad.
Me quedé helada.
—No entiendo.
Niko abrió la carpeta.
Dentro había un certificado de nacimiento.
Mi nombre figuraba arriba.
Isabella Shaw.
Pero donde debería haber aparecido Arthur Shaw como padre…
había otro nombre.
Y cuando Niko lo leyó, toda la sangre abandonó su rostro.
—Isabella…
Levanté la mirada.
—¿Quién es?
Niko cerró la puerta del dormitorio con llave.
—El hombre que acaba de ordenar que te entreguemos.