Vanessa regresó al hospital aquella tarde llevando flores blancas.
Arthur casi habría admirado su actuación si no supiera la verdad.
—Cariño —dijo ella delante de la enfermera—. ¿Cómo te sientes?
Arthur apenas movió los labios.
—Cansado.
Vanessa le acarició la frente.
—Descansa. Yo me ocuparé de todo.
Ahora Arthur sabía exactamente qué significaba aquello.
Cuando quedaron solos, Vanessa sacó dos cápsulas de su bolso.
—Tus vitaminas.
Arthur miró las pastillas.
Durante meses las había tragado sin preguntar.
Esta vez fingió llevárselas a la boca y las ocultó bajo la lengua hasta que Vanessa salió.
Después las guardó en una bolsa que Caleb había dejado preparada.
Esa misma noche, el abogado de Arthur, Samuel Pierce, regresó acompañado por una investigadora privada.
—Tenemos que movernos rápido —dijo Samuel—. El nuevo testamento ya está formalizado.
—¿Vanessa recibe algo?
—Un dólar.
Arthur sonrió débilmente.
—Perfecto.
Pero Samuel no sonrió.
—El testamento es la parte sencilla. Lo importante es demostrar que intentó matarte.
La investigadora dejó una grabadora sobre la mesa.
—Necesitamos muestras de esas cápsulas, historiales médicos y, si es posible, una confesión registrada.
Arthur señaló la bolsa.
—Empiecen por ahí.
Caleb entró poco después.
—Señor Vance, el laboratorio acaba de llamar.
Todos lo miraron.
—¿Qué encontraron?
Caleb cerró la puerta.
—Sus niveles de digoxina son anormalmente altos.
Arthur sintió frío.
—¿Suficiente para explicar mi estado?
—Posiblemente.
La investigadora se inclinó hacia delante.
—Entonces necesitamos que un toxicólogo independiente lo confirme.
Arthur miró el monitor.
Cinco días.
Los médicos le habían dado cinco días.
Pero si Vanessa realmente lo había envenenado, quizá su corazón no estuviera condenado.
Quizá todavía quedara tiempo.
—Caleb —preguntó—, ¿pueden tratarlo?
—Existe tratamiento para determinados casos de toxicidad, pero el equipo médico tendrá que actuar inmediatamente.
Por primera vez desde que escuchó su sentencia, Arthur sintió algo parecido a esperanza.
No duró mucho.
La puerta se abrió.
Vanessa entró acompañada por un hombre alto con traje gris.
Arthur lo reconoció.
Julian Cross.
Su supuesto asesor financiero.
El hombre que Vanessa realmente amaba.
—Arthur —dijo Julian—. Lamento muchísimo verte así.
Arthur cerró los ojos, fingiendo agotamiento.
Vanessa se acercó al abogado.
—¿Qué hace usted aquí?
Samuel respondió tranquilamente:
—El señor Vance solicitó mi presencia.
—Arthur no está en condiciones de tomar decisiones legales.
—Eso lo decidirá un médico independiente.
La sonrisa de Vanessa desapareció.
Solo durante un segundo.
Pero Arthur lo vio.
Julian también.
Ambos intercambiaron una mirada.
Aquella noche, Arthur fingió dormir.
A las 2:17 de la madrugada escuchó abrirse la puerta.
Vanessa entró.
Julian venía detrás.
—¿Por qué estaba aquí Pierce? —susurró él.
—No lo sé.
—¿Crees que Arthur sospecha?
Vanessa miró hacia la cama.
—Míralo. Apenas puede hablar.
Julian bajó todavía más la voz.
—No podemos arriesgarnos. Si cambió algo…
—No cambió nada.
—¿Cómo lo sabes?
Vanessa sonrió.
—Porque mañana no llegará consciente.
Arthur sintió que se le helaba la sangre.
Julian agarró su brazo.
—¿Qué vas a hacer?
Ella abrió el bolso.
Sacó una pequeña jeringa.
—Terminar lo que empezamos.
Arthur tuvo que controlar hasta su respiración.
—Vanessa, no aquí.
—Precisamente aquí. Está muriéndose. Nadie cuestionará un paro cardíaco.
Julian retrocedió.
—Yo no quiero estar presente.
—Pero sí quieres Malibú.
Él guardó silencio.
Vanessa se acercó a la vía intravenosa.
Entonces la puerta se abrió.
Caleb entró con una bandeja.
—Señora Vance.
Vanessa escondió rápidamente la mano.
—¿Qué haces aquí?
—Control rutinario.
Julian salió primero.
Vanessa lo siguió unos segundos después.
Cuando estuvieron solos, Arthur abrió los ojos.
Caleb estaba pálido.
—Lo vi.
—¿La jeringa?
—Sí.
Arthur señaló discretamente la lámpara.
Debajo había una diminuta cámara instalada aquella mañana.
Todo había quedado grabado.
Antes del amanecer, seguridad del hospital restringió discretamente el acceso de Vanessa a la medicación.
Un toxicólogo independiente tomó nuevas muestras.
A las nueve llegaron los resultados.
Samuel entró con el rostro tenso.
—Arthur, tenías razón.
Dejó el informe frente a él.
—Hay evidencia compatible con una exposición tóxica prolongada a digoxina.
Arthur cerró los ojos.
No estaba imaginándolo.
Vanessa realmente había intentado matarlo.
—¿Y mi corazón?
Caleb respondió:
—Todavía está gravemente afectado. Pero ahora los médicos saben qué están tratando.
Arthur respiró lentamente.

—Entonces hagámosla hablar.
Aquella tarde permitió que Vanessa regresara.
Esta vez estaban solos.
O eso creía ella.
—Vanessa…
Ella se acercó inmediatamente.
—Estoy aquí, cariño.
—Tengo miedo.
Su expresión se suavizó.
—No tienes por qué.
—¿Me voy a morir?
Vanessa le sostuvo la mano.
—Todos tenemos que irnos algún día.
Arthur dejó escapar una respiración débil.
—¿Y después qué harás?
Ella creyó que estaba demasiado enfermo para recordar sus palabras.
Ese fue su error.
—Descansar —susurró—. Han sido meses agotadores.
—¿Con Julian?
Vanessa se quedó inmóvil.
Arthur abrió los ojos.
—Malibú parece bonito.
Toda la sangre desapareció del rostro de ella.
—¿Qué has dicho?
—El Porsche también.
Vanessa soltó su mano.
—Tú…
Arthur sonrió.
—Te escuché. Todo.
Ella retrocedió.
Miró la puerta.
—Nadie va a creerte.
—Quizá.
—Eres un hombre moribundo bajo medicamentos.
—También tengo las cápsulas.
Vanessa dejó de respirar.
—Y grabaciones.
La puerta se abrió.
Samuel entró acompañado por dos investigadores.
Vanessa palideció.
—Arthur, espera.
—Esperé cuatro años.
Uno de los investigadores dio un paso adelante.
Pero entonces Vanessa empezó a reír.
Una risa pequeña, nerviosa.
—¿De verdad crees que esto termina conmigo?
Arthur frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Ella miró a Samuel.
Después a Caleb.
Finalmente a Arthur.
—Pregúntale a tu abogado quién modificó primero tu póliza de seguro.
Samuel se quedó inmóvil.
Arthur lo vio.
—Sam.
Su viejo amigo no respondió.
—¿De qué está hablando?
Vanessa sonrió.
—Yo puse el veneno, Arthur.
Los investigadores guardaron silencio.
—Pero yo no fui quien tuvo la idea.
Arthur miró a Samuel.
—Dime que está mintiendo.
Samuel bajó lentamente los ojos.
En ese instante, el teléfono de la investigadora sonó.
Respondió.
Su expresión cambió.
—¿Está seguro?
Colgó.
—Señor Vance, acabamos de revisar los registros financieros de Julian Cross.
—¿Y?
—Julian recibió una transferencia de cinco millones hace ocho meses.
Arthur sintió un escalofrío.
—¿De Vanessa?
—No.
La investigadora miró directamente a Samuel.
—Procedía de una cuenta vinculada al bufete del señor Pierce.
Arthur volvió la cabeza hacia el hombre que había administrado sus asuntos durante veintisiete años.
Samuel seguía sin mirarlo.
Y entonces Arthur comprendió que el veneno quizá solo fuera una pieza de algo mucho más grande.