PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ELEGIRLO

Durante las siguientes dos semanas no le dije nada a Lucas.

Ni sobre Harvard.

Ni sobre el vuelo.

Ni sobre la residencia estudiantil que ya me habían asignado.

Cada noche completaba documentos mientras él me enviaba mensajes sobre Clara.

“Su rodilla sigue inflamada.”

“Hoy tuve que acompañarla a enfermería.”

“Está triste por lo que pasó.”

Nunca preguntó cómo estaba yo.

Y, por primera vez, tampoco se lo reclamé.

Mi silencio pareció tranquilizarlo.

Creyó que había ganado.

Tres días antes de mi partida, Lucas apareció frente a mi residencia con dos cafés.

—¿Sigues enfadada?

—No.

Pareció sorprendido.

—Entonces estamos bien.

Lo miré durante unos segundos.

Tres años.

Había amado a ese chico durante tres años.

Pero aquella mañana comprendí algo sencillo:

dejar de discutir no siempre significa perdonar. A veces significa que ya no queda nada que salvar.

—Lucas, quiero terminar.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Nuestra relación.

Soltó una risa incrédula.

—¿Por lo de Clara?

—No.

—Entonces ¿por qué?

—Por ti.

Eso sí le dolió.

—Emma, estás exagerando.

—Cuando ella me humilló, me pediste que me disculpara. Cuando dijo que yo provocaba a otros hombres, guardaste silencio. Cuando recibió un castigo por lo que hizo, me preguntaste si estaba satisfecha.

—¡Porque estaba llorando!

—Exactamente.

Lo miré directamente.

—Siempre que Clara llora, yo dejo de importarte.

Lucas abrió la boca.

No encontró respuesta.

Finalmente dijo:

—Dame unos días.

—No.

—Podemos hablar después del entrenamiento.

—No hay nada que hablar.

Me marché.

Escuché su voz detrás.

—¡Emma! Cuando se te pase el enfado, llámame.

No me giré.

Porque ya no estaba enfadada.

Dos días después terminé el entrenamiento.

A la mañana siguiente subí al avión.

No hubo despedida dramática.

No esperé que Lucas apareciera corriendo.

Simplemente apagué el teléfono y miré por la ventanilla mientras mi antigua vida desaparecía bajo las nubes.

Harvard fue difícil.

También fue maravilloso.

Por primera vez, mis decisiones no tenían que pasar por la pregunta: “¿Qué pensará Lucas?”

Estudié.

Conocí gente.

Trabajé hasta tarde en la biblioteca.

Aprendí a estar sola sin sentirme abandonada.

Una semana después encendí mi antiguo número.

Había treinta y siete llamadas perdidas.

Todas de Lucas.

El primer mensaje decía:

“¿Dónde estás?”

El siguiente:

“Fui a tu residencia.”

Después:

“Emma, esto ya no tiene gracia.”

Luego:

“¿Harvard? ¿Te fuiste a Estados Unidos?”

Y finalmente:

“Respóndeme.”

No respondí.

Dos horas después llamó otra vez.

Esta vez contesté.

—¿Hola?

Su respiración llegó agitada.

—¿De verdad estás en Harvard?

—Sí.

—¿Desde cuándo planeabas esto?

—Desde antes del entrenamiento.

—¿Y no pensabas decírmelo?

—Pensaba hacerlo.

Pausa.

—Después dejé de pensar que necesitabas saberlo.

—Soy tu novio.

—Eras.

Silencio.

—Emma, no puedes terminar tres años así.

—No terminaron aquel día, Lucas. Llevaban meses terminándose.

Su voz bajó.

—¿Hay otro?

Casi me reí.

—No.

—Entonces vuelve.

—No.

—Puedo esperarte.

—Tampoco quiero que lo hagas.

Aquello finalmente lo hizo callar.

—¿Tan poco significo ahora?

Cerré los ojos.

—Significaste muchísimo. Ese fue el problema. Yo te elegía incluso cuando tú me dejabas en segundo lugar.

Colgué.

Durante meses siguió intentando contactarme.

Después las llamadas disminuyeron.

Hasta desaparecer.

Pasó un año.

Regresé a nuestra universidad para completar unos trámites académicos y visitar a mis padres.

El campus parecía más pequeño.

Mientras atravesaba la plaza principal escuché una voz conocida.

—Emma.

Me giré.

Lucas estaba allí.

Había cambiado.

Parecía más serio.

Más cansado.

Y estaba solo.

—Hola —dije.

Se acercó lentamente.

—Te busqué por todas partes.

—Lo sé.

—Fui incluso a hablar con la oficina internacional. No quisieron darme información.

—Era información privada.

Asintió.

—Lo entiendo ahora.

Aquellas palabras me sorprendieron.

—¿Cómo está Clara?

Su expresión cambió.

—Ya no hablamos.

—¿Qué pasó?

Lucas soltó una risa amarga.

—Lo mismo que tú intentabas decirme.

Después de mi partida, Clara había empezado a exigir todavía más de él.

Llamadas de madrugada.

Celos cuando hablaba con otras chicas.

Comentarios crueles disfrazados de bromas.

Hasta que un día humilló públicamente a una compañera.

Lucas la defendió.

Otra vez.

Pero aquella compañera no se quedó callada.

Presentó una queja formal.

Había videos.

Mensajes.

Testigos.

Y durante la investigación aparecieron otras denuncias.

Entonces Lucas descubrió que Clara llevaba años utilizando su protección para hacer daño a personas que sabía que él defendería.

—Cuando vi todo junto… —dijo— entendí lo que te hice.

No respondí.

—Te debía una disculpa.

—Sí.

Me miró sorprendido.

—Pensé que dirías que no era necesario.

—Lo era.

Bajó la cabeza.

—Lo siento.

Esta vez no añadió excusas.

No dijo que Clara era así.

No dijo que yo era sensible.

Solo:

—Lo siento.

Y acepté aquellas palabras por lo que eran.

Una disculpa.

No una llave para entrar otra vez en mi vida.

—Gracias.

Lucas levantó los ojos.

—¿Podemos empezar de nuevo?

Lo miré.

Por un instante vi al chico de preparatoria.

El que me esperaba después de clase.

El que me compraba mi bebida favorita.

El que una vez me había hecho creer que tres años juntos significaban para siempre.

Pero yo tampoco era aquella Emma.

—No.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Nunca?

Sonreí suavemente.

—Lucas, perdonarte no significa volver contigo.

Él respiró hondo.

Después asintió.

—Supongo que me lo merezco.

—No se trata de castigo.

Miré hacia el edificio donde debía entregar mis documentos.

—Se trata de que finalmente aprendí a elegirme.

Caminé unos pasos.

—Emma.

Me giré.

—Espero que seas feliz —dijo.

Esta vez su voz era sincera.

—Yo también espero que tú lo seas.

Seguí caminando.

Mi teléfono vibró.

Era un correo de Harvard.

Habían aprobado mi solicitud para extender mi estancia académica otro año.

Sonreí.

Presioné “Aceptar”.

La primera vez que había pulsado aquella palabra, lo hice mientras Lucas sostenía a Clara y me preguntaba si ya estaba satisfecha.

Aquella decisión había parecido una huida.

Ahora entendía que nunca lo fue.

No había cruzado medio mundo para que Lucas comprendiera cuánto valía yo.

Lo había hecho para comprenderlo yo misma.

Y esta vez, cuando seguí caminando, no esperé que nadie corriera detrás de mí.

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