Parte 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERAR

Mi padre respondió casi inmediatamente.

—Confirmado. Pasado mañana, 10:40. Te enviaré todo.

Miré el mensaje durante unos segundos.

Después bloqueé la pantalla.

No sentí miedo.

Sentí una tranquilidad extraña.

Por primera vez, estaba tomando una decisión sin preguntarme qué pensarían Daniel y Camila.

Cuando llegué a la Universidad A ya había oscurecido.

El campus estaba lleno de estudiantes nuevos y padres cargando cajas.

Caminé directamente hacia administración.

Expliqué que quería retirar mi matrícula por motivos personales.

La funcionaria me miró sorprendida.

—¿Está segura? Las clases empiezan en tres días.

—Completamente.

Firmé.

Una firma.

Después otra.

Cuando salí del edificio, ocho años de planes parecían haber desaparecido dentro de una carpeta.

Entonces escuché:

—¡Estrella!

Camila corría hacia mí.

Daniel venía detrás.

Ella se detuvo frente a mí, ligeramente molesta.

—¿Por qué no respondes?

—Tenía cosas que hacer.

Daniel miró los documentos que llevaba.

—¿Qué cosas?

Los guardé.

—Nada importante.

Camila me tomó del brazo.

—Vamos a cenar. Encontramos un restaurante precioso.

Aparté suavemente su mano.

—No puedo.

Ambos me miraron.

Camila parpadeó.

—¿Sigues enfadada por lo del tren?

Daniel suspiró.

—Estrella, ya te expliqué que fue un malentendido.

—Lo sé.

—Entonces deja de comportarte así.

Lo miré.

Durante años, esas palabras habrían funcionado.

Yo habría sonreído.

Habría dicho que no pasaba nada.

Pero aquella noche pregunté:

—¿Así cómo?

Daniel frunció el ceño.

—Distante.

Sonreí.

—Quizá solo estoy aprendiendo.

—¿Aprendiendo qué?

—A no esperar.

Camila soltó una risita incómoda.

—Estrella, estás dramatizando muchísimo.

Asentí.

—Puede ser.

Y seguí caminando.

Daniel me sujetó de la muñeca.

—¿Adónde vas?

Bajé la mirada hacia su mano.

La soltó.

—Al hotel.

—¿Hotel? Tu residencia ya está asignada.

—No voy a quedarme.

Daniel pareció desconcertado.

—¿Qué significa eso?

—Exactamente lo que he dicho.

Camila intercambió una mirada con él.

—¿Te vas a otra universidad?

—Sí.

No mentía.

Solo omití que estaba al otro lado del mundo.

Daniel abrió la boca.

Pero mi taxi llegó.

Subí.

Mientras nos alejábamos, los vi inmóviles bajo las luces del campus.

Por primera vez, eran ellos quienes se quedaban atrás.


Al día siguiente cambié de número.

No por venganza.

Necesitaba silencio.

Guardé las fotografías importantes, empaqué mis materiales de dibujo y eliminé el grupo “Trío invencible”.

Antes de hacerlo, lo observé una última vez.

Dieciocho años.

Miles de mensajes.

Después pulsé:

Salir del grupo.

Mi padre apareció en la puerta.

—¿Lista?

—Sí.

—¿Quieres despedirte de alguien?

Pensé en Daniel.

En Camila.

En todas aquellas “próximas veces”.

—Ya me despedí.


Dos días después estaba en el aeropuerto.

Cuando faltaban veinte minutos para embarcar, el teléfono de mi padre sonó.

Miró la pantalla.

—Es la madre de Daniel.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—No contestes.

—¿Segura?

Asentí.

Cinco minutos después llegó un mensaje.

“Daniel está buscándola por todas partes.”

No respondimos.

Cuando anunciaron mi vuelo, abracé a mi padre.

—Haz lo que siempre quisiste hacer —me dijo—. Esta vez no cambies tu camino por nadie.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—No lo haré.

Subí al avión.

Y cuando las ruedas dejaron el suelo, la Universidad A, Daniel y Camila dejaron de ser mi futuro.


Tres semanas después, en Londres, entré por primera vez en un estudio lleno de caballetes.

Había conseguido plaza en el programa preparatorio de una escuela de arte que años atrás solo me había atrevido a guardar entre mis favoritos.

Mi profesor observó mi primera carpeta.

—¿Por qué abandonaste esto?

Pensé en la respuesta.

—Porque confundí acompañar a otras personas con vivir mi propia vida.

Él señaló un caballete vacío.

—Entonces empieza de nuevo.

Y eso hice.

Los meses pasaron.

Después los años.

Mi mundo dejó de tener tres nombres.

Conocí personas que me invitaban sin que tuviera que preguntar.

Amigos que notaban cuando faltaba.

Profesores que recordaban mis proyectos.

Gente que no me decía que era demasiado sensible cuando algo me dolía.

Y, sobre todo, volví a pintar.

La vida que había abandonado para seguir a Daniel y Camila resultó ser exactamente la vida que me estaba esperando.


Cuatro años después regresé por primera vez.

Mi universidad organizaba una exposición internacional en la ciudad y una de mis obras había ganado el premio principal.

La inauguración estaba llena de periodistas, estudiantes y representantes de varias escuelas.

Yo hablaba con una profesora cuando escuché una voz conocida.

—¿Estrella?

Me giré.

Daniel.

Durante un instante volví a tener dieciocho años.

Después pasó.

Él había cambiado.

Más alto.

Más serio.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

—Hola, Daniel.

Me miró como si quisiera comprobar que era real.

—Eres tú.

—Sí.

—¿Cuándo volviste?

—Ayer.

—¿Por qué nunca dijiste dónde estabas?

La pregunta me sorprendió.

—Porque no necesitaba hacerlo.

Su expresión se tensó.

—Te buscamos.

—Lo sé.

—¿Sabes cuántas veces intenté contactarte?

—No.

Y era verdad.

Daniel bajó la mirada.

—Pensé que regresarías después de unos días.

—Yo también pensaba muchas cosas antes.

Entonces apareció Camila.

Se quedó paralizada.

—Estrella…

Miró el enorme cartel detrás de mí.

Mi nombre estaba impreso debajo de la obra ganadora.

—¿Tú hiciste eso?

—Sí.

Camila sonrió nerviosamente.

—Siempre dibujabas bien.

La miré.

—Por eso quería estudiar arte.

Su sonrisa desapareció.

Lo recordaba.

Claro que lo recordaba.

Daniel también.

—¿Te fuiste por nosotros? —preguntó.

Negué.

—Me fui por mí.

—Pero aquel día…

—Aquel día solo dejé de inventar excusas.

Camila bajó la cabeza.

—Éramos inmaduros.

—Sí.

—Nunca quisimos excluirte.

La miré con calma.

—Lo sé.

Eso pareció sorprenderla.

—Entonces…

No hace falta querer herir a alguien para acostumbrarse a tratarlo como si importara menos.

Ninguno respondió.

Daniel dio un paso hacia mí.

—Podemos empezar otra vez.

Sonreí.

No con tristeza.

Tampoco con rencor.

—No.

—¿Por qué?

Miré a las personas que me esperaban al otro lado de la sala.

Mi profesor.

Mis compañeros.

Mi padre.

Mi nueva vida.

—Porque ya empecé otra vez.

Daniel se quedó inmóvil.

Me despedí con un gesto y caminé hacia ellos.

Entonces Camila me llamó.

—¡Estrella!

Me giré.

Tenía lágrimas en los ojos.

—¿Ya no somos amigos?

Pensé en aquella estación.

En la chica que permaneció cuarenta minutos esperando a dos personas que ya habían decidido marcharse sin ella.

—Fuimos amigos.

Respondí con suavidad.

—Pero algunas personas pertenecen a la historia, no al futuro.

Seguí caminando.

Mi padre me esperaba frente a mi cuadro.

—¿Todo bien?

Lo abracé.

—Sí.

Y esta vez era verdad.

Porque finalmente entendí algo que debería haber aprendido mucho antes:

quedarse sola en aquella estación no había sido el día en que mis mejores amigos me abandonaron.

Había sido el día en que, por fin, dejé de abandonarme a mí misma.

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