Dos meses después, Elena Vega dejó de ser simplemente un nombre escrito en una identificación.
Se convirtió en mi nueva vida.
Me instalé en otra ciudad, alquilé un pequeño estudio y regresé a lo único que había amado antes de conocer a Gabriel: diseñar joyas.
Al principio trabajaba hasta la madrugada.
No porque necesitara dinero.
Necesitaba mantener las manos ocupadas para no pensar.
Había noches en las que abría el cajón donde guardaba aquella ecografía y permanecía mirándola durante minutos.
Entonces recordaba las escaleras.
La sangre.
Y aquella frase.
—No importa. Primero te llevaré al hospital a revisar tus piernas.
Nunca conseguía recordar nada después de eso sin sentir un vacío insoportable.
Así que cerraba el cajón y volvía a trabajar.
Mientras yo reconstruía mi vida, el mundo de Gabriel comenzaba a derrumbarse.
Isabel me mantenía informada.
Las pruebas que había enviado antes de desaparecer habían llegado a las personas correctas.
El Grupo Fuentes estaba siendo auditado.
Dos proyectos fueron suspendidos.
Varios directivos comenzaron a declarar.
Y el antiguo accidente relacionado con la familia Méndez volvió a ser investigado.
Pero Gabriel seguía buscándome.
Primero contrató investigadores.
Después ofreció dinero.
Finalmente utilizó contactos personales.
No encontró nada.
Para él, Clara Salas se había evaporado.
Hasta que la señora Marta decidió hablar.
Gabriel regresó una noche a la antigua casa.
Laura lo esperaba en el salón.
—¿Otra vez buscándola?
Él dejó las llaves sobre la mesa.
—No es asunto tuyo.
Laura apretó los labios.
—Llevas dos meses buscando a una mujer de la que dijiste que solo era una sustituta.
Gabriel no respondió.
Entonces Marta apareció en el pasillo.
Llevaba semanas observándolo entrar cada noche y preguntar si había alguna noticia sobre mí.
Aquella vez ya no pudo soportarlo.
—Señor Gabriel.
Él levantó la mirada.
—¿Qué?
Marta tenía algo entre las manos.
Una pequeña bolsa del hospital.
—Encontré esto entre las cosas que llegaron después de que la señora Clara fue ingresada.
Gabriel la tomó.
Dentro había un informe médico.
Leyó las primeras líneas sin comprender.
Después dejó de respirar.
“Embarazo de aproximadamente seis semanas. Pérdida gestacional posterior a traumatismo por caída.”
Sus dedos comenzaron a temblar.
—¿Qué significa esto?
Marta lo miró con lágrimas en los ojos.
—La señora Clara estaba embarazada.
Laura palideció.
Gabriel volvió a mirar el documento.
—No.
Pasó las hojas frenéticamente.
—Ella nunca me dijo nada.
—Porque tampoco lo sabía.
Marta ya estaba llorando.
—Lo descubrió en el hospital después de que usted la empujara.
El papel cayó de sus manos.
Gabriel retrocedió hasta chocar contra una silla.
—Yo…
Su voz desapareció.
Marta lo miró con una dureza que nunca antes se había permitido.
—La señora salió de esta casa sangrando y usted decidió llevar primero a la señorita Laura al hospital.
Gabriel cerró los ojos.
Por primera vez recordó aquella tarde completa.
Mi rostro pálido.
Mi mano sobre el vientre.
Las manchas rojas.
Y su propia voz diciendo que no importaba.
Aquella noche comprendió que el bebé que nunca supo que esperaba había desaparecido el mismo día que decidió deshacerse de mí.
Laura intentó acercarse.

—Gabriel…
Él retrocedió.
—No me toques.
—Yo no sabía que estaba embarazada.
—Pero viste la sangre.
Laura guardó silencio.
Gabriel levantó lentamente los ojos.
—Tú preguntaste si podía estar embarazada.
—Solo fue una posibilidad.
—Y aun así me pediste que te llevara a revisar las piernas.
Laura comenzó a llorar.
—Tenía miedo de perderte otra vez.
Gabriel soltó una risa amarga.
—¿Perderme?
En ese instante su teléfono sonó.
Era su abogado.
—Señor Fuentes, tenemos un problema.
—¿Cuál?
—La fiscalía obtuvo documentos internos sobre varios proyectos del grupo. Alguien conservó pruebas durante años.
Gabriel miró el informe médico que seguía en el suelo.
De repente recordó algo.
Clara siempre había sabido demasiado.
Contratos.
Reuniones.
Movimientos financieros.
—¿Quién entregó los documentos?
—No lo sabemos.
Gabriel permaneció en silencio.
Pero Laura comenzó a retroceder.
Marta lo notó.
Él también.
—Laura.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
—¿Por qué estás tan nerviosa?
—No lo estoy.
Gabriel se acercó.
—¿Qué ocurrió realmente en aquel accidente por el que supuestamente salvaste mi vida?
El rostro de Laura perdió el color.
Tres meses después, recibí una invitación que cambiaría todo.
Una prestigiosa casa internacional de joyería había seleccionado mi colección para una exposición privada.
El evento reuniría empresarios, celebridades y familias poderosas.
Isabel me llamó.
—Clara, hay algo que debes saber.
—Elena.
—Para mí siempre serás Clara.
Sonreí ligeramente.
—¿Qué ocurre?
Guardó silencio unos segundos.
—El Grupo Fuentes patrocina la gala.
Mis dedos se congelaron alrededor del teléfono.
—Entonces no iré.
—Si huyes cada vez que aparece su apellido, todavía estás viviendo alrededor de Gabriel.
Aquellas palabras me golpearon.
Miré mi reflejo.
Ya no reconocía a la mujer que había suplicado amor durante tres años.
—Tienes razón.
La noche de la gala llevé un vestido negro sencillo y una de mis propias piezas alrededor del cuello.
Cuando entré, nadie vio a Clara Salas.
Vieron a Elena Vega.
La joven diseñadora cuyo trabajo comenzaba a llamar la atención internacional.
Durante casi una hora todo salió perfectamente.
Hasta que escuché una voz detrás de mí.
—Señorita Vega.
Mi cuerpo se tensó.
Conocía aquella voz.
Me giré.
Gabriel estaba frente a mí.
Parecía diferente.
Más delgado.
Cansado.
Sus ojos recorrieron mi rostro lentamente.
—¿Nos conocemos?
Sostuve su mirada.
—No lo creo, señor Fuentes.
Intenté marcharme.
Él sujetó suavemente mi muñeca.
—Clara.
Me liberé inmediatamente.
—Se equivoca de persona.
Gabriel permaneció inmóvil.
Entonces su mirada cayó sobre mi cuello.
Sobre el pequeño colgante que llevaba puesto.
Su rostro cambió.
Yo misma lo había diseñado años atrás.
Dos pequeñas estrellas entrelazadas.
Gabriel conocía aquella pieza.
La había visto cientos de veces en mis bocetos.
—Eres tú.
—Seguridad.
Dos empleados comenzaron a acercarse.
Gabriel no intentó detenerme.
Solo habló.
—Sé lo del bebé.
Mis pasos se detuvieron.
El salón entero pareció desaparecer.
Giré lentamente.
—¿Qué dijiste?
Sus ojos estaban llenos de algo que jamás había visto en él.
—Marta me entregó el informe.
Apreté los puños.
—Entonces ya sabes suficiente.
—Clara, yo no sabía…
—No.
Mi voz salió firme.
—No pronuncies mi nombre.
Gabriel tragó saliva.
—Déjame explicarte.
—¿Explicarme qué? ¿Que me empujaste sin saber que estaba embarazada? ¿Que viste sangre y decidiste que las piernas de Laura eran más importantes?
No pudo responder.
—Nuestro hijo murió sin que tú supieras que existía.
Gabriel bajó la cabeza.
—Lo sé.
—Y Clara Salas murió con él.
Me giré para marcharme.
Entonces alguien gritó desde la entrada.
Varias personas comenzaron a apartarse.
Dos agentes acababan de entrar acompañados por funcionarios judiciales.
Pero no caminaban hacia Gabriel.
Caminaban hacia Laura.
Ella acababa de llegar a la gala.
Su rostro se volvió blanco.
—Señorita Méndez —dijo uno de los agentes—, necesitamos que nos acompañe por la reapertura del caso relacionado con el accidente ocurrido hace cuatro años.
Gabriel se quedó paralizado.
Laura me miró.
Y en sus ojos apareció un odio inmediato.
—¡Fue ella!
Todos guardaron silencio.
Laura señaló directamente hacia mí.
—¡Clara entregó esas pruebas!
Gabriel giró hacia mí.
Ya no había ninguna duda en su rostro.
Mi identidad acababa de quedar expuesta.
Pero antes de que pudiera decir algo, Laura comenzó a reír.
—¿Quieres destruirme, Clara?
Los agentes intentaron llevársela.
Ella se resistió.
—Entonces dile a Gabriel toda la verdad.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué verdad?
Laura sonrió.
—Pregúntale a tu querida Isabel quién pagó realmente para que te dieran esa nueva identidad.
Mi corazón se detuvo.
Gabriel me miró.
Yo miré hacia la entrada buscando a Isabel.
Y entonces la vi.
Estaba completamente pálida.
Y detrás de ella había un hombre al que yo llevaba veinte años creyendo muerto.