PARTE 2: CUANDO QUISO RECUPERAR EL ANILLO, YO YA ME HABÍA IDO.

A la mañana siguiente, Adrián me llamó siete veces.

No contesté ninguna.

A las nueve, llegó un mensaje.

“Tenemos que hablar.”

A las nueve y cinco:

“Lo de anoche no significó lo que crees.”

A las nueve y veinte:

“Julia se marcha pronto. No había razón para complicar las cosas.”

Miré aquella última frase durante varios segundos.

No había razón para complicar las cosas.

Dos años de relación reducidos a una complicación.

Guardé el teléfono y continué firmando los documentos de mi traslado.

Mi directora dejó la última carpeta frente a mí.

—Londres quiere que empieces en tres semanas.

—Estaré allí.

Me observó con sorpresa.

—Pensé que pedirías más tiempo.

—Ya esperé demasiado por otras cosas.

No preguntó.

Y se lo agradecí.

Aquella tarde, Adrián apareció en mi oficina.

Entró sin cita.

Llevaba el anillo otra vez.

Lo primero que vi fue la plata alrededor de su dedo.

Como si ponérselo de nuevo pudiera borrar la noche anterior.

—Elena.

Cerré el portátil.

—Estoy trabajando.

—Necesito cinco minutos.

—Tienes dos.

Su mandíbula se tensó.

—Estás exagerando.

Casi me reí.

—¿Eso viniste a decir?

—Julia está pasando por un momento difícil. Su familia perdió varios contratos. Regresó prácticamente sola.

—Lo siento por ella.

—Entonces entiendes por qué no quería ponerla en una situación incómoda.

Lo miré.

—No, Adrián. Lo que entiendo es que llevas dos años pidiéndome que acepte estar escondida para protegerte a ti.

Señalé su mano.

—Pero bastaron unas horas con ella para que también escondieras eso.

—Volví a ponérmelo.

—Después de que ella se fue.

Silencio.

Me levanté.

—¿Sabes qué fue lo peor?

No respondió.

—No que te quitaras el anillo.

Respiré profundamente.

—Fue cuando te di la oportunidad de decir delante de Julia quién era yo.

Su expresión cambió.

—Elena…

—Y dijiste que no era nada importante.

—Me pillaste por sorpresa.

—Dos años deberían haber sido suficientes para preparar una respuesta.

Adrián cerró los ojos un instante.

Después sacó algo del bolsillo.

Mi anillo.

Lo colocó sobre el escritorio.

—Póntelo.

Miré aquella pequeña “A”.

Durante tanto tiempo había significado seguridad.

Ahora parecía simplemente una letra grabada sobre metal.

—No.

—Estás enfadada.

—Ya te dije que no.

—Entonces ¿por qué haces esto?

Lo miré directamente.

—Porque entendí que nunca quisiste hacer pública nuestra relación.

—Eso no es verdad.

—¿Cuándo pensabas hacerlo?

—Cuando terminara la situación dentro del grupo.

—Llevas diciendo eso dos años.

—Las cosas son complicadas.

Sonreí.

—Otra vez esa palabra.

Adrián se quedó inmóvil.

Tomé el anillo del escritorio.

Por un instante creyó que iba a colocármelo.

En cambio, lo dejé en su palma.

—Quédatelo. Así la próxima vez que Julia regrese no tendrás que preocuparte por quitármelo a mí también.

Su rostro palideció.

—¿Estás terminando conmigo?

—Sí.

—Por una noche.

—No.

Negué lentamente.

—Por todas las noches en las que acepté ser invisible porque confiaba en que algún día dejaría de serlo.

Adrián intentó tomarme de la muñeca.

Retrocedí.

—No me toques.

Su mano quedó suspendida en el aire.

—Elena, dame unos días.

—No necesito más tiempo.

—Yo sí.

—Ese ya no es mi problema.

Cuando salió de mi oficina, dejó el anillo sobre la mesa.

No lo recogí.

Dos semanas después, la noticia de mi traslado comenzó a circular.

Marcos fue quien se lo contó.

Adrián apareció en mi apartamento aquella misma noche.

—¿Te vas a Londres?

—Sí.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—¿Como novia o como colaboradora valiosa?

La frase lo golpeó.

—No hagas eso.

—Tú elegiste esa definición.

—Rechaza el traslado.

Lo miré sorprendida.

—¿Perdón?

—Podemos arreglar nuestra relación.

—¿Y por qué tendría que renunciar a una oportunidad profesional?

—Porque son tres años.

—Exactamente.

Adrián caminó hacia mí.

—No quiero perderte por tres años.

—No me estás perdiendo por Londres.

Mi voz permaneció tranquila.

—Me perdiste cuando alguien te preguntó qué significaba nuestro anillo y respondiste que nada.

No supo qué decir.

Entonces ocurrió algo todavía más inesperado.

Julia apareció detrás de él.

Había subido conmigo en el ascensor sin que yo lo supiera.

—Creo que yo debería aclarar algo —dijo.

Adrián se volvió bruscamente.

—Julia.

Ella lo ignoró.

Me miró a mí.

—Nunca supe que ustedes estaban juntos.

Asentí.

—Lo imaginé.

—Si lo hubiera sabido, jamás habría permitido que él se quitara ese anillo por mí.

Adrián frunció el ceño.

—No necesitas involucrarte.

Julia soltó una risa amarga.

—Creo que ya me involucraste cuando decidiste utilizarme como excusa.

El silencio cayó entre nosotros.

Julia continuó:

—Anoche Marcos me contó toda la historia.

Miró a Adrián.

—¿De verdad llevas dos años con Elena?

Él respondió en voz baja:

—Sí.

—¿Y nunca la presentaste como tu novia?

No respondió.

Julia negó con la cabeza.

—Adrián, yo me fui hace seis años.

—Lo sé.

—No parece.

Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.

Julia respiró profundamente.

—Si alguna vez sentiste algo por mí, eso terminó hace mucho. No regresé para recuperarte.

Después me miró.

—Y tampoco quiero ser la razón por la que otra mujer pierda tres años más esperando que tú decidas elegirla públicamente.

Se marchó.

Adrián permaneció frente a mí.

Parecía un hombre al que acababan de quitar la última excusa.

—Elena…

—Buenas noches.

Cerré la puerta.

Tres semanas después, subí al avión rumbo a Londres.

No miré atrás.

Los primeros meses fueron difíciles.

Nueva ciudad.

Nuevo equipo.

Nuevas responsabilidades.

Pero también descubrí algo que había olvidado.

Podía construir una vida sin esperar la aprobación de nadie.

Un año después fui nombrada directora adjunta de estrategia europea.

Dos años después lideraba proyectos en cinco países.

Y cuando terminó mi contrato de tres años, la compañía me ofreció permanecer en Londres indefinidamente.

Acepté.

Adrián me escribió algunas veces durante el primer año.

Después dejó de hacerlo.

Marcos me contó que finalmente había hecho pública nuestra antigua relación cuando algunos amigos preguntaron por qué yo había desaparecido.

Demasiado tarde.

No quería reconocimiento después de marcharme.

Lo había necesitado mientras todavía estaba allí.

Tres años y medio después regresé por trabajo.

En una recepción empresarial, lo vi.

Adrián estaba junto a una ventana.

Seguía llevando nuestro anillo.

No sabía si nunca se lo había quitado otra vez o si se lo había puesto aquella noche.

Cuando me vio, caminó hacia mí.

—Elena.

—Hola, Adrián.

Miró mi mano.

Estaba vacía.

—Todavía lo tengo —dijo, levantando ligeramente la suya.

Observé la pequeña marca plateada.

—Lo sé.

—Pensé que quizá algún día…

—No.

No necesité dejarlo terminar.

Sus ojos se apagaron.

—¿Nunca?

Sonreí con tristeza.

—Hubo un momento en que habría esperado años por ti.

Hice una pausa.

—Ese fue precisamente el problema.

Me despedí y regresé con mis compañeros.

Mientras atravesaba el salón, comprendí algo que finalmente me hizo sentir ligera.

Durante años creí que aquella “A” grabada en mi anillo significaba Adrián.

Pero también podía haber significado algo mucho más importante.

Adiós.

Y la noche en que me quité aquel anillo no había perdido al hombre que amaba.

Había dejado de perderme a mí misma.

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