Parte 2: EL BILLETE QUE LO CAMBIÓ TODO

Adrian sostenía mi billete entre dos dedos.

—París —leyó—. Solo ida.

Gabriel dejó de sonreír.

Yo me levanté del columpio.

—¿Registraste mis cosas?

—Estaba sobre tu escritorio.

—Eso no responde a mi pregunta.

Adrian caminó hacia nosotros.

—¿Pensabas marcharte sin decírmelo?

—Llevas dos meses desaparecido.

—Estaba trabajando.

—Y yo estoy intentando seguir con mi vida.

Su mirada pasó de mí a Gabriel.

—¿Con él?

Gabriel soltó una risa seca.

—No todo gira alrededor de ti, Adrian.

—No te he preguntado.

—Pero llevas cinco años sin preguntarle a nadie nada.

El ambiente cambió.

Adrian apretó el billete.

—Ten cuidado.

Gabriel se levantó.

—¿Todavía vas a fingir que fui yo?

—Gabriel —intervine—. ¿De qué estás hablando?

Los hermanos se miraron.

Eleanor apareció en la puerta de la terraza.

—Basta.

Su voz era débil, pero ambos obedecieron.

—Claire —dijo—, entra conmigo.

La seguí hasta la biblioteca.

Eleanor cerró la puerta.

—¿De verdad quieres divorciarte?

No tenía sentido mentir.

—Sí.

Sus ojos se llenaron de tristeza.

—Entonces hazlo.

Me quedé inmóvil.

—Adrian dice que tu salud…

—Mi enfermedad no puede convertirse en tu prisión.

Tomó mi mano.

—Y hay algo más que debes saber.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Gabriel no robó aquel dinero.

La puerta se abrió violentamente.

Adrian estaba allí.

—Mamá.

Eleanor ni siquiera se volvió.

—Ya basta de secretos.

Gabriel apareció detrás de él.

Por primera vez, su sonrisa despreocupada había desaparecido.

—¿Qué significa que no lo robó? —pregunté.

Eleanor me miró.

—Cinco años atrás desaparecieron ocho millones de una filial familiar. Las transferencias aparecieron autorizadas desde la cuenta de Gabriel.

—Porque él las autorizó —dijo Adrian.

Gabriel negó.

—Porque alguien utilizó mis credenciales.

—Huiste.

—Porque nadie me creyó.

Los dos se acercaron hasta quedar frente a frente.

Eleanor golpeó el suelo con su bastón.

—¡Basta!

El silencio regresó.

—Hace dos meses —continuó— aparecieron documentos nuevos.

Miré a Adrian.

Dos meses.

Exactamente el tiempo que había estado fuera.

—¿Por eso desapareciste?

No respondió.

Gabriel sí.

—Nuestro maravilloso Adrian ha estado intentando demostrar que yo decía la verdad.

—¿Y lo demostraste? —pregunté.

Adrian sacó una carpeta.

—Todavía no.

—Entonces ¿por qué regresaste?

Sus ojos descendieron hacia el billete.

—Porque descubrí que te marchabas mañana.

Sentí rabia.

—¿Y eso sí merecía una explicación?

—Claire…

—Dos meses, Adrian. Ni una llamada.

—Necesitaba resolverlo.

—Siempre necesitas resolver algo antes de hablar conmigo.

Lo miré directamente.

—¿Sabes qué nunca intentaste resolver? Nuestro matrimonio.

Se quedó callado.

Aquella noche hice mi maleta.

Adrian entró mientras cerraba la cremallera.

—No puedes irte.

—Sí puedo.

—Seguimos casados.

—Precisamente por eso mi abogado presentará otra solicitud mañana.

Su mandíbula se tensó.

—Te dije que no habrá divorcio.

—Y yo te digo que no necesitas estar de acuerdo.

Intentó responder.

Entonces vio una fotografía sobre la cama.

Era de mi graduación.

Gabriel estaba a mi izquierda.

Adrian, al fondo.

—¿Lo amas?

La pregunta me sorprendió.

—¿Qué?

—A Gabriel.

—Esto no tiene nada que ver con él.

—Contéstame.

—No.

Algo parecido al alivio cruzó su rostro.

Y eso me enfureció todavía más.

—Pero tampoco voy a pasar otros diez años esperando que tú me ames.

Adrian bajó la mirada.

—¿Quién te dijo que no te amo?

Me quedé helada.

Después me reí.

—No hagas esto.

—Claire.

—Encontré los correos.

Ahora fue él quien se quedó inmóvil.

—¿Qué correos?

—Los de Evelyn.

El nombre cayó entre nosotros.

—Sé que ibas a Londres para confesarle tus sentimientos. Sé que desapareciste tres días después de nuestra noche juntos para verla.

Adrian cerró los ojos.

—Así que era eso.

—¿Qué otra explicación necesitaba?

—Una que me hubieras pedido.

Sentí que algo dentro de mí se tensaba.

—Entonces explícame.

Adrian tardó varios segundos.

—Sí. Amaba a Evelyn.

Me dolió incluso habiéndolo sabido.

—Y sí, fui a verla después de aquella noche.

—Gracias por confirmarlo.

Cogí la maleta.

Él bloqueó la puerta.

—Déjame terminar.

Lo miré.

—Fui a decirle que no iba a viajar a Londres.

—Porque tenías que casarte conmigo.

—No.

Su voz bajó.

—Porque cuando desperté a tu lado comprendí algo que llevaba años negándome.

No respiré.

—¿Qué?

Adrian me miró como si pronunciar aquellas palabras le costara más que cualquier negociación de su vida.

—Que llevaba tanto tiempo tratándote como alguien a quien debía proteger que nunca me permití preguntarme por qué ningún hombre que se acercaba a ti me parecía suficiente.

—Eso no es amor.

—Lo sé.

Su respuesta fue inmediata.

—Por eso no te toqué después de casarnos.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Pensé que había aprovechado una noche en la que ambos habíamos bebido. Después te vi aceptar el matrimonio y creí que lo hacías por gratitud hacia mi familia.

Soltó una risa amarga.

—Tú pensabas que yo estaba atrapado contigo. Yo pensaba que tú estabas atrapada conmigo.

Dos años.

Habíamos dormido separados por una mentira que ninguno tuvo el valor de preguntar.

Pero eso no borraba todo.

—Entonces firma el divorcio.

Su expresión se quebró.

—Claire…

—Si me amas, deja de decidir por mí.

Aquello lo silenció.

A la mañana siguiente encontré los documentos sobre la mesa.

Firmados.

Adrian estaba junto a la ventana.

—Eres libre.

Tomé los papeles.

Me dolió más de lo esperado.

—Gracias.

—No te pediré que te quedes.

Hizo una pausa.

—Pero si algún día vuelves, quiero que sea porque me elegiste.

Salí.

Me marché a París.

No para buscar marido.

Ni para escapar.

Por primera vez fui a descubrir quién era Claire sin los Montgomery.

Pasaron nueve meses.

Terminé un programa de especialización, conseguí trabajo y aprendí que la soledad elegida podía ser mucho menos dolorosa que sentirse sola junto a alguien.

Entonces Eleanor empeoró.

Regresé.

Cuando entré en la casa familiar, Gabriel fue el primero en abrazarme.

—Pequeña Claire.

—Sigues llamándome así.

—Seguiré haciéndolo cuando tengas ochenta.

Después su expresión se volvió seria.

—Encontramos al responsable de las transferencias.

—¿Quién?

Gabriel miró hacia el despacho.

—Pregúntale a Adrian.

Lo encontré sentado entre cajas de documentos.

Parecía agotado.

Al verme se levantó.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Hola, Claire.

—Hola.

Entonces vi algo sobre su escritorio.

Un viejo billete de avión.

Londres.

La fecha era la de mi graduación.

Pero estaba roto por la mitad.

Junto a él había otro documento.

Mi solicitud de divorcio.

También conservada.

—¿Por qué guardaste eso?

Adrian sonrió tristemente.

—Para recordar las dos veces que estuve a punto de perderte por no decir lo que sentía.

Antes de que pudiera responder, Gabriel entró.

—Tenemos un problema.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

Adrian la abrió.

Su rostro cambió.

—No puede ser.

—¿Qué ocurre?

Gabriel me miró.

—Las transferencias de hace cinco años no buscaban robar dinero.

—Entonces ¿para qué?

Adrian pasó varias páginas hasta detenerse en una.

Allí aparecía el nombre de mi padre.

Mi padre muerto.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Por qué está él ahí?

Ninguno respondió.

Le arrebaté el documento.

Era un fideicomiso creado semanas antes del accidente que mató a mis padres.

Y debajo aparecía una cantidad que jamás había conocido.

—¿Qué significa esto?

Adrian levantó lentamente los ojos.

—Significa que tus padres dejaron una fortuna a tu nombre.

Gabriel terminó la frase.

—Y que alguien dentro de nuestra familia lleva veinte años intentando impedir que descubras que existe.

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