Gabriel tardó varios segundos en comprender las palabras del administrador.
—¿Propietaria… de todo el edificio?
El hombre asintió.
—La señora Bennett adquirió la torre hace ocho meses.
Gabriel miró a Sofía.
Después miró el mármol, las obras de arte, los ventanales que mostraban toda la ciudad a sus pies.
La caja de pasteles baratos continuaba aplastándose entre sus dedos.
—No entiendo.
Sofía acomodó al niño sobre su brazo.
—No tienes que entender nada.
Gabriel observó al pequeño.
Tenía unos dos años.
Cabello oscuro.
Una pequeña marca junto a la ceja izquierda.
La misma que Gabriel tenía desde niño.
—¿Él es…?
Sofía endureció la mirada.
—Se llama Lucas.
El hombre que estaba junto a ella intervino.
—Sofía, podemos irnos. La reunión empieza en cuarenta minutos.
Gabriel lo miró con hostilidad.
—¿Y tú quién eres?
El desconocido sonrió ligeramente.
—Daniel Foster.
Gabriel conocía aquel nombre.
Todo el país lo conocía.
Daniel Foster era el fundador de Foster Capital, uno de los fondos privados que había comprado decenas de empresas durante los últimos años.
Gabriel palideció.
—¿Tú… estás con ella?
Sofía suspiró.
—Gabriel, no viniste para hacer preguntas sobre mi vida.

Él levantó la caja deformada.
—Traje algo para el niño.
Sofía la observó.
Pasteles con una pegatina amarilla de descuento.
Gabriel sintió vergüenza por primera vez.
—No sabía qué le gustaba.
—Claro que no.
Aquellas tres palabras le dolieron.
—Sofía, yo…
—¿Sabes cuál fue su primera palabra?
Gabriel permaneció callado.
—¿Sabes cuándo caminó por primera vez? ¿Qué comida le gusta? ¿Qué le da miedo por las noches?
Nada.
No sabía absolutamente nada.
Sofía extendió una mano.
—Puedes dejar la caja allí.
Gabriel no se movió.
—Me dijeron que trabajabas como administradora doméstica.
Por primera vez, Sofía sonrió.
—Es verdad.
Gabriel abrió los ojos.
—¿Entonces?
Daniel soltó una pequeña risa.
Sofía explicó:
—Administro propiedades residenciales.
—¿Propiedades?
Daniel terminó la frase.
—Doscientas diecisiete, para ser exactos.
Gabriel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Sofía no limpiaba casas.
Era propietaria de la empresa que administraba edificios de lujo en cuatro ciudades.
—Pero… cuando te fuiste no tenías nada.
La expresión de Sofía cambió.
—Eso también es algo que nunca entendiste.
Entró unos pasos en el apartamento y regresó con una carpeta antigua.
La colocó sobre una consola.
Gabriel reconoció el sobre.
Era el mismo que había dejado sobre la mesa tres años atrás.
—Los cincuenta millones —murmuró.
—Nunca los gasté.
—¿Qué?
—Los invertí.
Gabriel soltó una carcajada nerviosa.
—¿Quieres decirme que convertiste cincuenta millones en todo esto?
Sofía lo miró fijamente.
—No.
Hizo una pausa.
—Quiero decirte que esos cincuenta millones nunca fueron tuyos.
Gabriel dejó de respirar.