El doctor Bennett le quitó a Adrian la botella antes de que pudiera tocarla.
—Nadie bebe nada —ordenó—. Ni agua, ni café, ni comida de esta cocina.
Lucas seguía rígido entre mis brazos.
—¿Qué le pasa?
—Hannah, entrégamelo.
No quería soltarlo.
Pero lo hice.
El equipo médico colocó a Lucas sobre la mesa mientras Bennett comenzaba a atenderlo.
Adrian permaneció junto a mí.
No gritaba.
Eso era peor.
—¿Quién preparó esa botella? —preguntó.
Nadie respondió.
—He hecho una pregunta.
Una mujer del servicio levantó lentamente la mano.
—Yo la saqué del frigorífico, señor Vale.
—¿Estaba abierta?
—No.
Bennett examinó el tapón.
—El sello parece intacto.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Entonces pudo contaminarse antes de llegar aquí.
Adrian me miró.
—O alguien sabía exactamente cómo volver a cerrarla.
Lucas soltó otro gemido.
Me acerqué.
—Estoy aquí, cariño.
Adrian giró la cabeza hacia uno de sus hombres.
—Marcus.
—Sí, jefe.
—Quiero las grabaciones de las últimas cuarenta y ocho horas.
—Ahora mismo.
—Y revisa a todos.
La empleada comenzó a llorar.
—Señor Vale, llevo quince años trabajando para su familia.
Adrian ni siquiera parpadeó.
—Entonces espero que las cámaras demuestren que fueron quince años de lealtad.
Una hora después, Lucas estaba estable.
Bennett salió de la habitación improvisada donde lo habían atendido.
—Va a recuperarse.
Las piernas casi me fallaron.
Adrian apoyó una mano contra la pared.
—¿Qué fue?
—Todavía necesito el análisis completo.
—Dime lo que sabes.
Bennett bajó la voz.
—Había una sustancia en el agua.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Accidental?
—No puedo asegurarlo todavía.
—Pero.
Bennett lo miró.
—La concentración era demasiado alta para parecer accidental.
El rostro de Adrian cambió.
—¿Lucas estuvo expuesto a través de Hannah?
—Probablemente.
Entonces comprendí.
—Querían que yo bebiera el agua.
Bennett asintió lentamente.
—Y después alimentaste a Lucas.
Sentí náuseas.
Adrian me miró.
—El objetivo eras tú.
—¿Por qué?
Nadie respondió.
Yo llevaba tres días allí.
No conocía sus negocios.
No conocía sus enemigos.
Solo mantenía vivo a su hijo.
Y precisamente por eso comprendí.
—Alguien quiere que Lucas vuelva a quedarse sin mí.
Adrian cerró los ojos.
—Sí.
Las cámaras dieron una respuesta a las cuatro de la tarde.
Y abrieron diez preguntas nuevas.
Marcus reunió a Adrian, Bennett y a mí en el despacho.
—La botella entró sellada ayer a las 18:14.
Mostró la grabación.
Un empleado colocaba cajas de agua en la despensa.
—Desde entonces nadie manipuló directamente esa botella.
Adrian frunció el ceño.
—Entonces fue contaminada antes.
—Eso pensé.
Marcus cambió de imagen.
—Hasta que revisé esto.
Apareció el pasillo de servicio.
Una figura caminaba hacia la despensa a las 2:37 de la madrugada.
No se veía el rostro.
Llevaba uniforme médico.
Bennett se inclinó.
—Ese uniforme pertenece a mi equipo.
Adrian lo miró.
—¿Quién estaba de guardia?
Bennett revisó la lista.
Se quedó quieto.
—Nadie.
—¿Qué significa eso?
—Que a esa hora mi equipo estaba completo en el ala este.
Marcus amplió la imagen.
La persona llevaba algo pequeño en la mano.
Después desaparecía dentro de la despensa.
Siete minutos más tarde volvía a salir.
—¿No hay cámara dentro? —pregunté.
Marcus negó.
—Por privacidad del personal.
Adrian golpeó la mesa.
—Quiero identificarlo.
—Hay algo más.
Marcus congeló la imagen.
En la muñeca de la figura aparecía un reloj.
Adrian dejó de respirar.
—No.
Lo miré.
—¿Lo reconoces?
No respondió.
Marcus sí.
—Pertenecía a la señora Isabel.
La esposa muerta de Adrian.
Aquella noche nadie durmió.
Yo estaba sentada junto a Lucas cuando Adrian entró.
Parecía haber envejecido diez años.
—¿Puedo?
Asentí.
Se sentó frente a mí.
—Ese reloj fue un regalo mío.
—¿Podría tenerlo otra persona?
—Desapareció la noche que murió Isabel.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo murió?
Adrian tardó demasiado en responder.
—Complicaciones después del parto.
—¿Aquí?
—No. En una clínica privada.
Miró a Lucas.
—Empezó a sentirse mal pocas horas después de dar a luz. Los médicos dijeron que había sido una complicación imposible de prever.
Recordé el agua.
El residuo azul.
—¿Quién firmó su certificado?
Adrian levantó lentamente la mirada.
—Bennett.
La puerta se abrió.
El propio doctor estaba allí.
Había escuchado.
—Adrian.
Vale se levantó.
—¿Hay algo que nunca me dijiste?
Bennett palideció.
—No aquí.
Adrian cerró la puerta.

—Aquí.
El médico miró primero a Lucas.
Después a mí.
Finalmente sacó un pequeño sobre del bolsillo.
—Isabel me entregó esto dos días antes de morir.
Adrian quedó petrificado.
—¿Y lo has guardado todo este tiempo?
—Me hizo prometer que solo te lo daría si alguien intentaba hacerle daño a Lucas.
—¡Mi hijo casi muere esta mañana!
Bennett bajó la cabeza.
—Por eso estoy aquí.
Adrian abrió el sobre.
Dentro había una llave y una nota.
Reconoció la letra inmediatamente.
Leyó en silencio.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué dice? —pregunté.
Me entregó la hoja.
Solo había tres líneas.
“Adrian, si algo me ocurre después del nacimiento, no creas que fue el parto.”
Debajo:
“No confíes en nadie que supiera que Lucas iba a heredar mi parte.”
Y finalmente:
“La prueba está donde nos conocimos.”
Adrian se sentó.
—Isabel tenía acciones.
Bennett asintió.
—Muchas.
—¿Cuántas?
—Las suficientes para que Lucas, después de su muerte, se convirtiera en propietario de una parte enorme del imperio Vale.
Sentí frío.
—Entonces alguien no intenta matar a un bebé.
Adrian levantó la cabeza.
—Está intentando eliminar a un heredero.
En ese momento Marcus irrumpió.
—Jefe.
—¿Qué?
—Identificamos a la persona del uniforme.
Adrian se levantó.
—¿Quién?
Marcus no respondió inmediatamente.
Su rostro estaba blanco.
—Hay un problema.
Colocó una fotografía sobre la mesa.
Era la imagen ampliada de la cámara exterior.
La figura se había quitado la mascarilla durante apenas dos segundos.
Adrian miró la fotografía.
Y retrocedió.
—Eso es imposible.
Tomé la imagen.
Era una mujer.
Joven.
Cabello oscuro.
Los mismos ojos que Lucas.
Bennett se dejó caer en una silla.
—Dios mío.
Miré a Adrian.
—¿Quién es?
Él tardó varios segundos en poder hablar.
—Isabel.
Se me heló la sangre.
—Pero dijiste que murió.
—La enterré.
Entonces Bennett susurró:
—No.
Todos lo miramos.
El médico estaba temblando.
—Adrian, hay algo sobre aquella noche que nunca te conté.
Vale avanzó hacia él.
—Habla.
Bennett levantó los ojos.
—El cuerpo que enterraste nunca fue identificado por ti.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué estás diciendo?
Bennett respiró profundamente.
—Que quizá Isabel no murió después de dar a luz.
Miró la fotografía.
—Quizá alguien necesitaba que tú creyeras que había muerto.