PARTE 2: EL HEREDERO QUE NUNCA FUE SUYO.

Gabriel permaneció junto a la mesa con el documento de divorcio todavía entre los dedos.

Pero ya no miraba a Isabella.

Miraba a Sophie.

—¿Qué quiso decir?

Sophie apretó la carpeta médica contra el pecho.

—No lo sé.

—Claro que lo sabes.

—Gabriel, está intentando provocarnos.

Isabella se detuvo al final del pasillo.

Durante unos segundos pensó en seguir caminando.

En marcharse.

En dejar que ambos se destruyeran solos.

Pero después recordó cada tratamiento.

Cada consulta.

Cada noche en que había llorado creyendo que su cuerpo era el problema.

Y volvió.

Entró de nuevo en la habitación.

—Pregúntale qué clínica lleva su embarazo.

Sophie palideció.

Gabriel tomó la carpeta de sus manos.

—Dámela.

—No.

—Sophie.

Ella retrocedió.

—No tienes derecho.

Gabriel soltó una risa incrédula.

—¿No tengo derecho a revisar los documentos de mi propio hijo?

Aquella palabra quedó suspendida en el aire.

Hijo.

Isabella sintió algo parecido a lástima.

No por Gabriel.

Por la certeza con la que todavía pronunciaba aquella palabra.

—Abre la carpeta —dijo Isabella.

Gabriel lo hizo.

Informes.

Análisis.

Ecografías.

Fechas.

Nada extraño.

Hasta que Isabella señaló el encabezado.

Clínica Saint-Aubert de Medicina Reproductiva.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Y qué?

—Hace seis años estuvimos allí.

Él la miró.

Entonces recordó.

Habían acudido después de dos años intentando tener hijos.

Isabella todavía podía ver la sala blanca.

La doctora dejando unos resultados sobre la mesa.

La frase que cambió su matrimonio.

Gabriel tenía una condición severa que hacía extremadamente improbable que pudiera concebir de manera natural.

Él había salido de aquella consulta furioso.

Durante años prohibió volver a hablar del tema.

—Los médicos pueden equivocarse —dijo Gabriel.

—Por supuesto.

Isabella miró a Sophie.

—Por eso dije que te hicieras otra prueba.

Sophie apretó los labios.

—Ya se hizo.

El silencio fue inmediato.

Gabriel giró lentamente hacia ella.

—¿Qué dijiste?

Sophie cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Gabriel se acercó.

—¿Cuándo?

—Hace unas semanas.

—¿Y el resultado?

Ella no respondió.

Gabriel le arrebató la carpeta.

Revisó cada hoja con desesperación.

—¿Dónde está?

—Gabriel…

—¿DÓNDE ESTÁ?

Sophie empezó a llorar.

Isabella no se movió.

Finalmente, Sophie sacó una hoja doblada del bolsillo de su bolso.

Gabriel se la quitó.

Leyó.

Su rostro perdió el color.

Luego volvió a leer.

Probabilidad de paternidad biológica: incompatible.

La mano comenzó a temblarle.

—Esto es falso.

—No —susurró Sophie.

—¡Es falso!

—Me hice dos pruebas.

Gabriel levantó la vista.

Ya no parecía el hombre arrogante que minutos antes había exigido a Isabella que desapareciera.

Parecía alguien al borde de un precipicio.

—Entonces ¿de quién es?

Sophie empezó a llorar con más fuerza.

—No puedo decírtelo.

Gabriel soltó la hoja.

—¿No puedes?

Se rio.

—¿Ibas a casarte conmigo llevando el hijo de otro hombre?

—Tú querías un heredero.

Isabella sintió un escalofrío.

Aquella frase fue demasiado precisa.

Gabriel también la entendió.

—¿Qué significa eso?

Sophie guardó silencio.

—¿Me elegiste porque necesitabas un padre para ese niño?

—No fue así.

—Entonces explícame cómo fue.

Isabella recogió su bolso.

Ya había visto suficiente.

Pero cuando estaba a punto de salir, su teléfono vibró.

Era su abogado.

Contestó.

—Señora Laurent, necesitamos hablar urgentemente.

—¿Qué ocurrió?

—Revisamos el acuerdo de divorcio.

Isabella miró a Gabriel.

—¿Y?

—Hay una cláusula preparada para transferir ciertas acciones del Grupo Montfort inmediatamente después de su firma.

—Eso ya lo vi.

—No. Hay otra estructura.

Isabella se detuvo.

—Explíquese.

—Alguien intentó registrar hace tres semanas una cesión anticipada de parte de sus acciones a una sociedad llamada Renard Capital.

El apellido la golpeó de inmediato.

Renard.

Sophie Renard.

Isabella levantó los ojos.

Sophie dejó de llorar al verla.

—¿Quién autorizó esa operación? —preguntó Isabella.

—Los documentos llevan una firma suya.

—Yo no firmé nada.

Silencio.

—Eso sospechábamos.

Isabella sintió que la rabia desplazaba definitivamente al dolor.

No solo querían sacarla del matrimonio.

Querían sacarla de la empresa.

—Congele cualquier transferencia.

—Ya está hecho.

—Y convoque al consejo.

Gabriel la escuchó.

—¿Qué estás haciendo?

Isabella colgó.

—Protegiendo lo que intentaste robarme.

—Yo no robé nada.

Ella tomó una copia del acuerdo.

—Entonces deberías preguntarle a Sophie por Renard Capital.

El rostro de Gabriel cambió.

Sophie retrocedió.

—No sé de qué habla.

—Claro que sí.

Isabella se acercó.

—Una sociedad con tu apellido intentó quedarse con parte de mis acciones utilizando una firma falsificada.

Gabriel miró a Sophie.

—¿Es verdad?

—No.

—Sophie.

—¡No!

Pero ya nadie le creyó.

A la mañana siguiente, el consejo extraordinario del Grupo Montfort se reunió.

Isabella llegó diez minutos antes.

Traje negro.

Cabello recogido.

Sin anillo.

Cuando entró en la sala, varios consejeros se pusieron de pie.

Gabriel apareció después.

Solo.

Sophie no estaba con él.

El presidente interino del consejo abrió la sesión.

—Señora Laurent, hemos confirmado su participación del treinta y dos por ciento.

Gabriel mantuvo la mandíbula apretada.

—También encontramos irregularidades en una propuesta reciente de transferencia accionarial.

Se proyectaron varios documentos.

Firmas falsas.

Correos.

Instrucciones bancarias.

Y finalmente apareció un nombre.

Renard Capital.

Uno de los consejeros preguntó:

—¿Quién controla esta sociedad?

El abogado respondió:

—Formalmente, Sophie Renard posee el cincuenta y uno por ciento.

Gabriel cerró los ojos.

—¿Y el resto?

El abogado dudó.

—El cuarenta y nueve por ciento pertenece a una sociedad privada.

—¿De quién?

La pantalla cambió.

Apareció otro nombre.

Gabriel se levantó tan rápido que la silla cayó detrás de él.

—No.

Isabella observó la pantalla.

Conocía aquel apellido.

Toda Francia lo conocía.

No era un empresario cualquiera.

Era el principal rival histórico de los Montfort.

Gabriel agarró el borde de la mesa.

—Esto no puede ser.

El abogado continuó:

—Además, encontramos pagos mensuales desde esa sociedad hacia Sophie durante los últimos diez meses.

Isabella comprendió antes que Gabriel.

—El embarazo.

Todos la miraron.

—No era un accidente.

El abogado guardó silencio.

Gabriel palideció.

—¿Estás diciendo que alguien la colocó cerca de mí?

Nadie respondió.

La puerta se abrió.

Sophie entró acompañada por dos abogados.

Ya no parecía asustada.

Caminó lentamente hasta la mesa.

Miró primero a Isabella.

Después a Gabriel.

—Ya que todos quieren saber quién es el padre de mi hijo, podemos terminar con esto.

Gabriel respiró con dificultad.

—Dímelo.

Sophie sonrió.

—No hace falta.

Se volvió hacia la puerta.

Un hombre acababa de entrar.

Alto.

Elegante.

Con el mismo apellido que aparecía en la pantalla.

Isabella lo reconoció de inmediato.

Gabriel también.

Y cuando el hombre caminó hasta Sophie y colocó una mano sobre su vientre, Gabriel comprendió que el divorcio nunca había sido el verdadero objetivo.

El objetivo siempre había sido quedarse con el Grupo Montfort.

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