PARTE 2: EL HIJO QUE NUNCA DEJÓ DE ESPERAR

Mateo permaneció inmóvil.

Sus ojos volvieron lentamente hacia el vientre de Sofía.

—¿Estás embarazada?

Ella apretó la ecografía entre los dedos.

—Sí.

—¿De cuánto?

—Casi cuatro meses.

Lucas dejó de respirar.

El divorcio había sido dos meses atrás.

Las fechas eran demasiado evidentes.

La mandíbula de Mateo se tensó.

—¿Es mío?

Sofía soltó una carcajada.

No porque tuviera gracia.

Sino porque aquella pregunta terminó de borrar cualquier duda que pudiera quedarle.

—Tranquilo. No tienes que hacerte responsable.

Intentó marcharse.

Mateo le agarró suavemente la muñeca.

—No he preguntado eso.

—Suéltame.

Lo hizo inmediatamente.

Sofía levantó la vista.

—Descubrí el embarazo antes de firmar.

Por primera vez, la expresión de Mateo se quebró.

—¿Lo sabías?

—Sí.

—¿Y aun así te divorciaste de mí?

—Tú fuiste quien dijo que lo nuestro terminaba ahí.

Mateo guardó silencio.

Sofía continuó:

—¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que utilizara un embarazo para retener a un hombre que ya no quería estar conmigo?

—Sofía…

—Tengo una cita.

Entró en la consulta y cerró la puerta.

Mateo permaneció fuera.

No se marchó.

Media hora después, Sofía salió con una nueva ecografía.

Él seguía allí.

—Quiero hablar contigo.

—Yo no.

—Es mi hijo.

Ella se detuvo.

—Biológicamente, sí.

Aquellas dos palabras le golpearon de lleno.

—¿Qué significa eso?

—Que ser padre requiere algo más.

Sofía pasó junto a él.

Mateo la siguió hasta el ascensor.

—¿Dónde estás viviendo?

—No es asunto tuyo.

—Lucas dijo que dejaste la empresa.

Ella pulsó el botón.

—También cambié de casa y de teléfono.

—¿Por qué?

Sofía lo miró con incredulidad.

—Porque nos divorciamos.

Las puertas se abrieron.

Antes de entrar, Mateo preguntó:

—¿Qué necesitas?

—Nada.

—Dinero, médicos, una casa…

—Mateo.

Sofía sonrió cansada.

—Durante nuestro matrimonio esperé muchas cosas de ti.

Entró al ascensor.

—Después del divorcio aprendí a no necesitar ninguna.

Las puertas se cerraron.

Aquella noche Mateo no regresó a casa.

Se quedó en su despacho hasta el amanecer.

Lucas finalmente se atrevió a preguntar:

—¿Quiere que investigue dónde vive?

—No.

Mateo miró por la ventana.

—Si no quiere que la encuentre, hacerlo sería volver a decidir por ella.

Después preguntó:

—¿Por qué estaba hoy la señorita Jiménez en obstetricia?

Lucas vaciló.

—Su familia solicitó que usted ayudara a conseguirle una consulta con el profesor Navarro.

—¿Por qué?

—Problemas de fertilidad.

Mateo cerró los ojos.

Entonces todo encajó.

Dos meses atrás, Sofía había encontrado mensajes de la madre de Mateo hablando de la señorita Jiménez como «la mujer adecuada».

También había visto a Mateo acompañándola varias veces.

Sofía creyó que él ya había elegido a otra mujer.

Y Mateo, orgulloso y furioso después de meses de discusiones, jamás se molestó en explicarle que solo estaba devolviendo un favor a la familia Jiménez.

Habían destruido su matrimonio con silencios.

Pero eso no significaba que pudiera recuperarlo simplemente explicándolo ahora.

Durante las semanas siguientes, Mateo no persiguió a Sofía.

Hizo algo que ella jamás esperaba.

Empezó a cumplir.

Le envió, a través de abogados, un documento reconociendo formalmente la paternidad y renunciando a utilizar su poder económico para disputar decisiones sobre el bebé sin acuerdo de ella.

Sofía leyó dos veces la última cláusula:

«La madre decidirá libremente el grado de participación del padre hasta que exista un acuerdo entre ambos.»

No había amenazas.

Ni condiciones.

Ni exigencias.

Un mes después, Sofía volvió al hospital.

Mateo estaba sentado en el pasillo.

Ella se detuvo.

—¿Me estás siguiendo?

—No.

Le mostró un mensaje.

La propia Sofía se lo había enviado accidentalmente al antiguo correo familiar al reenviar la cita.

—Puedo marcharme.

Sofía lo observó.

Mateo se levantó.

Y realmente comenzó a irse.

—Espera.

Se detuvo.

—Puedes entrar.

No sonrió.

No quiso arruinar aquel pequeño permiso convirtiéndolo en una victoria.

Durante la ecografía, Mateo permaneció en silencio.

Entonces apareció el bebé en la pantalla.

La especialista señaló.

—Aquí está la cabeza.

Mateo dejó de respirar.

—¿Ese… es él?

Sofía lo miró de reojo.

El hombre que había negociado adquisiciones millonarias sin pestañear tenía los ojos completamente rojos.

—Sí.

—¿Puedo escuchar el corazón?

La especialista activó el sonido.

Mateo bajó la cabeza.

No dijo nada durante varios segundos.

Después preguntó:

—Sofía, ¿puedo acompañarte a las próximas revisiones?

Ella no respondió inmediatamente.

—Puedes preguntar cada vez.

Mateo asintió.

—De acuerdo.

No volvieron juntos aquel día.

Ni la semana siguiente.

Sofía no olvidó de repente todo lo ocurrido porque Mateo hubiera descubierto que iba a ser padre.

Él tuvo que aprender algo que durante su matrimonio nunca había entendido:

Amar a alguien no significaba decidir por esa persona.

Significaba escucharla.

Esperarla.

Y aceptar un «no» sin convertirlo en una batalla.

Meses después nació una niña.

Mateo llegó al hospital antes del amanecer.

Pero no entró hasta que Sofía dio permiso.

Cuando finalmente le colocaron a la pequeña en brazos, se quedó mirándola como si sostuviera algo imposible.

—¿Cómo se llama?

Sofía sonrió.

—Lucía.

Mateo acarició con un dedo su diminuta mano.

—Hola, Lucía.

La bebé cerró los dedos alrededor de él.

Mateo lloró.

Sofía lo observó desde la cama.

Todavía no sabía si volverían a casarse.

No quería promesas.

No necesitaba finales perfectos.

Pero seis meses después, cuando Mateo apareció para recoger a Lucía y encontró dos cafés preparados sobre la mesa, Sofía señaló la silla frente a ella.

—Siéntate.

Mateo la miró sorprendido.

—¿Para qué?

—Para hablar.

—¿De Lucía?

Sofía negó lentamente.

—De nosotros.

Mateo se sentó.

Esta vez no dio nada por supuesto.

Y Sofía comprendió que quizá aquella era la única manera en que podían empezar de nuevo.

No recuperando el matrimonio que habían perdido.

Sino construyendo, desde cero, uno en el que ninguno tuviera que marcharse para conseguir que el otro aprendiera a escuchar.

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