Parte 2: EL PRIMER PASO

Alma desapareció por el pasillo y regresó arrastrando una silla de madera.

La colocó frente a mí.

Después puso las manos en la cintura.

—Levántese.

La miré como si estuviera loca.

Mar, desde la cocina, dejó caer una cuchara.

—Alma.

—¿Qué?

—No molestes al señor Ernesto.

—No lo molesto. Estoy cumpliendo el trato.

Se acercó y apoyó ambas manos sobre mis rodillas.

—Vamos.

Solté una carcajada amarga.

—¿Crees que ningún médico lo ha intentado?

—Los médicos no estaban aquí.

—He tenido especialistas de Madrid, Barcelona, Alemania…

—¿Y alguno se llamaba Alma?

Me quedé sin respuesta.

Mar tuvo que taparse la boca para esconder una sonrisa.

La niña señaló la silla.

—Solo tiene que agarrarse y levantarse.

—No puedo.

—No quiere.

Aquellas dos palabras me golpearon.

—No confundas las cosas.

—Entonces inténtelo.

Sentí que la rabia me subía por el pecho.

Me agarré a los reposabrazos.

—Mira bien.

Hice fuerza.

Nada.

Mis piernas permanecieron inútiles.

—¿Ves?

Alma frunció el ceño.

—Otra vez.

—Basta.

—Otra vez.

—¡He dicho basta!

El grito resonó por toda la casa.

Alma retrocedió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Me arrepentí inmediatamente.

Pero entonces ella preguntó:

—¿También le gritó así a la señora de la fotografía?

Mi respiración se detuvo.

Mar apareció.

—Alma, ven.

Pero la niña señaló el retrato sobre la chimenea.

Una mujer rubia sonreía abrazada a mí.

Yo estaba de pie.

De pie.

—¿Quién es? —preguntó Alma.

Miré la fotografía.

—Mi esposa.

—¿Dónde está?

—Murió.

El silencio cambió.

Alma bajó la cabeza.

—Lo siento.

No respondí.

—¿Fue cuando se durmieron sus piernas?

Cerré los ojos.

Tres años antes, Clara y yo regresábamos de una cena cuando otro vehículo perdió el control.

Yo desperté en un hospital.

Clara no.

Los médicos dijeron que mi lesión era grave, pero existían posibilidades de recuperación con rehabilitación.

Lo intenté durante meses.

Después dejé de intentarlo.

No porque mis piernas fueran incapaces de avanzar, sino porque yo ya no encontraba ningún lugar al que quisiera ir.

Alma volvió a acercarse.

Esta vez no me tocó.

—Mi papá también murió.

Mar se quedó rígida.

—Alma…

—Mamá lloraba cuando pensaba que yo dormía.

La niña me miró.

—Pero siguió caminando.

Aquello dolió.

Muchísimo.

Me agarré a la mesa.

—Mar.

Ella levantó la cabeza.

—Acerca la silla.


A la mañana siguiente llamé al fisioterapeuta que había despedido dos años atrás.

El doctor Valdés llegó antes del mediodía.

Me examinó durante casi una hora.

—La musculatura está extremadamente debilitada —dijo—. Pero la respuesta neurológica sigue presente.

Alma abrió los ojos.

—¿Ve?

Valdés la miró desconcertado.

—¿Quién es ella?

—Mi entrenadora.

Alma sonrió orgullosa.

El médico no.

—Ernesto, esto no será un milagro.

—No busco uno.

Miré a Alma.

—Busco trabajo.

Y trabajamos.

Durante semanas.

Primero movimientos mínimos.

Después ejercicios.

Después barras paralelas.

Caí.

Grité.

Quise abandonar.

Alma siempre aparecía.

—Otra vez.

Llegué a odiar esas palabras.

Hasta que una mañana, sujetándome a las barras, sentí algo distinto.

Mi pie derecho avanzó.

Apenas unos centímetros.

Pero avanzó.

Mar se llevó ambas manos a la boca.

Valdés quedó inmóvil.

Alma saltó.

—¡Se despertó!

Me eché a reír.

Y después lloré.

Por primera vez desde la muerte de Clara, lloré porque quería vivir, no porque hubiera dejado de querer hacerlo.


Pasaron tres meses.

La nieve desapareció.

Mar y Alma seguían en mi casa.

No por caridad.

Mar se había convertido en administradora de la finca después de que descubrí que sabía más de cuentas que el hombre al que llevaba años pagando para gestionarlas.

Alma empezó la escuela.

Y yo conseguí caminar doce pasos con muletas.

Doce.

Los contaba cada noche.

Entonces llegó la carta.

Mar la encontró entre el correo.

Cuando leyó el remitente, se puso blanca.

—¿Qué ocurre?

Escondió el sobre.

Demasiado tarde.

—Dámelo.

—No es nada.

—Mar.

Finalmente me lo entregó.

Era de un despacho de abogados.

El contenido era breve.

Solicitaban información sobre Alma Salvatierra.

—¿Por qué buscan a tu hija?

Mar empezó a temblar.

—Tenemos que irnos.

—¿Qué?

Corrió hacia las escaleras.

—¡Alma! ¡Prepara tu mochila!

Agarré las muletas.

—Mar, explícame qué está pasando.

Se volvió.

Nunca la había visto tan asustada.

—El padre de Alma no murió.

Fruncí el ceño.

—Pero ella dijo…

—Eso es lo que le dije.

—¿Por qué?

Mar comenzó a llorar.

—Porque era más fácil explicarle una muerte que explicarle por qué su padre nunca dejó de buscarnos.

Antes de que pudiera preguntar nada más, escuchamos motores.

Varios.

Mar corrió hacia la ventana.

Su rostro perdió todo el color.

Tres vehículos negros acababan de detenerse frente a la casa.

—No…

Un hombre bajó del primero.

Traje oscuro.

Abrigo largo.

Detrás de él descendieron otros cuatro.

No parecían policías.

Tampoco abogados.

Mar agarró a Alma cuando apareció en las escaleras.

—Mamá, ¿qué pasa?

—Sube.

—¿Quiénes son?

Golpearon la puerta.

Mar me miró.

—No abra.

Volvieron a golpear.

—Señora Salvatierra —gritó una voz—. Sabemos que está dentro.

Alma empezó a llorar.

Avancé con las muletas.

Un paso.

Otro.

Mar intentó detenerme.

—Ernesto, usted no entiende quién es ese hombre.

—Entonces explícamelo.

El tercer golpe hizo temblar la puerta.

Mar susurró:

—Es el abuelo de Alma.

—¿Y qué quiere?

Sus ojos se llenaron de terror.

—Llevársela.

Me acerqué a la puerta.

—Eso tendrá que decidirlo un juez.

Mar negó lentamente.

Los hombres como él no preguntan a los jueces.

Abrí.

El hombre del abrigo me examinó de arriba abajo.

Después miró por encima de mi hombro.

Cuando vio a Alma, su expresión cambió.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía un joven.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Conocía aquella cara.

La había visto cientos de veces.

En periódicos.

En informes empresariales.

Y, sobre todo, en una fotografía guardada durante años en el despacho de mi difunto padre.

—¿Quién era su hijo? —pregunté.

El hombre me sostuvo la mirada.

—Gabriel Salvatierra.

Mi mano se cerró sobre la muleta.

Gabriel Salvatierra era el hombre al que mi propia familia había acusado de provocar el accidente que mató a Clara.

Y ahora su hija estaba viviendo bajo mi techo.

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