—¿De quién es el bebé que perdiste?
Sentí que el mundo se detenía.
Leo seguía alimentándose tranquilamente, ajeno a los hombres armados, al miedo que me atravesaba y a la mirada de Lorenzo clavada en mi pulsera.
—Yo… no entiendo.
—Sí entiendes.
Levantó una mano.
Los guardias salieron de inmediato.
Lorenzo cerró la puerta.
Entonces miró a Leo.
Toda la dureza desapareció de su rostro.
—Déjalo terminar.
Aquellas tres palabras me sorprendieron más que una amenaza.
Esperó en silencio.
Cuando Leo finalmente se apartó, tenía los ojos cerrados y respiraba con una tranquilidad que yo nunca le había visto.
Lo acomodé contra mi pecho.
Lorenzo se acercó lentamente.
—Hace semanas que nadie consigue que coma así.
—No sabía si funcionaría.
—Pero entraste.
—Estaba muriéndose.
Mi voz se quebró.
—No podía quedarme fuera escuchándolo.
Lorenzo miró mi brazalete.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas.
—¿Qué ocurrió?
Apreté los labios.
—Mi hijo nació y no sobrevivió.
El silencio se volvió pesado.
Lorenzo bajó la mirada hacia Leo.
Por primera vez comprendí que frente a mí no estaba el hombre al que toda Long Island temía.
Estaba un padre que también había perdido a alguien.
—Lo siento —dijo.
Dos palabras.
Nada más.
Pero casi consiguieron romperme.
Entonces volvió a preguntar:
—¿Quién era el padre?
—Eso no tiene nada que ver con Leo.
Sus ojos se endurecieron.
—Puede tenerlo.
—¿Por qué?
Lorenzo no respondió.
En ese momento la puerta se abrió.
Entró el doctor Bennett, uno de los especialistas privados de Leo.
—¿Qué está pasando?
Vio al bebé dormido.
Luego me vio a mí.
Su rostro cambió.
—¿Lo alimentaste?
Me levanté rápidamente.
—Sí.
—¿Sin autorización médica?
—Doctor —interrumpió Lorenzo—. Mi hijo acaba de comer por primera vez sin enfermar.
Bennett palideció.
—Necesitamos analizarla.
—¿Analizarme?
—Sangre. Historial médico. Compatibilidad. Todo.
Lorenzo asintió.
—Háganlo.
Retrocedí.
—No.
Ambos me miraron.
—No soy propiedad de nadie.
Lorenzo sostuvo mi mirada.
Después dijo:
—Tiene razón.
Bennett pareció sorprendido.
—Señor Rossi…
—Si acepta, harán las pruebas. Si no, no.
Lo miré sin comprender.
Aquel no era el monstruo que me habían descrito.
Finalmente asentí.
—Lo haré por Leo.
Dos horas después me extrajeron sangre.
A la mañana siguiente, Bennett pidió repetir las pruebas.
Luego una tercera vez.
Aquello empezó a inquietarme.
—¿Qué encontraron?
—Nada concluyente.
Mentía.
Lo supe por la forma en que evitaba mirarme.
Aquella tarde, Lorenzo entró en la pequeña habitación del personal donde me habían pedido que descansara.
Cerró la puerta.
Llevaba un sobre.
—Bennett intentó ocultarme estos resultados.
Mi estómago se contrajo.
—¿Qué resultados?
Dejó los papeles frente a mí.
No entendí la mayoría de las cifras.
—Explícamelo.
—Tu leche tiene una composición que Leo tolera extraordinariamente bien.
—Eso puede ocurrir.
—Sí.
Su mandíbula se tensó.
—Pero encontraron algo más en tu sangre.
Lo miré.
—¿Qué?
—Una coincidencia genética que no esperaban.
Sentí frío.
—¿Con Leo?
—No exactamente.
Lorenzo sacó otro documento.
—Con Sophia.
Dejé de respirar.
—Eso es imposible.
—¿Conocías a mi esposa?
—No.
—¿A su familia?
—No.
Lorenzo me estudió.
—¿Dónde naciste?
—En Queens.
—¿Tus padres?
—Mi madre murió cuando yo tenía diecisiete años. Nunca conocí a mi padre.
Algo en su rostro cambió.
—¿Cómo se llamaba tu madre?
—Rebecca Hunter.
Lorenzo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Rebecca Hunter.
Se alejó de mí y sacó el teléfono.
—Marco. Quiero todo sobre Rebecca Hunter. Hospitales, registros, familia. Todo.
Colgó.
—¿Qué ocurre?
—Sophia tenía una hermana mayor.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—¿Y?
—Desapareció de su familia cuando era muy joven.
—Eso no significa…
—Se llamaba Rebecca.
El aire abandonó mis pulmones.

—No.
—Todavía no sabemos nada.
Pero ambos sabíamos que aquello ya era demasiado extraño para ser casualidad.
Esa noche alimenté otra vez a Leo.
Comió hasta quedarse dormido.
Por primera vez en semanas, incluso recuperó algo de color.
Lorenzo permaneció sentado al otro lado de la habitación.
—Le gustas —dijo.
—Tiene hambre.
—No.
Miró a su hijo.
—Contigo está tranquilo.
Bajé la mirada.
—Mi bebé también se calmaba cuando escuchaba mi voz.
Lorenzo no preguntó nada.
Pero unos minutos después dijo:
—¿Por qué nadie de tu familia estuvo contigo cuando lo perdiste?
La pregunta me atravesó.
—Porque no tengo familia.
—¿Y el padre?
Mis dedos se tensaron alrededor de la manta de Leo.
—No sabía que estaba embarazada.
Lorenzo levantó lentamente la mirada.
—¿Cómo es posible?
—Porque cuando descubrí el embarazo, él ya había desaparecido.
—¿Desaparecido?
Tragué saliva.
—Fue una sola noche.
No añadí más.
Nunca le había contado a nadie lo ocurrido aquella noche.
Ni siquiera conocía el verdadero nombre de aquel hombre.
Solo recordaba un hotel.
Una tormenta.
Una conversación entre dos desconocidos que estaban intentando olvidar sus propias vidas.
Y una pequeña cicatriz junto a su muñeca.
Entonces miré la mano de Lorenzo apoyada en la silla.
Sentí que el corazón se detenía.
Tenía exactamente la misma cicatriz.
Levanté los ojos hacia él.
Lorenzo ya me estaba mirando.
—¿Qué pasa?
No pude responder.
En ese instante llamaron violentamente a la puerta.
Marco entró con una carpeta.
—Señor Rossi, encontramos los registros de Rebecca Hunter.
Lorenzo se puso de pie.
—Habla.
Marco me miró antes de continuar.
—Rebecca no era el apellido con el que nació.
Dejó una fotografía sobre la mesa.
Era mi madre.
Mucho más joven.
Junto a ella había otra mujer.
La reconocí por las fotografías de la mansión.
La madre de Sophia.
Me tapé la boca.
Marco continuó:
—Rebecca era su hija.
Lorenzo miró a Leo.
Después a mí.
—Entonces Sophia era…
—Mi tía —susurré.
Pero Marco no había terminado.
—Hay algo más.
Sacó otro documento.
—Revisamos el hospital donde Hunter dio a luz hace tres semanas.
Mi sangre se heló.
—¿Por qué?
Marco miró a Lorenzo.
—Porque el bebé no figura como fallecido en el registro final.
Me puse de pie tan rápido que casi dejé caer a Leo.
—Eso es mentira.
—Me dijeron que murió.
Marco negó lentamente.
—El certificado que le entregaron tiene un número que pertenece a otro paciente.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Lorenzo me sujetó antes de que cayera.
—¿Dónde está mi hijo?
Nadie respondió.
Entonces Marco dejó una última fotografía sobre la mesa.
Era una imagen de seguridad del hospital.
Mostraba a un hombre saliendo por una puerta privada con un portabebés.
La fecha era la noche en que me dijeron que mi hijo había muerto.
Lorenzo tomó la fotografía.
Su rostro se transformó.
—Conozco a ese hombre.
Lo miré desesperada.
—¿Quién es?
Lorenzo levantó los ojos hacia mí.
—El mismo hombre que puso la bomba que mató a Sophia.