Valeria permaneció inmóvil frente a la cama.
Durante cinco años de matrimonio, Diego la había visto negociar terrenos millonarios, despedir ejecutivos sin pestañear y enfrentarse a empresarios capaces de hundir compañías con una llamada.
Pero jamás la había visto reaccionar así ante un nombre.
Elena Cárdenas.
—¿Dónde escuchaste ese nombre? —preguntó finalmente.
—La enfermera describió a la mujer que estuvo aquí mientras yo estaba inconsciente.
Diego sostuvo su mirada.
—Llevaba una pulsera de ámbar blanco.
Valeria apretó los labios.
—Eso no demuestra nada.
—Entonces dime quién es.
—No te conviene saberlo.
Diego soltó una risa breve que terminó en una punzada brutal en las costillas.
—Tus guardias casi me mataron, tu abogado vino a comprar mi divorcio y ahora descubro que una desconocida pagó mis medicamentos. Creo que ya superamos la etapa de decidir qué me conviene.
Valeria recogió los pedazos del convenio.
—Firma cuando estés preparado para pensar con claridad.
Se dirigió hacia la puerta.
—Valeria.
Ella se detuvo.
—¿Mauricio sabe quién es Elena?
La mano de Valeria quedó suspendida sobre el picaporte.
Aquella mínima vacilación fue suficiente.
Mauricio sabía algo.
Y probablemente mucho más de lo que Diego imaginaba.
Valeria salió sin responder.
La enfermera regresó unos minutos después con los medicamentos.
Diego esperó hasta que cerró la puerta.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Sobre la mujer?
—Sí.
La joven miró hacia el pasillo antes de acercarse.
—Vino todas las noches excepto ayer.
—¿Dijo su nombre?
—Nunca. Pero ocurrió algo extraño la tercera noche.
Sacó una pequeña tarjeta del bolsillo.
—Uno de sus pagos fue rechazado y administración imprimió accidentalmente el nombre de la cuenta antes de que ella utilizara otra tarjeta.
Diego tomó el papel.
Solo aparecían unas pocas palabras.
Fundación Arturo Cárdenas.
Sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Arturo no había tenido hijos.
Eso era lo que siempre había creído.
Su maestro hablaba poco de su familia. Diego sabía que había perdido a su esposa muchos años atrás, pero jamás mencionó una hija llamada Elena.
—¿Puedo quedarme esto?
La enfermera asintió.
—Hay algo más.
Diego levantó la mirada.
—La primera noche, cuando usted estaba sedado, ella discutió con uno de los médicos porque querían trasladarlo.
—¿Trasladarme?
—La orden venía de Grupo Alcázar. Ella consiguió detenerla.
—¿Cómo?
La enfermera dudó.
—Dijo que, si alguien lo movía sin autorización, entregaría ciertos documentos a la fiscalía.
Diego sintió un escalofrío.
Elena no solamente lo conocía. Estaba protegiéndolo.
Y tenía algo suficientemente peligroso para obligar a los hombres de Valeria a retroceder.
Tomó su teléfono.
Tenía decenas de llamadas perdidas, pero buscó un único contacto.
Samuel Ortega.
Habían estudiado arquitectura juntos antes de que Samuel abandonara los planos para convertirse en investigador financiero.
—Diego —respondió sorprendido—. Pensé que seguías inconsciente.
—Necesito que averigües todo sobre una persona.
—¿Quién?
—Elena Cárdenas.
Hubo silencio.
—¿La hija de Arturo?
Diego se incorporó demasiado rápido.
El dolor le atravesó las costillas.
—¿Qué acabas de decir?
—Creí que lo sabías.
—Arturo me dijo que no tenía hijos.
—Entonces te mintió.
Samuel bajó la voz.
—Elena Cárdenas aparece en documentos antiguos de su estudio. Luego desaparece de todos los registros públicos aproximadamente seis años antes de que tú conocieras a Arturo.
Diego cerró los ojos.
—Encuéntrala.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Acabo de buscar la fundación que mencionaste.
Samuel hizo una pausa.
—Uno de sus principales donantes durante los últimos cinco años es una empresa llamada Horizonte Patrimonial.

—Nunca la escuché.
—Porque es una sociedad privada.
Se oyó el sonido de un teclado.
—Pero adivina quién figura como beneficiaria indirecta.
Diego esperó.
—Valeria Alcázar.
Todo quedó en silencio.
Valeria estaba financiando una fundación vinculada con la mujer cuyo nombre acababa de aterrorizarla.
Aquello no tenía sentido.
A menos que no fueran enemigas.
A menos que existiera una deuda.
O un acuerdo.
—Samuel, investiga también a Mauricio.
—Eso puede ser peligroso.
—Ya terminé en un hospital. No creo que pueda empeorar demasiado.
Samuel no respondió.
Diego comprendió inmediatamente que había dicho algo equivocado.
—¿Qué encontraste?
—Te llamo cuando lo confirme.
La comunicación terminó.
Aquella noche, Diego no logró dormir.
A las dos y diecisiete de la madrugada escuchó pasos frente a su habitación.
La puerta se abrió lentamente.
Una mujer entró.
Delgada.
Abrigo gris.
Cabello oscuro recogido.
Y alrededor de su muñeca izquierda brillaba una pulsera de ámbar blanco.
Diego sintió que regresaba de golpe ocho años atrás.
El taller de Arturo.
El olor a madera.
La fiebre.
Una voz femenina diciéndole que debía comer.
—Elena.
La mujer cerró la puerta.
—Por fin recuerdas.
Diego intentó incorporarse.
—¿Eres hija de Arturo?
Ella permaneció en silencio unos segundos.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
Los ojos de Elena se llenaron de una tristeza antigua.
—Porque mi padre intentaba protegerte.
—¿De quién?
Elena miró hacia la puerta.
—De los Alcázar.
Diego sintió un vacío en el estómago.
—Valeria financiaba tu fundación.
—No exactamente.
Elena sacó una carpeta del bolso.
—Ese dinero nunca fue suyo.
La dejó sobre la cama.
Dentro había transferencias bancarias, escrituras y contratos fechados años antes de su matrimonio.
—Mi padre desarrolló un sistema de vivienda modular que podía reducir casi a la mitad ciertos costos de construcción. Grupo Alcázar quiso comprarlo. Él se negó.
Diego pasó las páginas.
Reconoció inmediatamente algunos dibujos.
Eran versiones preliminares de los planos que Mauricio había pisoteado.
—Después mi padre murió —continuó Elena— y seis meses más tarde Grupo Alcázar comenzó a levantar proyectos basados en conceptos prácticamente idénticos.
Diego dejó de respirar.
—¿Estás diciendo que robaron su trabajo?
—Estoy diciendo que eso es apenas el comienzo.
Elena sacó una fotografía.
Mostraba a Arturo saliendo de un edificio acompañado por un hombre mucho más joven.
Diego reconoció inmediatamente al segundo rostro.
Mauricio.
—¿Qué hacía él con Arturo?
—Trabajaba para mi padre.
Diego sintió que cada pieza de su vida comenzaba a moverse.
—Entonces ¿por qué Valeria lo contrató?
—Porque Mauricio sabe dónde están los documentos originales.
—¿Y qué tiene que ver mi matrimonio con todo esto?
Elena lo observó durante varios segundos.
—Todo.
Se acercó a la cama.
—Diego, Valeria no te conoció por casualidad.
Él sintió un nudo en la garganta.
—Ella dijo que vio mis diseños en una exposición.
—Mintió.
Elena abrió el último compartimento de la carpeta.
Había una copia del certificado matrimonial de Diego y Valeria.
Debajo, un contrato fechado cuatro meses antes de que ellos se conocieran.
En una de sus cláusulas aparecía escrito su nombre completo.
Diego Herrera.
—¿Qué es esto?
—El verdadero motivo por el que Valeria necesitaba casarse contigo.
Antes de que Elena pudiera explicarlo, su teléfono vibró.
Leyó la pantalla.
Su rostro cambió.
—Tenemos que irnos.
—¿Qué ocurre?
Elena apagó las luces de la habitación.
En el pasillo se escuchó el ascensor abrirse.
Después llegaron varios pasos.
Pesados.
Coordinados.
Diego reconoció uno de aquellos hombres por la voz.
Era el jefe de seguridad que había participado en su golpiza.
Elena se inclinó hacia él.
—Escúchame. Pase lo que pase, no permitas que encuentren esa carpeta.
—¿Por qué?
Ella miró hacia la puerta mientras alguien introducía una tarjeta maestra en la cerradura.
Entonces susurró:
—Porque si Mauricio consigue destruir ese contrato, jamás podrás demostrar que Valeria se casó contigo para apropiarse de algo que legalmente siempre fue tuyo.
La luz verde de la cerradura se encendió.
Y el picaporte comenzó a girar.