PARTE 2: LA CAJA QUE ROSENDO QUERÍA ENTERRAR PARA SIEMPRE.

El motor se apagó frente a las cuatro paredes.

Guadalupe reaccionó por instinto.

Empujó la tabla nuevamente sobre la grieta y arrastró el petate encima justo cuando una sombra apareció en la entrada.

—¿Doña Guadalupe?

Era Cástulo.

Entró sin esperar permiso, sacudiéndose el agua del sombrero. Sus botas estaban cubiertas de lodo y llevaba una lámpara en una mano.

—¿Qué quiere a estas horas?

—Mi tío me mandó a ver si seguía viva después del aguacero.

Guadalupe sostuvo la mirada.

—Dígale que todavía no tiene esa suerte.

Cástulo sonrió, pero sus ojos recorrieron inmediatamente el suelo.

La tormenta había dejado barro por todas partes. Sin embargo, cerca del petate había fragmentos frescos de cemento.

Se agachó.

—Parece que la losa se está abriendo.

Guadalupe sintió al bebé moverse con fuerza.

—Las raíces.

—Puede ser.

Cástulo dio otro paso.

Ella se colocó delante.

—Ya vio que estoy viva. Váyase.

La sonrisa del hombre desapareció.

—Mi tío todavía está dispuesto a comprarle esto. Incluso podría darle más de lo que pagó.

—No vendo.

—Piénselo bien. Está sola. A punto de parir. Sin agua.

Señaló alrededor.

—¿Qué espera encontrar aquí?

Guadalupe sintió un escalofrío.

Aquella pregunta confirmó que Rosendo Cabrera no buscaba solamente agua.

—Nada que le importe a usted.

Cástulo la observó durante unos segundos y finalmente salió.

Pero antes de subir a la camioneta miró una última vez hacia la losa.

Guadalupe esperó hasta que las luces desaparecieron.

Entonces apartó el petate.

La caja seguía allí.

No intentó sacarla.

Con ocho meses de embarazo, bajar sola a aquel hueco era una locura.

Esperó hasta el amanecer.

Don Refugio llegó temprano y supo que algo había ocurrido apenas vio su rostro.

—¿Qué pasó?

Guadalupe señaló la grieta.

El anciano acercó una lámpara.

Cuando vio la caja, su expresión cambió por completo.

—Virgen santísima…

—¿Sabe qué es?

Refugio tardó demasiado en responder.

—Ayúdeme a sacarla.

Utilizaron una cuerda vieja. Después de varios intentos, la caja metálica emergió cubierta de tierra húmeda.

Tenía un candado oxidado.

Refugio lo golpeó con un martillo hasta romperlo.

Dentro encontraron documentos envueltos en tela encerada.

Había escrituras antiguas.

Recibos.

Mapas dibujados a mano.

Y un cuaderno de tapas negras.

Guadalupe tomó uno de los papeles.

—No entiendo.

Refugio se sentó lentamente.

Parecía haber envejecido diez años.

—Este terreno perteneció a don Jacinto Valdés.

—El antiguo propietario.

—Sí. Y Jacinto era mi compadre.

Abrió uno de los mapas.

Una línea azul atravesaba Arroyo Seco y continuaba hacia las tierras de Rosendo.

—Hace treinta años encontraron un nacimiento de agua aquí abajo.

Guadalupe levantó la mirada.

—¿Agua?

—Mucha.

Refugio señaló varios números.

—Suficiente para alimentar estos terrenos incluso durante las sequías.

Entonces Guadalupe comprendió por qué Rosendo quería comprarle las veinte hectáreas.

Pero Refugio negó lentamente.

—Eso no es lo peor.

Sacó una escritura.

—Mire los límites.

Guadalupe comparó aquel documento con su escritura actual.

Algo no coincidía.

Las veinte hectáreas que había comprado formaban solamente una pequeña parte del terreno original.

Según el documento antiguo, la propiedad de Jacinto se extendía mucho más allá.

Directamente sobre casi sesenta hectáreas que Rosendo Cabrera llevaba décadas explotando como propias.

—¿Cómo puede ser?

Refugio abrió el cuaderno negro.

—Porque se las robó.

Guadalupe quedó inmóvil.

El anciano empezó a contarle una historia que el pueblo había enterrado durante años.

Jacinto descubrió que Rosendo había movido los mojones de los linderos y registrado documentos diferentes ante las autoridades.

Cuando intentó denunciarlo, comenzaron las amenazas.

Después desaparecieron documentos del archivo municipal.

Finalmente Jacinto abandonó el pueblo.

—Antes de marcharse me dijo que había escondido pruebas —continuó Refugio—. Nunca quiso decirme dónde.

Miró la caja.

—Hasta ahora.

Guadalupe sintió que el aire se volvía pesado.

—¿Por eso vino a ayudarme?

Refugio bajó la mirada.

—Porque cuando Jacinto necesitó que alguien declarara, tuve miedo.

La vergüenza quebró su voz.

—Yo sabía que Rosendo estaba mintiendo y me quedé callado.

Guadalupe cerró el cuaderno.

No necesitaba escuchar más.

—Entonces llevaremos esto a las autoridades.

Refugio levantó bruscamente la cabeza.

—No al delegado.

—¿Por qué?

—¿Quién cree que le entregó ese aviso falso?

Guadalupe recordó inmediatamente al funcionario que había llegado amenazándola con cancelar la compra.

Sintió frío.

Rosendo no controlaba solamente tierras. También controlaba personas.

Ese mismo día escondieron los documentos dentro de dos bolsas impermeables.

Guadalupe decidió que al amanecer siguiente viajaría a la cabecera municipal para consultar directamente el Registro Público.

Pero Rosendo se adelantó.

A las cinco de la tarde aparecieron tres camionetas.

Esta vez no venía Cástulo solo.

Don Rosendo Cabrera descendió del vehículo principal.

Era un hombre de casi sesenta años, alto, ancho de hombros y acostumbrado a que las conversaciones terminaran cuando él lo decidía.

Caminó hasta Guadalupe.

—Me dijeron que anoche tuvo problemas con el piso.

Ella no respondió.

Rosendo miró la grieta.

Después observó a Refugio.

—Viejo metiche.

Refugio apretó los dientes.

Rosendo volvió hacia Guadalupe.

—Le ofrezco el triple de lo que pagó.

—No vendo.

—Cinco veces.

—No.

Su expresión se endureció.

—Piense en su hijo.

Guadalupe colocó una mano sobre el vientre.

—Precisamente estoy pensando en él.

Rosendo se acercó.

—Una mujer sola debería aprender cuándo aceptar una oportunidad.

—Y un hombre viejo debería aprender que no todo puede comprarse.

Cástulo dio un paso hacia ella.

Rosendo levantó una mano y lo detuvo.

Luego sonrió.

—Tiene hasta mañana.

—¿Y después?

—Después este terreno dejará de ser problema suyo.

Subieron nuevamente a las camionetas.

Guadalupe esperó hasta que desaparecieron.

—Ya sabe que encontramos algo —dijo.

Refugio asintió.

—Tenemos que sacar esos papeles de aquí esta noche.

Pero cuando Guadalupe abrió la caja nuevamente, encontró algo que no habían visto.

Debajo del forro metálico había un compartimento.

Dentro descansaba un sobre amarillento.

En el frente aparecía escrito un nombre.

ROSENDO CABRERA.

Refugio palideció.

Guadalupe abrió el sobre.

Había una fotografía antigua y una declaración firmada por Jacinto.

Leyó apenas las primeras líneas.

Después tuvo que sentarse.

—Don Refugio…

El anciano tomó el documento.

Sus manos comenzaron a temblar.

Aquello no demostraba solamente el robo de las tierras.

Relacionaba directamente a Rosendo con la desaparición de un hombre ocurrida veintisiete años atrás.

Entonces escucharon un ruido.

Un golpe seco.

Después otro.

Venía del exterior.

Refugio apagó inmediatamente la lámpara.

Guadalupe sostuvo la caja contra su pecho.

A través de una abertura del muro vieron varias luces moviéndose entre los árboles.

No eran camionetas.

Eran hombres caminando con linternas.

Uno de ellos llevaba una pala.

Otro cargaba un bidón.

Y entonces escucharon la voz de Cástulo en la oscuridad.

Mi tío dijo que recuperemos la caja antes del amanecer. Y esta vez no quiere testigos.

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