Teresa cumplió su amenaza esa misma tarde.
A las cinco y media, Mariana recibió un mensaje de su padre.
“¿Puedes venir a cenar? Diego y su madre están aquí.”
Mariana cerró los ojos.
No necesitó preguntar para qué.
Cuando llegó al departamento de Roberto, encontró a Teresa sentada en el sofá como si hubiera convocado una junta familiar.
Diego estaba a su lado.
Su padre, en cambio, permanecía tranquilamente en un sillón con una taza de café.
—Llegaste —dijo Teresa—. Perfecto. Así todos escuchamos lo mismo.
Mariana dejó el bolso.
—¿Qué haces aquí, Diego?
Él evitó mirarla.
—Mamá cree que tenemos que organizar mejor nuestras finanzas.
—Tu mamá cree que mi padre debe pagarte veinticinco mil pesos mensuales.
Teresa levantó la barbilla.
—No a Diego. Al matrimonio.
Roberto dejó lentamente la taza.
—Explíqueme otra vez por qué debo darles ese dinero.
Teresa pareció encantada.
—Su hija gana muy poco. Diego gana cincuenta y ocho mil pesos y prácticamente carga con todos los gastos. Si Mariana aportara lo mismo que él, vivirían mucho mejor.
Roberto miró a Diego.
—¿Eso te dijo tu madre?
Diego se removió.
—Bueno… no exactamente.
—Entonces dime tú cuánto pagas.
Silencio.
Mariana cruzó los brazos.
Roberto sacó el teléfono.
—Hagamos cuentas.
—El departamento —comenzó—. ¿Cuánto pagan de renta?
Teresa respondió inmediatamente:
—Eso no cuenta porque es suyo.
Roberto levantó una ceja.
—Precisamente por eso cuenta.
Tecleó.
—Un departamento similar en esa zona se renta aproximadamente en veintisiete mil pesos mensuales. Yo permití que Mariana viviera allí sin pagar renta. Después se casó y permití que Diego también viviera allí.
Miró al yerno.
—Así que podemos considerar que reciben un beneficio mensual de veintisiete mil.
Teresa abrió la boca.
—Pero…
—Todavía no termino.
Roberto continuó.
—Mantenimiento.
Mariana respondió:
—Lo pago yo.
—Internet.
—Yo.
—Gas.
—Yo.
—Despensa habitual.
—La mayor parte, yo.
Roberto levantó los ojos hacia Diego.
—¿Tú qué pagas?
—Electricidad.
—¿Cuánto?
—Depende.
—Promedio.
Diego murmuró la cifra.
Roberto la anotó.
—¿Automóvil?
Mariana miró a su padre.
—El mío está pagado.
—¿Quién lo compró?
—Tú.
Teresa resopló.
—¿Ahora también va a contar regalos?
Roberto sonrió.
—Usted vino a cobrarme por ser padre de Mariana. Claro que vamos a contar regalos.
Diego comenzó a ponerse rojo.
Después de varios minutos, Roberto giró el teléfono.
—Aquí está.
Teresa miró la pantalla.
—¿Qué significa sesenta y ocho mil quinientos?
—El valor aproximado mensual de lo que Mariana aporta directamente o mediante bienes que son exclusivamente suyos.
La mujer se quedó callada.
Roberto miró a Diego.
—Ahora dime qué aportas tú.
—Mi sueldo es de cincuenta y ocho mil.
—No pregunté cuánto ganas. Pregunté cuánto aportas.
Silencio.
Mariana sintió algo extraño.
Durante cuatro años había escuchado a Diego repetir su salario como si ganar dinero fuera lo mismo que compartirlo.
Nunca había hecho aquella cuenta.
—¿Cuánto ahorras cada mes para ese “futuro” del que hablas? —preguntó Roberto.
Diego tragó saliva.
—Depende.
—Enséñame.
—Eso es privado.
—Entonces mi dinero también.
Teresa se levantó.
—¡Mi hijo no tiene que mostrarle sus cuentas!
Roberto asintió.
—Perfecto. Entonces yo tampoco tengo que darle veinticinco mil pesos.
—No sea ridículo.
—Usted vino a mi casa a pedirme dinero.
El silencio fue absoluto.
Entonces Roberto se inclinó hacia delante.
—Pero puedo hacer algo mejor.
Teresa volvió a sentarse.
—¿Qué?
—Si Diego demuestra que realmente mantiene a mi hija, yo le pago los veinticinco mil pesos mensuales que usted exige.
Los ojos de Teresa se iluminaron.
Diego no sonrió.
—Papá —dijo Mariana.
Roberto levantó una mano.
—Déjame terminar.
Miró directamente a su yerno.
—Pero si las cuentas demuestran que Mariana aporta más al matrimonio, Diego tendrá que pagarle a ella la diferencia correspondiente cada mes.
La sonrisa de Teresa desapareció.
—Eso no es justo.
—¿Por qué? Hace cinco minutos era exactamente su argumento.
Diego se negó.
Eso fue suficiente.
En el automóvil de regreso, Mariana no habló.
—¿Vas a estar así toda la noche? —preguntó él.
—¿Tú mandaste a tu madre a pedirle dinero a mi padre?
—No la mandé.
—Te escuché decirle que hablara con él.
Diego apretó el volante.
—Estoy cansado de vivir limitado.
Mariana lo miró incrédula.
—¿Limitado?
—Mis compañeros viajan. Compran coches mejores. Invierten.
—Tú compraste un dron de treinta mil pesos.
—¡Ese no es el punto!
—Entonces dime cuál es.
Diego golpeó el volante.
—Tu padre tiene dinero y no entiendo por qué tenemos que vivir como si no lo tuviera.
Finalmente.
La verdad.
No quería que Mariana ganara más.
Quería que Roberto financiara la vida que él creía merecer.
Cuando llegaron, Teresa estaba dentro del departamento.
Mariana se detuvo en seco.
—¿Cómo entraste?
Teresa levantó su copia de la llave.
—Soy su madre.
Mariana extendió la mano.
—Démela.
—No seas dramática.
—La llave.
Diego intervino.
—Mariana, ya basta.
Ella lo miró.
—¿Quieres que tu madre conserve acceso libre a una propiedad que no es tuya?
—Es nuestro hogar.
—Exactamente. Nuestro. No de ella.
Teresa lanzó la llave sobre la mesa.
—Toma. Disfruta tu palacio.
Después se marchó.
Diego la siguió hasta el pasillo.
Mariana cerró la puerta.
Y por primera vez se preguntó seriamente cuánto de aquel matrimonio seguía existiendo cuando quitaba de la ecuación el departamento de su padre.
La respuesta llegó dos días después.
Mariana recibió una llamada del administrador del edificio.
—Señora, necesitamos confirmar si autorizó una valuación de su departamento.

—¿Qué valuación?
—Un corredor inmobiliario vino esta mañana. Dijo que su esposo está considerando vender.
Mariana sintió frío.
—Diego no puede venderlo.
—Eso pensé.
Aquella noche esperó a que llegara.
—¿Intentaste poner mi departamento en venta?
Diego se quedó inmóvil.
Después suspiró.
—Solo quería saber cuánto vale.
—¿Por qué?
—Porque tenemos una oportunidad.
Sacó unos documentos.
Una inversión inmobiliaria.
Para entrar necesitaban casi dos millones de pesos.
—Podemos usar el departamento como garantía.
Mariana lo miró.
—No.
—Ni siquiera lo pensaste.
—Porque no es negociable.
—Tu padre te regalará otro.
Aquella frase terminó de abrirle los ojos.
—No quieres construir un futuro conmigo, Diego.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Quieres construirlo con las cosas que mi padre me dio.
A la mañana siguiente, Mariana cambió las cerraduras.
Después abrió una cuenta bancaria separada.
Y finalmente llamó a su padre.
—Necesito preguntarte algo.
—Dime.
—Ayer dijiste que mi aportación era de sesenta y ocho mil quinientos.
Roberto guardó silencio.
—Sí.
—Pero hiciste una cuenta muy rápido.
Demasiado rápido.
Su padre suspiró.
—Porque ya había revisado otras cosas.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué cosas?
—Diego tiene deudas.
—¿Cuánto?
—Más de lo que gana en un año.
Se quedó sin palabras.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hace tres meses intentó solicitar un préstamo usando mi nombre como referencia financiera.
Mariana se levantó.
—¿Qué?
—Y ayer descubrí algo peor.
Roberto le envió una fotografía.
Era una solicitud bancaria.
En ella aparecía el departamento como garantía.
Y debajo estaba la firma de Mariana.
Perfectamente imitada.
Pero falsa.
—Papá…
—No firmaste eso, ¿verdad?
—No.
Roberto respiró profundamente.
—Entonces no estamos hablando de un marido irresponsable.
Mariana sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—¿De qué estamos hablando?
—De alguien que intentó hipotecar una propiedad ajena falsificando la firma de su esposa.
Entonces llegó otro archivo.
Una transferencia.
Mariana reconoció inmediatamente la cuenta de Diego.
Pero el destinatario la dejó helada.
Teresa.
Durante casi dos años, Diego había enviado a su madre entre veinte y treinta mil pesos mensuales.
Mariana apenas consiguió hablar.
—Él decía que no podía aportar más porque estaba ahorrando para nuestro futuro.
Roberto respondió con voz grave:
—Parece que sí estaba financiando un futuro, hija.
Hizo una pausa.
—Solo que nunca fue el tuyo.