Parte 2: LA FIRMA QUE LA BORRABA

Verónica apenas durmió.

A las siete de la mañana ya estaba sentada en el restaurante del hotel, detrás de una columna desde la que podía ver los ascensores.

A las ocho y doce aparecieron Mauricio y Laura.

Pero no estaban solos.

Un hombre de traje gris los esperaba junto a una mesa apartada.

Verónica lo reconoció inmediatamente.

Ramiro Salas, el abogado que durante quince años había manejado asuntos legales de la empresa familiar.

Sintió un escalofrío.

Eligió una mesa cercana y activó la grabadora del teléfono dentro del bolso.

—Tenemos un problema —dijo Ramiro.

Mauricio se sentó.

—¿Qué pasó?

El abogado bajó la voz.

—Revisé nuevamente los estatutos originales.

Colocó una carpeta sobre la mesa.

—La empresa no es exclusivamente tuya.

Mauricio endureció el rostro.

—Eso ya lo sé.

—No. Creo que no entiendes.

Ramiro abrió varios documentos.

—Cuando fundaron la compañía, Verónica aportó el terreno que heredó de su padre. Esa aportación quedó registrada como capital inicial.

Laura preguntó:

—¿Y?

Que si ella firma el convenio que preparaste, no solo estaría renunciando a beneficios futuros. Estaría cediendo derechos sobre activos que hoy valen más de treinta millones de pesos.

Verónica sintió que se le helaban las manos.

Treinta millones.

Mauricio no pareció sorprendido.

—Precisamente para eso es el convenio.

Ramiro levantó la mirada.

—Mauricio, una cosa es negociar una separación patrimonial. Otra muy distinta es ocultarle deliberadamente el valor de lo que está firmando.

—No estoy ocultando nada.

—Le dijiste que eran papeles para “proteger lo nuestro”.

Silencio.

Laura intervino.

—Cuando firme, ya será legal, ¿no?

Ramiro la miró con evidente incomodidad.

—Eso dependerá de cómo se obtenga la firma.

Mauricio se inclinó hacia él.

—Tu trabajo no es darme lecciones matrimoniales.

—Mi trabajo es evitar que termines acusado de fraude.

Verónica tuvo que controlar la respiración.

Fraude.

Aquella palabra cambió completamente la dimensión de lo que estaba escuchando.

Pero lo peor llegó después.

Ramiro cerró la carpeta.

—Además está el asunto de la póliza.

Mauricio miró rápidamente alrededor.

—Baja la voz.

Verónica sintió que el corazón empezaba a golpearle el pecho.

Laura preguntó:

—¿Qué póliza?

Mauricio la fulminó con la mirada.

—No importa.

—Claro que importa.

Ramiro respondió:

—La póliza de vida de Verónica.

Laura palideció.

—¿Qué tiene que ver eso con nosotros?

—Mauricio aumentó la cobertura hace seis meses.

Verónica dejó de respirar.

Ramiro continuó:

A veinte millones de pesos.

Laura miró a Mauricio.

—Nunca me dijiste eso.

—Porque no es asunto tuyo.

—¿Tú eres el beneficiario?

Mauricio no contestó.

No hacía falta.

Verónica sintió náuseas.

Recordó febrero.

Mauricio había llevado varios documentos a casa.

—Son actualizaciones del seguro médico —le dijo.

Ella firmó.

Sin leer.

Porque confiaba en él.

Exactamente como Mauricio había dicho la noche anterior.

“No lo hará. Confía en mí.”

Ramiro bajó todavía más la voz.

—Hay algo más que necesito saber.

Mauricio lo miró.

—¿Qué?

—¿Por qué solicitaste información sobre la cláusula de muerte accidental?

Laura dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué estás diciendo?

Mauricio se levantó.

—Se acabó la reunión.

—No —dijo Ramiro—. Necesito una respuesta.

—Y yo necesito un abogado que recuerde quién le paga.

Tomó la carpeta.

Laura se quedó sentada.

—Mauricio…

—Vamos.

Ella no se movió.

—¿Qué estabas planeando?

—Nada.

—Entonces contesta.

Mauricio se inclinó hacia ella.

Lo único que estoy planeando es salir de un matrimonio muerto sin perder lo que construí durante veintidós años.

Verónica sintió lágrimas en los ojos.

Lo que él había construido.

Como si ella no hubiera hipotecado el terreno de su padre.

Como si no hubiera trabajado sin sueldo durante los primeros tres años.

Como si no hubiera criado a sus hijos mientras Mauricio viajaba buscando clientes.

Como si veintidós años pudieran borrarse con una firma.


Una hora después, Verónica llamó desde su habitación a Teresa Molina.

Su antigua compañera de universidad.

Abogada.

—Necesito que no hagas preguntas hasta que termine.

Teresa escuchó todo.

Los videos.

Las grabaciones.

El convenio.

La póliza.

Cuando Verónica terminó, hubo un silencio largo.

—No firmes absolutamente nada.

—No pensaba hacerlo.

—Y no regreses a casa antes que él.

—¿Por qué?

—Porque si Mauricio sospecha que sabes algo, puede mover dinero, eliminar documentos o cambiar la estrategia.

—¿Qué hago?

—Déjalo creer que sigues siendo la misma Verónica que confía ciegamente en él.

Aquella frase dolió.

Pero tenía razón.

—Hay otra cosa —dijo Teresa—. Necesito revisar los movimientos de la empresa.

—¿Por qué?

—Porque si lleva meses preparando un divorcio, quizá ya empezó a vaciar patrimonio.

Verónica cerró los ojos.

—Hazlo.


Regresó a Ciudad de México un día antes que Mauricio.

Entró en su casa y todo parecía igual.

Las fotografías familiares.

Los recuerdos de vacaciones.

La taza favorita de Mauricio junto a la cafetera.

Veintidós años convertidos en decoración.

Teresa llegó esa misma tarde.

Extendió varios documentos sobre la mesa.

—Encontré tres transferencias sospechosas.

—¿Cuánto?

—Casi nueve millones.

Verónica palideció.

—¿Adónde?

—Una sociedad creada hace ocho meses.

—¿De quién?

Teresa giró el portátil.

En pantalla apareció el nombre de la administradora.

Laura Mendoza.

Verónica cerró los ojos.

Su propia hermana.

—Hay más.

—¿Qué?

—Mauricio ha solicitado un crédito utilizando como garantía una propiedad.

—¿Cuál?

Teresa tardó en responder.

—La casa de tu madre.

Verónica se levantó de golpe.

—Eso es imposible.

—También pensé eso.

Teresa sacó una copia.

—Hasta que vi esto.

Era una autorización notarial.

Abajo aparecía una firma.

La de Verónica.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

Teresa señaló la fecha.

Verónica la leyó.

Y sintió que el suelo desaparecía.

El documento había sido firmado el 14 de marzo.

Ese día Verónica estaba hospitalizada por una operación.

Teresa habló despacio:

Alguien falsificó tu firma.

En ese instante se escuchó la puerta principal.

Mauricio había regresado.

Teresa recogió rápidamente los documentos y salió por la puerta de servicio.

Verónica permaneció en la cocina.

Mauricio apareció sonriente.

—Sorpresa. Conseguí volver antes.

Se acercó y la besó en la frente.

Verónica tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no apartarse.

—¿Qué tal Cancún?

Mauricio se quedó quieto apenas una fracción de segundo.

—Agotador.

Después sonrió.

—Pero cerramos el contrato.

Sacó una carpeta de su maletín.

La misma carpeta que Verónica había visto en el hotel.

La dejó delante de ella.

—¿Recuerdas los papeles de los que hablamos?

Verónica miró la carpeta.

—Sí.

—El notario puede recibirnos mañana.

Mauricio colocó un bolígrafo junto a su mano.

—Pero podemos adelantar algunas firmas ahora.

Verónica lo miró a los ojos.

Y sonrió.

—Claro.

Mauricio pareció relajarse.

Entonces su teléfono vibró sobre la encimera.

La pantalla se iluminó.

Un mensaje de Laura.

Verónica alcanzó a leerlo antes de que él lo ocultara.

“Tenemos otro problema. Ramiro encontró el testamento verdadero.”

Mauricio perdió el color.

Verónica mantuvo la sonrisa.

—¿Todo bien?

—Sí.

Guardó rápidamente el teléfono.

—Trabajo.

Pero mientras abría la carpeta para señalar dónde debía firmar, Verónica comprendió algo.

Aquellos veinte millones del seguro, los nueve millones transferidos y la casa de su madre quizá no eran el verdadero objetivo.

Porque su padre había muerto doce años atrás.

Y si existía un testamento que Mauricio llevaba años intentando ocultar…

entonces quizá el patrimonio que estaban intentando robarle jamás había pertenecido a Mauricio.

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