PARTE 2: LA LLAMADA QUE LLEGÓ DEMASIADO TARDE.

Rodrigo llamó a su padre treinta veces.

Don Eusebio no respondió ninguna.

Desde la habitación del hotel, observaba las luces del Centro Histórico mientras el teléfono vibraba sobre la mesa. A su lado estaba la fotografía de Teresa que había llevado consigo al abandonar la casa.

Durante años había confundido paciencia con amor.

Había permitido demasiado porque Rodrigo era su único hijo.

Pero aquella mañana, cuando escuchó “sirves a mi esposa o te vas”, comprendió que seguir tolerándolo ya no era ayudarlo.

Era enseñarle que podía humillar a su propio padre sin consecuencias.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez apareció un mensaje.

—Papá, contesta. Tenemos que arreglar esto.

Don Eusebio lo leyó y dejó nuevamente el celular sobre la mesa.

—Ahora quiere arreglarlo —murmuró.

Mateo, sentado cerca de la ventana, negó con la cabeza.

—Quiere recuperar lo que perdió. No significa que haya entendido por qué lo perdió.

Don Eusebio lo miró.

Aquellas palabras dolieron porque eran ciertas.

Mientras tanto, en la residencia Navarro, Fabiola caminaba de un lado a otro.

—¡Llámalo otra vez!

—Ya lo hice.

—¡Pues sigue llamando!

Rodrigo dejó caer el teléfono sobre la mesa.

—¿Qué quieres que haga si no responde?

Fabiola señaló hacia la entrada.

—Quiero que soluciones esto. Mañana tengo una colaboración con una marca. ¿Cómo se supone que voy a llegar?

—Pide un automóvil.

—¡No estoy hablando del automóvil!

Rodrigo la observó.

Entonces comprendió.

Fabiola no estaba preocupada por haber expulsado a un anciano de su propia casa.

Estaba preocupada porque su estilo de vida comenzaba a desaparecer.

Aquella misma tarde llegó otra notificación.

El plazo para abandonar la residencia era de 72 horas.

Fabiola leyó el documento dos veces.

—Esto tiene que ser ilegal.

Rodrigo permaneció en silencio.

Conocía suficientemente bien los negocios familiares para saber que no lo era.

La casa nunca había sido suya.

Tampoco el automóvil.

Ni siquiera buena parte del dinero que gastaban mensualmente.

Todo pertenecía a sociedades administradas por el Fideicomiso Navarro.

Su padre simplemente había permitido que lo utilizaran.

Y ahora había retirado ese permiso.

—Voy a hablar con Camilo —dijo Rodrigo.

El licenciado Serrano respondió inmediatamente.

—Rodrigo.

—Necesito detener el desalojo.

Hubo un breve silencio.

—No puedo hacerlo.

—Soy hijo de Eusebio Navarro.

—Precisamente por eso deberías comprender la situación.

Rodrigo apretó los dientes.

—Mi padre está actuando por enojo.

—No.

Camilo abrió una carpeta sobre su escritorio.

—La revisión comenzó hace cinco meses.

Rodrigo quedó inmóvil.

—¿Qué revisión?

—La auditoría de tus operaciones dentro de las empresas familiares.

Sintió que algo frío le recorría la espalda.

—No sé de qué estás hablando.

—Entonces quizá quieras explicarme por qué existen transferencias por más de 2.4 millones de pesos autorizadas con conceptos que no corresponden a ningún servicio real.

Rodrigo dejó de respirar por un instante.

Fabiola lo observó desde el otro lado de la habitación.

—¿Qué pasa? —susurró.

Rodrigo levantó una mano para hacerla callar.

—Eso puede explicarse.

—Espero que sí.

Camilo cerró la carpeta.

—Porque mañana tendrás que hacerlo frente al comité fiduciario.

La llamada terminó.

Rodrigo permaneció con el teléfono pegado al oído.

Fabiola se acercó.

—¿Qué dijo?

—Nos estaban investigando.

Ella palideció.

—¿Desde cuándo?

—Cinco meses.

Por primera vez desde que don Eusebio había salido de aquella casa, ninguno de los dos encontró palabras.

La maleta había estado preparada durante cinco días porque don Eusebio ya sabía que algo iba a ocurrir.

Y quizá su partida no había sido una reacción.

Quizá había estado esperando el momento adecuado.

A la mañana siguiente, Rodrigo llegó a las oficinas centrales del Grupo Navarro.

Intentó utilizar su tarjeta de acceso.

La luz se encendió en rojo.

Probó nuevamente.

Rojo.

El guardia de recepción se acercó.

—Señor Navarro, tengo instrucciones de acompañarlo a la sala del consejo.

Aquello fue peor que cualquier insulto.

Rodrigo había entrado en ese edificio desde niño.

Había celebrado cumpleaños allí.

Había acompañado a su padre durante reuniones.

Y ahora necesitaba escolta.

Cuando las puertas de la sala se abrieron, encontró a ocho personas sentadas alrededor de una larga mesa.

Camilo Serrano estaba al fondo.

Y junto a él estaba don Eusebio.

Traje gris.

Corbata oscura.

Espalda recta.

Ya no parecía el anciano que preparaba huevos cada mañana mientras Fabiola daba órdenes desde la cocina.

Parecía exactamente el hombre que había levantado un patrimonio durante cincuenta años.

—Siéntate, Rodrigo.

Su hijo obedeció.

Camilo deslizó una carpeta hacia él.

—Tenemos facturas de hoteles, ropa, restaurantes, campañas digitales y viajes registrados como gastos de representación empresarial.

Rodrigo abrió la carpeta.

Cada página empeoraba la anterior.

—Puedo explicarlo.

Don Eusebio lo miró fijamente.

—Eso dijiste ayer.

Rodrigo tragó saliva.

—Papá, cometí errores.

—No estamos hablando de errores.

Eusebio señaló una transferencia.

—Estamos hablando de decisiones.

Rodrigo bajó la mirada.

—Fabiola necesitaba mantener cierta imagen.

Aquella respuesta cambió algo en el rostro de su padre.

—¿Y para mantener esa imagen necesitabas convertir a tu padre en sirviente?

—No fue así.

—Me mandaste limpiar los zapatos de tu esposa.

—Estaba enojado.

—Me dijiste que vivía gratis en mi propia casa.

Rodrigo no respondió.

—Y después me echaste.

El silencio fue insoportable.

Finalmente Rodrigo susurró:

—Perdóname.

Don Eusebio sostuvo su mirada.

Había esperado escuchar aquella palabra durante días.

Pero ahora comprendía que no sabía si Rodrigo pedía perdón por haberlo humillado…

o por haber perdido el dinero.

Entonces Camilo colocó una segunda carpeta sobre la mesa.

—Hay otro problema.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Durante la auditoría encontramos documentos firmados electrónicamente desde tu cuenta.

—Yo firmo cientos de documentos.

—Estos son diferentes.

Camilo abrió la carpeta.

Don Eusebio permaneció completamente inmóvil.

—Alguien intentó modificar la estructura del fideicomiso.

Rodrigo levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Y transferir tres propiedades a una sociedad recién creada.

—Yo nunca hice eso.

Camilo giró una página.

Allí aparecía una autorización electrónica con el nombre de Rodrigo.

Su rostro perdió el color.

—Esa firma no es mía.

Don Eusebio entrecerró los ojos.

—Entonces tenemos un problema mucho mayor.

En ese instante, el teléfono de Rodrigo comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Fabiola.

Rechazó la llamada.

Volvió a sonar inmediatamente.

La rechazó otra vez.

Entonces llegó un mensaje.

Rodrigo lo abrió.

Solo contenía una fotografía.

Era el vestidor de la residencia.

Las puertas estaban abiertas.

Los cajones vacíos.

Las maletas de Fabiola habían desaparecido.

Debajo había cuatro palabras:

“NO INTENTES BUSCARME.”

Rodrigo se levantó de golpe.

—¿Qué ocurre? —preguntó don Eusebio.

Antes de que pudiera responder, Camilo recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—Don Eusebio…

—¿Qué pasó?

Camilo dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

—Acaban de intentar retirar seis millones de pesos de una cuenta vinculada al fideicomiso.

Rodrigo palideció.

—¿Quién?

Camilo giró la computadora hacia ellos.

En la pantalla aparecía el nombre de la persona que había autorizado la operación.

Don Eusebio se puso de pie.

Porque no era Fabiola.

Era alguien de su propia familia a quien llevaba treinta años creyendo muerto.

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