Parte 2: LA MUJER QUE ÉL NUNCA CONOCIÓ

—Coronel Emily Carter.

La boca de Jason se abrió.

La mujer que estaba a su lado dejó de sonreír.

Yo, en cambio, permanecí inmóvil en la cama mientras el teniente general Marcus Bennett bajaba la mano después del saludo.

—Señora —continuó—, lamento interrumpir su recuperación. El mando necesitaba confirmar personalmente que usted y el bebé se encuentran bien.

Jason me miró como si acabara de despertarse dentro de la vida de otra persona.

—¿Coronel?

El general giró la cabeza.

—¿Quién es usted?

Jason tragó saliva.

—Soy… su marido.

La mujer a su lado tensó la mandíbula.

Bennett reparó entonces en el anillo que ella llevaba.

Después miró a Jason.

Después volvió a mirarme.

No necesitó preguntar.

—General —dije—, es un asunto personal.

—Entendido, coronel.

Jason dio un paso hacia mi cama.

—Emily, ¿qué significa todo esto?

Lo miré.

—Significa exactamente lo que has oído.

—Me dijiste que trabajabas en administración.

—Te dije que trabajaba para Defensa. Nunca te dije cuál era mi rango porque mi puesto y mi misión estaban sujetos a restricciones de seguridad.

Jason soltó una risa nerviosa.

—Esto es absurdo.

El general Bennett endureció la expresión.

—Señor Carter, le recomiendo que cuide el tono.

Jason se quedó callado.

La mujer finalmente habló.

—Jason, dijiste que ella no tenía carrera.

Aquello casi me hizo sonreír.

Él se volvió hacia ella.

—Vanessa, ahora no.

Vanessa.

Por fin tenía nombre la mujer que llevaba un anillo de bodas mientras yo acababa de dar a luz al hijo de Jason.

Miré su mano.

—Bonito anillo.

Ella lo escondió instintivamente.

Jason palideció.

—Emily, puedo explicarlo.

—Seguro.

—No estamos legalmente casados.

Vanessa lo miró horrorizada.

—¿Qué?

Jason cerró los ojos.

Demasiado tarde.

—Entonces —dije—, ¿qué le dijiste?

Vanessa retrocedió.

—Me dijo que vuestro divorcio estaba finalizado.

Sentí algo extraño.

No dolor.

Eso ya había pasado.

Era claridad.

Jason no solo me había expulsado de casa mientras estaba de parto. Había construido una vida paralela basada en mentiras para las dos.

El general Bennett dejó una carpeta sobre mi mesa.

—Coronel, hay otro asunto.

Jason miró la carpeta.

—¿Qué es eso?

Bennett ni siquiera le respondió.

—La transferencia del fideicomiso Carter-Hawthorne ha sido completada esta mañana.

Jason frunció el ceño.

—¿Fideicomiso?

Cerré los ojos un instante.

Ya no había razón para ocultarlo.

—Mi abuelo murió hace unos meses.

—Eso lo sé.

—Lo que no sabes es que me dejó su patrimonio.

Jason soltó una pequeña carcajada.

—¿Qué patrimonio?

Bennett respondió antes que yo.

Aproximadamente veinte millones de dólares.

El silencio fue absoluto.

Jason se apoyó en una silla.

Vanessa lo miró.

Después me miró a mí.

—¿Veinte… millones?

—No podía revelarlo hasta completar el procedimiento legal —expliqué.

Jason empezó a negar con la cabeza.

—No. No, no. Tú no tienes veinte millones.

Bennett levantó una ceja.

—Los tiene.

Jason me miró entonces de una forma que reconocí inmediatamente.

Ya no veía a la mujer a la que había llamado peso muerto.

Veía dinero.

Y eso terminó de matar cualquier cosa que todavía pudiera sentir por él.

—Emily —dijo suavizando la voz—, cariño, hemos cometido errores.

Vanessa abrió la boca.

—¿Cariño?

Lo ignoró.

—Estabas embarazada. Yo estaba estresado. Dijimos cosas horribles.

—Tú las dijiste.

—Podemos arreglarlo.

Miré al general.

—¿Podría darnos unos minutos?

—Por supuesto.

Bennett salió.

Jason esperó hasta que la puerta se cerró.

Entonces se acercó.

—Escúchame. Vanessa fue un error.

Ella se quedó petrificada.

—Jason.

—¡Cállate!

La miré.

—No permita que le hable así.

Vanessa pareció sorprendida.

Jason apretó los puños.

—Emily, tenemos un hijo.

—Exactamente.

—Ese dinero ahora pertenece a nuestra familia.

Ahí estaba.

Ni siquiera habían pasado cinco minutos.

—No.

—Estamos casados.

—El fideicomiso está protegido.

Su expresión se quebró.

—¿Qué quieres decir?

—Que no tienes derecho sobre él.

Jason se quedó inmóvil.

—Pero soy tu esposo.

—Anoche también lo eras.

Lo miré directamente.

—Y me echaste de casa mientras tenía contracciones.

No respondió.

—Me llamaste peso muerto.

Silencio.

—Me dijiste que no volviera.

Me acomodé lentamente contra la almohada.

—Así que voy a respetar tu petición.

Jason perdió el color.

—Emily…

—Quiero el divorcio.

Vanessa soltó el aire.

Pero Jason reaccionó de inmediato.

—No puedes.

—Puedo.

—¡Tenemos un bebé!

—Y tú ni siquiera preguntaste si había nacido bien.

Aquello lo silenció.

Porque era verdad.

Había entrado en aquella habitación acompañado de otra mujer.

Ni una sola vez había preguntado por su hijo.

Entonces llamaron suavemente a la puerta.

Una enfermera entró empujando la pequeña cuna hospitalaria.

—Coronel Carter, su hijo ya puede volver con usted.

Jason giró la cabeza.

Su rostro cambió.

Se acercó.

—¿Ese es…?

Me incorporé.

—Sí.

Jason extendió una mano.

—Quiero cargarlo.

—Ahora no.

—Soy su padre.

—Y hablaremos de tus derechos y responsabilidades mediante abogados.

Su expresión se volvió oscura.

—No puedes quitarme a mi hijo.

—No pretendo hacerlo.

Mi voz permaneció tranquila.

—Pero tampoco voy a fingir que lo que hiciste nunca ocurrió.

Vanessa se quitó lentamente el anillo.

Lo dejó sobre una mesa.

—Me dijiste que ella te había abandonado.

Jason se volvió.

—Vanessa…

—Me dijiste que no estaba embarazada.

Lo miré de golpe.

Jason palideció.

Vanessa continuó:

—Dijiste que Emily había inventado el embarazo para retenerte.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Desde cuándo estás con él?

Vanessa dudó.

—Once meses.

Mi embarazo había durado nueve.

Jason cerró los ojos.

Y entonces comprendí.

La infidelidad había comenzado antes incluso de que supiéramos que esperábamos un hijo.

Pero Vanessa todavía no había terminado.

Metió la mano en su bolso.

—Hay algo más que deberías saber.

Jason reaccionó.

—No.

Ella sacó un sobre.

—Vanessa, no lo hagas.

—Me mentiste.

Me entregó el sobre.

Dentro había documentos bancarios.

Transferencias.

Fotografías de firmas.

Y una solicitud de crédito utilizando información financiera que reconocí como mía.

Miré las fechas.

Todas eran anteriores a la muerte de mi abuelo.

—¿Qué es esto?

Vanessa estaba llorando.

—Jason tiene deudas.

—¿Cuánto?

—No lo sé exactamente.

Jason avanzó hacia nosotros.

—¡Dame eso!

Pulsé el botón para llamar a seguridad.

Vanessa señaló uno de los documentos.

—Hace meses me dijo que, si conseguía acceso a determinadas cuentas a tu nombre, podría solucionar todo.

Miré a Jason.

—¿Usaste mi identidad?

No respondió.

La puerta se abrió.

El general Bennett regresó acompañado de dos agentes de seguridad.

Jason retrocedió.

Entonces Bennett vio los papeles que tenía en las manos.

Su expresión cambió.

—Coronel, ¿puedo ver eso?

Se los entregué.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Y de pronto levantó la mirada hacia Jason.

—Señor Carter, espero que tenga un excelente abogado.

Jason palideció.

Pero Bennett no estaba mirando las deudas.

Señaló una de las transferencias.

—Emily, este número de cuenta…

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurre?

El general cerró la carpeta lentamente.

Está vinculado a una investigación militar clasificada que su unidad lleva meses intentando resolver.

Jason dejó de respirar.

Y por primera vez comprendí que mi marido quizá no solo me había traicionado.

Tal vez había estado involucrado en la misión secreta que yo había jurado descubrir.

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