PARTE 2: LA MUJER QUE QUISO ROBARME LA VIDA ENTERA.

Dos días después de cancelar el compromiso, descubrí que Daniel no estaba intentando recuperarme.

Estaba intentando castigarme.

A las ocho de la mañana, mi padre entró en la cocina con el teléfono en la mano.

—Emily.

Por su expresión supe que algo había ocurrido.

—¿Qué hizo?

—Sullivan Capital retiró dos contratos de transporte con nuestra empresa.

Me quedé inmóvil.

Los Sullivan controlaban una parte importante de la distribución de productos de lujo en la costa este.

Mi padre llevaba nueve años trabajando con ellos.

—¿Daniel los canceló?

—Su madre.

Victoria.

Por supuesto.

Mi teléfono llevaba cuarenta y tres llamadas bloqueadas desde la noche del compromiso.

Daniel.

Victoria.

Dos primas.

Tres empleados de su empresa.

Incluso Sophia había intentado llamarme.

Ninguno había recibido respuesta.

—¿Cuánto perdemos? —pregunté.

Mi padre tomó café con tranquilidad.

—Menos de lo que ellos creen.

Lo miré.

Sonrió.

—Hace seis meses diversificamos esos contratos.

Respiré.

—Entonces no pueden hacernos daño.

—Pueden intentarlo.

En ese momento llegó un mensaje de mi mejor amiga.

Una captura de pantalla.

Sophia acababa de publicar una fotografía desde el salón donde debía celebrarse nuestra boda.

Ella llevaba mi anillo de compromiso.

Debajo había escrito:

“Algunas personas no saben valorar lo que tienen hasta que lo pierden.”

Sentí una risa seca escapar de mi boca.

Daniel le había dado mi anillo.

El mismo que yo había dejado sobre la mesa.

Mi padre miró la imagen.

—¿Quieres que hagamos algo?

—No.

Guardé el teléfono.

—Quiero ver hasta dónde llegan.

No tardaron mucho en enseñármelo.

Aquella tarde, el departamento de recursos humanos de la empresa donde yo trabajaba me pidió asistir a una reunión urgente.

Cuando llegué, mi directora evitó mirarme.

Sobre la mesa había varias impresiones.

—Emily, recibimos una denuncia anónima.

—¿Sobre qué?

—Supuesto uso de información confidencial para beneficiar a la empresa de tu padre.

La observé en silencio.

—¿Y tienen pruebas?

—Nos enviaron documentos.

Tomé uno.

Reconocí inmediatamente el formato.

Eran correos electrónicos falsificados.

Mi nombre aparecía enviando información comercial interna a mi padre.

Fechas.

Archivos adjuntos.

Conversaciones.

Todo parecía auténtico.

Demasiado auténtico.

—Esto es falso.

—Tendremos que investigarlo.

—¿Estoy suspendida?

Mi directora tardó demasiado en responder.

—Temporalmente.

Asentí.

Recogí mi bolso.

Antes de salir me volví.

—Por favor, no eliminen nada de los servidores.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque quien fabricó esos correos acaba de cometer un error.

Esa misma noche llamé a un especialista forense digital.

Tres horas después confirmó lo que sospechaba.

Los correos habían sido creados utilizando copias de antiguas conversaciones mías.

Pero los metadatos revelaban un origen.

Una dirección IP vinculada a Sullivan Family Offices.

Daniel.

Mi ex prometido no solo había intentado destruir la empresa de mi padre.

También estaba intentando destruir mi carrera.

Mi abogado fue muy claro.

—Podemos actuar inmediatamente.

—Todavía no.

—Emily, tienes pruebas.

—Quiero saber quién más está involucrado.

Porque algo no encajaba.

Daniel podía ser cruel.

Victoria podía ser vengativa.

Pero falsificar documentos requería acceso a información que ellos no deberían tener.

A la mañana siguiente recibimos la respuesta.

Uno de los archivos utilizados para fabricar los correos procedía de mi ordenador personal.

Mi antiguo ordenador.

El que había dejado meses atrás en la casa de Daniel durante una mudanza.

Y solo dos personas conocían la contraseña.

Daniel.

Y Sophia.

Entonces entendí algo que durante años me había negado a ver.

Sophia no se había limitado a ocupar mi asiento aquella noche.

Había estado estudiando mi vida.

Mi ropa.

Mis amistades.

Mis hábitos.

Mis cuentas.

Incluso mis contraseñas.

Abrí una carpeta que había guardado desde el compromiso.

Dentro estaban varios documentos financieros relacionados con la boda.

Uno llamó mi atención.

Una transferencia realizada seis semanas antes.

Ciento veinte mil dólares.

Beneficiario:

S. Moreau Events.

No reconocía aquella empresa.

Llamé al hotel.

—Necesito confirmar quién solicitó cambiar el proveedor principal de decoración.

La coordinadora dudó.

—La señorita Sophia Sullivan.

Mi respiración se detuvo.

—¿Sophia organizó parte de mi compromiso?

—Dijo que actuaba en nombre del señor Sullivan.

Daniel le había permitido decidir detalles de nuestra fiesta.

Sin decírmelo.

Pero aquello no era todo.

Mi investigador encontró algo más.

S. Moreau Events no pertenecía realmente a una empresa de eventos.

El dinero terminaba en una cuenta personal.

A nombre de Sophia.

Más transferencias aparecieron después.

Regalos.

Viajes.

Alquiler.

Tarjetas.

Durante casi dos años, Daniel había desviado dinero de los fondos familiares hacia ella.

Mi abogado dejó los documentos delante de mí.

—Hay casi ochocientos mil dólares.

—¿Victoria lo sabe?

—Creemos que no.

Por primera vez sonreí de verdad.

La mujer que me había llamado desagradecida por cancelar el compromiso estaba a punto de descubrir que la “hija” a la que defendía llevaba años vaciando cuentas de su familia.

No tuve que hacer nada.

Solo envié una copia de los documentos al abogado de Victoria.

El efecto fue inmediato.

Esa noche, Daniel apareció frente a la casa de mis padres.

No lo dejamos entrar.

Habló conmigo a través del intercomunicador.

—Emily, necesitamos hablar.

—No.

—Mi madre está fuera de control.

—No es mi problema.

—Le enviaste documentos privados.

—Le envié información sobre dinero que salió de cuentas familiares.

Silencio.

—Sophia no sabía lo que hacía.

Cerré los ojos.

Incluso entonces.

Incluso con todas las pruebas.

Seguía protegiéndola.

—Ella falsificó correos usando mi ordenador.

Daniel no respondió.

—¿También vas a decir que no sabía lo que hacía?

—Emily…

—Intentaste destruir mi trabajo.

—Solo quería que comprendieras las consecuencias de humillarme.

Aquella confesión quedó suspendida entre nosotros.

Mi abogado, que estaba a mi lado, levantó lentamente el teléfono.

La llamada estaba siendo grabada.

Daniel acababa de admitir suficiente.

—Gracias —respondí.

—¿Por qué?

—Por hacerlo más fácil.

Colgué.

Tres días después, mi empresa retiró mi suspensión.

El informe forense demostró que los correos eran falsos.

Daniel recibió una demanda.

Sophia otra.

Pero aquello no fue lo peor para ellos.

Victoria descubrió los movimientos financieros.

Y cuando comprendió que Daniel llevaba años transfiriendo dinero a Sophia, convocó una reunión familiar.

Yo no estaba allí.

No necesitaba estarlo.

Mi padre recibió una llamada aquella misma tarde.

Después entró en mi despacho.

—Parece que los Sullivan tienen problemas.

—¿Qué pasó?

—Victoria retiró a Daniel del consejo de administración.

Lo miré sorprendida.

—¿Puede hacerlo?

—Controla el cuarenta y seis por ciento de las acciones familiares.

Me apoyé lentamente en la silla.

Mi padre continuó.

—También canceló todas las cuentas vinculadas a Sophia.

—Eso sí debió dolerle.

—Hay más.

Dejó un documento delante de mí.

Era una copia de un acuerdo accionarial antiguo.

Leí varias páginas hasta encontrar algo que no esperaba.

El nombre de mi padre.

—¿Qué es esto?

—Hace diecisiete años ayudé al padre de Daniel durante una crisis financiera.

Levanté la vista.

—Nunca me lo dijiste.

—No era importante.

Señaló una cláusula.

—Hasta ahora.

Mi padre conservaba una opción de compra sobre una parte importante de Sullivan Industries.

Una opción que podía activarse si la familia incumplía determinados compromisos financieros.

Y los últimos movimientos de Daniel habían activado precisamente esa cláusula.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuánto?

Mi padre sonrió.

—Veintidós por ciento.

Pensé en Daniel diciendo:

“Si sales por esa puerta, no habrá vuelta atrás.”

Tenía razón.

Solo se había equivocado sobre quién sería incapaz de volver.

Esa noche, Sophia me llamó desde un número desconocido.

Respondí.

—¿Qué quieres?

Su voz temblaba.

—Tú hiciste esto.

—No.

—¡Me quitaste todo!

—Nunca fue tuyo.

—Daniel me ama.

—Entonces deberían ser muy felices juntos.

Sophia soltó una risa amarga.

—¿De verdad crees que esto terminó?

Me quedé en silencio.

—Daniel nunca iba a casarse contigo por amor, Emily.

Sentí que algo se tensaba dentro de mí.

—¿Qué significa eso?

Sophia respiró lentamente.

—Pregúntale a tu padre por qué los Sullivan querían ese matrimonio desde el principio.

Miré hacia la puerta de mi despacho.

Mi padre estaba al otro lado del pasillo.

—¿De qué estás hablando?

Sophia susurró:

—Tu boda nunca fue una historia de amor.

Pausa.

—Era la única forma de impedir que tu familia tomara el control de Sullivan Industries.

La llamada terminó.

Me quedé inmóvil.

Después miré nuevamente el acuerdo accionarial.

Había una página que mi padre no me había mostrado todavía.

La giré.

Y encontré una cláusula fechada exactamente el mismo año en que Daniel comenzó a cortejarme.

Si Emily Carter se casaba con un heredero Sullivan, la opción de compra de mi padre quedaría anulada para siempre.

Levanté lentamente la mirada.

Entonces comprendí que Sophia no había destruido mi boda.

Sin saberlo, había impedido que Daniel consumara el plan que llevaba años preparando contra mi familia.

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