Parte 2: LA NOVIA EQUIVOCADA

Sofía agitó el libro de familia frente a mí.

—Vale. Entonces mañana iré yo.

Héctor cambió de expresión.

—Sofía, deja de decir tonterías.

Ella soltó una carcajada.

—¿Por qué? Jimena acaba de darme permiso.

—Una boda no es un juego.

Lo miré.

Por primera vez aquella noche, sonreí de verdad.

—Qué curioso escucharte decir eso.

Héctor se quedó callado.

Sofía apretó el documento contra el pecho.

—Cuñada, mañana solo tenemos que sustituir un nombre. El salón está reservado, los invitados están avisados y Héctor ya es legalmente mi marido.

Se acercó a él y le dio una palmada en el hombro.

—Así nadie pierde la cara.

Esperé que Héctor la apartara.

No lo hizo.

Solo se masajeó el entrecejo.

—Jimena, basta. Sube la maleta. Mañana hablaremos.

—Mañana estaré ocupada.

—¿Haciendo qué?

—Cancelando mi parte de esta boda.

Su rostro se endureció.

—Los depósitos no son reembolsables.

—Los tuyos quizá no.

Saqué el teléfono.

—El salón, las flores, el fotógrafo y el catering están contratados a mi nombre.

Sofía dejó de sonreír.

Héctor me miró fijamente.

Durante seis años había dejado que él creyera que organizar significaba obedecer.

Que pagar facturas, hablar con proveedores y resolver problemas era simplemente “tener tiempo libre”.

Nunca se molestó en averiguar cuánto controlaba realmente.

—Jimena —dijo—, no hagas nada impulsivo.

—Tú te casaste borracho con otra mujer veinticuatro horas antes de nuestra boda.

Abrí la puerta.

—Creo que ya agotaste la cuota de impulsividad de esta relación.

Y me fui.


Dormí en casa de mi hermana.

O, mejor dicho, intenté dormir.

A las seis de la mañana tenía cuarenta y siete llamadas perdidas.

Diecinueve eran de Héctor.

Doce de su madre.

Ocho de Sofía.

El resto pertenecían a familiares que ya habían empezado a enterarse.

A las siete llamó la madre de Héctor desde otro número.

Respondí.

—Jimena, cariño, debemos hablar.

—Dígame.

—Héctor me ha explicado lo ocurrido. Los jóvenes hacen estupideces.

Cerré los ojos.

—Tiene treinta y dos años.

—Ya sabes cómo es Sofía. Siempre ha sido alocada.

—Entonces quizá no debería haberse casado con ella.

Silencio.

Después llegó la verdadera preocupación.

—¿Has cancelado el banquete?

—Sí.

—¡Jimena!

Aparté el teléfono del oído.

—¡Hay ciento ochenta invitados! ¿Qué van a pensar de nuestra familia?

—No lo sé.

—¡Tienes que arreglarlo!

—Su hijo ya lo arregló. Tiene esposa.

Colgué.

Después llamé al último proveedor.

A las ocho y cuarto, mi boda había dejado oficialmente de existir.

No sentí tristeza.

Sentí algo mucho más extraño.

Alivio.

Entonces recibí un mensaje de Héctor.

“Ven al hotel. Tenemos que hablar.”

Lo eliminé.

Diez minutos después llegó otro.

“Sofía está diciendo que celebraremos la boda igualmente.”

Me quedé mirando la pantalla.

Y esta vez respondí:

“Felicidades.”


A las once, mi hermana entró corriendo en la cocina.

—Tienes que ver esto.

Me enseñó su teléfono.

Sofía había publicado una fotografía.

Vestido blanco.

Velo.

Una copa de champán.

Y una frase:

“Hay destinos que tardan años en entenderse.”

Debajo, decenas de comentarios preguntaban qué estaba ocurriendo.

Algunos amigos en común ya habían entendido.

Mi hermana estaba indignada.

—Quiere humillarte.

Negué con la cabeza.

—No.

—¿Cómo que no?

—Quiere ganar.

—¿Y cuál es la diferencia?

Miré la fotografía.

—Que para humillarme tendría que importarme seguir compitiendo.

Apagué el teléfono.

Pero Sofía había cometido un pequeño error.

En la fotografía se veía claramente el salón.

No era el hotel que yo había reservado.

Habían conseguido otro.

Aquello significaba que Héctor había aceptado continuar.

No sabía por qué, pero esa certeza terminó de romper la última esperanza que quedaba dentro de mí.

No había perdido seis años aquella noche. Había descubierto lo que me habría costado desperdiciar los siguientes treinta.


A las doce y media llamaron a la puerta.

Era Héctor.

Seguía llevando el traje que había comprado para nuestra boda.

—Necesito hablar contigo.

—Habla.

—Sofía se ha vuelto loca.

—Es tu esposa. Arréglalo con ella.

—¡Deja de llamarla así!

—¿Es mentira?

No respondió.

Entró sin que lo invitara.

—Mis padres están destrozados. Los invitados preguntan qué ocurre. Sofía insiste en celebrar algo para evitar el escándalo.

—Entonces celebrad vuestro matrimonio.

—Yo no quiero casarme con Sofía.

—Ya lo hiciste.

Golpeó la mesa con la palma.

—¡Estaba borracho!

Mi hermana apareció en el pasillo.

Le hice una señal para que no interviniera.

Héctor respiró hondo.

—Dame un mes.

—No.

—Cuando termine el periodo obligatorio, me divorcio de ella. Después fijamos otra fecha.

Lo observé.

Realmente lo creía.

Creía que podía casarse con otra mujer y después regresar a recogerme donde me había dejado.

—Dentro de un mes ya no estaré aquí.

Su expresión cambió.

—¿Qué significa eso?

—Acepté un puesto en Barcelona.

—¿Qué puesto?

—Directora regional.

Se quedó petrificado.

Hacía meses que me habían ofrecido aquella oportunidad.

La rechacé porque Héctor no quería mudarse.

Porque nos casaríamos.

Porque él decía que formaríamos una familia allí.

—Me dijiste que habías rechazado esa oferta.

—Esta mañana llamé para preguntar si seguía disponible.

—¿Y?

—Empiezo el lunes.

Héctor me miró como si acabara de traicionarlo yo.

—¿Vas a destruir nuestra relación por orgullo?

—No.

Abrí la puerta.

—Nuestra relación terminó cuando tu estado civil cambió y olvidaste avisarme.

No se movió.

—Jimena…

—Vete con tu esposa.

Esta vez obedeció.


Tres días después estaba empaquetando mis últimas cosas cuando recibí una llamada de un número desconocido.

Era una mujer.

—¿Jimena Torres?

—Sí.

—Soy Laura Méndez, abogada. Represento a Sofía Vidal.

Fruncí el ceño.

—No tengo nada que hablar con ella.

—Me temo que sí.

Sentí una punzada de inquietud.

—¿Qué quiere?

La mujer hizo una pausa.

—La señora Vidal afirma que usted conserva bienes pertenecientes a su marido.

Me reí.

—¿Su marido?

—Héctor.

—Mis cosas son mías.

—No hablamos de muebles.

Mi sonrisa desapareció.

—Entonces ¿de qué?

—De una participación empresarial.

Me quedé inmóvil.

Mi padre había invertido dinero en el primer negocio de Héctor cinco años atrás.

A cambio, una parte de las acciones quedó registrada temporalmente a mi nombre.

Héctor siempre decía que era una formalidad.

—¿Qué tiene que ver Sofía con eso?

La abogada respondió con cautela:

—Según la documentación que mi clienta nos entregó, Héctor firmó anoche un acuerdo reconociendo determinadas participaciones como patrimonio matrimonial.

El teléfono casi se me resbaló.

—Eso es imposible.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—La fecha del acuerdo no es de anoche.

Sentí frío.

—¿De cuándo es?

La abogada tardó unos segundos en contestar.

—De hace seis meses.

No respiré.

Seis meses.

Muchísimo antes de aquella supuesta borrachera.

Muchísimo antes de aquella supuesta “broma”.

—Señora Torres —continuó la abogada—, creo que debería conseguir representación legal inmediatamente.

—¿Por qué?

La respuesta hizo que se me helara la sangre.

—Porque si este documento es auténtico, Héctor y Sofía no se casaron por accidente hace dos noches.

Hizo una pausa.

—Llevaban al menos seis meses preparando lo que ocurriría después de la boda de usted.

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