Daniel miró fijamente a Vanessa.
—Quita tu mano de mi brazo.
La sonrisa de la gerente desapareció.
—Daniel, yo solo…
—Ahora.
Vanessa lo soltó de inmediato.
Todo el lobby quedó en silencio.
Daniel caminó hacia mí, pero me alejé un paso antes de que pudiera acercarse demasiado.
Sus ojos bajaron hasta los pedazos de la tarjeta que Vanessa había roto.
Luego miró a los guardias.
—¿Quién dio la orden de expulsar a mi esposa?
El capitán de seguridad palideció.
Vanessa abrió la boca.
—Señor Foster, ella nunca dijo que era…
—No te pregunté qué dijo ella.
Daniel levantó la vista.
—Pregunté quién dio la orden.
Nadie respondió.
Finalmente, Vanessa intentó recuperar la compostura.
—Yo lo hice. Pero tenía razones. Esa mujer apareció con un hombre desconocido exigiendo la suite presidencial.
Lucas soltó una risa seca.
—Esa mujer tiene nombre.
Vanessa lo ignoró.
—Además, señor Foster, usted mismo me dijo que nadie podía utilizar esa suite sin su autorización.
Margaret, la abogada, frunció el ceño.
—Eso sería bastante difícil.
Vanessa la miró.
—¿Por qué?
Margaret abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Porque la señora Sofía Foster posee el cincuenta por ciento de este hotel.
El color desapareció del rostro de Vanessa.
Varios empleados intercambiaron miradas.
—Eso no puede ser cierto —murmuró.
Margaret sacó una copia certificada de los documentos.
—Foster Grand Hotel fue adquirido durante el matrimonio mediante una sociedad conjunta. La suite presidencial pertenece a los propietarios del hotel. La señora Foster no necesita autorización de su esposo para entrar en una propiedad que también es suya.
Vanessa retrocedió.
Daniel cerró los ojos durante un instante.
Pero yo seguía observándolo.
Había algo que no encajaba.
—¿Por qué tardaste tanto en bajar? —pregunté.
Daniel abrió los ojos.
—Sofía…
—Vanessa llamó directamente a tu oficina.
Silencio.
—Sabías que estaba aquí.
—Recibí una llamada confusa.
—Entonces podrías haber preguntado mi nombre.
Daniel no respondió.
Aquella vacilación me dolió más que cualquier explicación.
Vanessa aprovechó el momento.
—¡Porque yo no sabía quién era!
Me giré hacia ella.
—Llevo diez años casada con el propietario de este hotel. ¿Y la gerente de recepción nunca ha visto una fotografía mía?
—Yo no tengo obligación de conocer su vida privada.
—Pero sí tienes suficiente confianza para llamarlo Daniel delante de todos.
Vanessa se quedó rígida.
El lobby volvió a quedar completamente silencioso.
Daniel la miró.
—Señor Foster —corrigió ella rápidamente.
Demasiado tarde.
Recordé cómo había corrido hacia él.
Cómo había tomado su brazo.
Cómo había sonreído esperando que él me humillara.
Aquello no parecía la confianza de una empleada con su jefe.
—Lucas —dije—, ¿puedes esperar aquí?
Mi hermano negó.
—No pienso dejarte sola.
—Estaré bien.
Me observó unos segundos y finalmente asintió.
Entonces miré a Daniel.
—Quiero subir al piso 68.
Su expresión cambió.
—¿Para qué?
Aquella pregunta confirmó mis sospechas.
—Porque es propiedad mía.
—Sofía, podemos hablar en casa.
—No quiero hablar en casa.
Me acerqué al ascensor.
—Quiero ver qué hay arriba.
Vanessa palideció.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
Y Margaret también.
—Señora Foster —dijo la abogada—, puedo acompañarla.
—Perfecto.
Daniel se interpuso.
—Esto está convirtiéndose en un espectáculo innecesario.
Lo miré fijamente.
—El espectáculo empezó cuando tu gerente rompió mi tarjeta y ordenó que me echaran de mi propio hotel.
Las puertas del ascensor se abrieron.

Entré.
Margaret me siguió.
Lucas también.
Después de unos segundos, Daniel entró con nosotros.
Vanessa intentó hacerlo.
—Tú te quedas —ordenó Daniel.
—Pero…
—He dicho que te quedes.
Las puertas se cerraron.
Mientras subíamos, nadie habló.
Piso 35.
Lucas permanecía junto a mí.
Daniel evitaba mirarme.
Cuando llegamos al 68, las puertas se abrieron sobre un corredor privado.
Nunca había estado allí.
Daniel siempre decía que aquel nivel contenía oficinas ejecutivas y habitaciones reservadas para reuniones importantes.
Pero apenas avancé unos metros, vi algo extraño.
Un par de zapatos femeninos junto a una puerta.
Después un bolso.
Y sobre una mesa había un ramo de rosas frescas.
Me detuve.
Daniel también.
—¿Qué es esto?
—Sofía…
Abrí la puerta.
Era un apartamento privado.
No una oficina.
Había ropa femenina en el sofá.
Perfume sobre una mesa.
Dos copas junto a una botella.
Y una fotografía.
La tomé.
Daniel y Vanessa aparecían juntos durante una cena.
Demasiado juntos.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Cuánto tiempo?
Daniel negó.
—No es lo que piensas.
—Nunca lo es.
Margaret comenzó a revisar discretamente algunos documentos que estaban sobre un escritorio.
Entonces frunció el ceño.
—Sofía.
Su tono hizo que todos nos volviéramos.
Tenía un contrato en las manos.
—¿Qué ocurre?
Margaret me mostró la primera página.
Era una autorización administrativa.
Mi firma aparecía al final.
La observé.
—Yo nunca firmé esto.
Daniel palideció.
Margaret pasó otra página.
Luego otra.
Había siete documentos.
Todos llevaban mi nombre.
Todos otorgaban facultades extraordinarias sobre determinadas operaciones del hotel.
Y ninguno había sido firmado por mí.
Alguien había falsificado mi firma.
Lucas cerró la puerta detrás de nosotros.
—Esto ya no es un problema matrimonial.
Daniel dio un paso hacia Margaret.
—Déjame verlos.
Ella apartó los papeles.
—No.
—Soy propietario.
—Y yo soy la abogada que redactó los documentos originales de esta sociedad. Estas firmas no coinciden con las que tengo archivadas.
Daniel me miró.
—Sofía, te juro que no sabía nada.
Quería creerle.
Una parte de mí todavía quería hacerlo.
Entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.
Vanessa estaba en la puerta.
Había subido por otro ascensor.
Su rostro ya no mostraba arrogancia.
Mostraba miedo.
—Daniel, tenemos que hablar.
Él avanzó hacia ella.
—¿Falsificaste la firma de mi esposa?
—No entiendes.
—Respóndeme.
Vanessa comenzó a llorar.
—Lo hice por nosotros.
El mundo pareció detenerse.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Por nosotros?
Vanessa comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
Me miró.
Después miró a Daniel.
—Yo…
Margaret recibió una llamada.
Contestó.
Su expresión cambió mientras escuchaba.
—Entiendo. No permitan que nadie retire nada.
Colgó.
—¿Qué sucede? —pregunté.
La abogada me miró directamente.
—El departamento financiero acaba de detectar transferencias realizadas utilizando esas autorizaciones falsas.
—¿Cuánto?
Margaret respiró profundamente.
—Más de doce millones.
Daniel se volvió hacia Vanessa.
—¿Dónde está el dinero?
Ella comenzó a retroceder.
—Puedo explicarlo.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?!
Vanessa chocó contra la pared.
Y entonces dijo algo que hizo que Daniel dejara de respirar.
—Pregúntale a tu hermano.
Daniel quedó petrificado.
—¿Qué tiene que ver Michael con esto?
Vanessa cerró los ojos.
Margaret volvió a mirar su teléfono.
—Sofía…
—¿Ahora qué?
Me mostró una alerta del sistema de seguridad.
Alguien acababa de acceder al estacionamiento privado utilizando una credencial ejecutiva.
El nombre registrado era Michael Foster.
Pero no estaba entrando.
Estaba huyendo.
Y según las cámaras, llevaba consigo un maletín negro perteneciente a la caja de seguridad privada de Daniel.
Mi esposo corrió hacia el ascensor.
Entonces Vanessa gritó desde atrás:
—¡Daniel, espera!
Él se volvió.
Vanessa estaba llorando.
—Antes de perseguirlo hay algo que tienes que saber.
Puso lentamente una mano sobre su vientre.
Y cuando habló, su voz apenas fue un susurro.
—Estoy embarazada… y Michael cree que el bebé es suyo.