PARTE 2: LA TRAICIÓN ESTABA DENTRO DE MI PROPIA FAMILIA.

Cuando desperté, ya no estaba bajo la lluvia.

Estaba acostada en una habitación privada de una clínica, con una venda pequeña sobre el labio y la muñeca inmovilizada.

Mi padre estaba sentado junto a la ventana.

Don Julián Salvatierra no parecía cansado, aunque su camisa seguía siendo la misma de la noche anterior.

Solo había algo diferente en él.

La mirada.

—¿Qué hora es? —pregunté.

—Las siete y veinte.

Intenté incorporarme.

—¿Arturo?

Mi padre dejó sobre la mesa una carpeta.

—Está aprendiendo cuánto cuesta construir un imperio con dinero ajeno.

Abrí la carpeta.

Había contratos, estados de cuenta y copias de transferencias.

—No entiendo.

—Durante seis años, Salvatierra Logística garantizó indirectamente cuatro de sus desarrollos inmobiliarios.

Lo miré sorprendida.

—¿Nosotros respaldamos sus proyectos?

—Tú los respaldaste.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Yo nunca firmé nada.

Mi padre guardó silencio.

Eso me asustó.

—Papá.

—Encontramos autorizaciones con tu firma.

—Entonces son falsas.

—Eso creemos.

Pasó una hoja hacia mí.

Reconocí inmediatamente mi nombre.

Camila Salvatierra de Beltrán.

La firma debajo parecía exactamente la mía.

Pero había un detalle.

Yo siempre añadía una pequeña línea debajo de la última letra cuando firmaba documentos financieros.

Aquella firma no la tenía.

—La falsificó.

Mi padre asintió.

—Y no una vez.

Sacó más documentos.

Cinco.

Nueve.

Doce.

Sentí que la habitación comenzaba a girar.

Arturo no solo había utilizado mis contactos.

Había convertido mi identidad en una llave para financiar su imperio.

—¿Cuánto?

Mi padre respondió sin suavizarlo.

—Ciento ochenta millones de pesos en operaciones vinculadas directa o indirectamente a garantías relacionadas contigo.

Me quedé sin palabras.

—Pero hay algo peor.

Lo miré.

—¿Qué?

Mi padre tomó otra carpeta.

Esta era más delgada.

—Tres meses antes de que muriera tu mamá, modificamos la estructura patrimonial de la familia.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué tiene que ver mamá con Arturo?

—Eso intento averiguar.

Abrió la carpeta.

Había una transferencia.

Fecha.

Cantidad.

Cuenta de destino.

Sentí un escalofrío.

—Esa cuenta…

—Sí.

La reconocía.

Pertenecía a Vanessa Ríos.

Diez millones de pesos habían salido de una sociedad vinculada al patrimonio de mi madre y terminado en una empresa administrada por la amante de mi esposo.

—No puede ser.

—La transferencia ocurrió hace cuatro años.

—Pero yo conocí a Vanessa hace apenas unos meses.

Mi padre me sostuvo la mirada.

—Tú la conociste hace unos meses.

La frase me golpeó más fuerte que cualquiera de las bofetadas de Arturo.

—¿Qué quieres decir?

Mi padre abrió su teléfono.

Me mostró una fotografía.

Arturo aparecía saliendo de un restaurante.

A su lado estaba Vanessa.

La imagen tenía fecha de seis años atrás.

El mismo año de nuestro quinto aniversario.

El mismo año en que Arturo me regaló aquella bata de seda que Vanessa había usado la noche anterior.

Sentí náuseas.

—Llevaban años juntos.

—Por lo menos seis.

Me cubrí la boca.

Todos aquellos viajes de negocios.

Las noches en hoteles.

Las reuniones interminables.

Las llamadas que contestaba fuera de casa.

De pronto cada excusa tenía otro significado.

Mi padre cerró la carpeta.

—Hay más.

—No quiero saber.

—Necesitas saberlo.

Sus palabras fueron firmes.

—Porque alguien dentro de nuestra familia ayudó a Arturo.

Levanté lentamente la cabeza.

—¿Dentro de nuestra familia?

Antes de que respondiera, la puerta se abrió.

Entró uno de los abogados de mi padre.

—Don Julián, tenemos problemas.

—Habla.

—Arturo presentó una denuncia.

Me incorporé.

—¿Contra quién?

El abogado me miró.

—Contra usted.

Sentí una risa amarga escaparse de mi boca.

—¿Por qué?

—Alega que usted robó documentos confidenciales de su residencia y que está utilizando la influencia de su padre para destruir ilegalmente sus empresas.

Mi padre ni siquiera parpadeó.

—Esperable.

—Eso no es lo grave.

El abogado dejó otra hoja sobre la mesa.

—Solicitó una medida judicial de emergencia para impedir que la señora Camila acceda a determinados bienes matrimoniales.

—¿Puede hacerlo? —pregunté.

—Puede intentarlo.

Mi padre cruzó los brazos.

—¿Qué está protegiendo?

El abogado respiró hondo.

—Una propiedad.

Colocó una fotografía sobre la cama.

Era una casa enorme en San Pedro Garza García.

Nunca la había visto.

—Está registrada mediante una sociedad —explicó—. Pero conseguimos rastrear los beneficiarios.

Miré la imagen.

—¿Vanessa?

El abogado negó.

—No.

Mi padre tomó el documento antes que yo.

Lo leyó.

Su expresión cambió.

Por primera vez aquella mañana vi algo parecido a sorpresa en su rostro.

—¿Qué pasa?

No contestó.

Le arrebaté la hoja.

Leí el nombre del beneficiario.

Y sentí que todo mi cuerpo se congelaba.

—No…

Mi voz salió rota.

La propiedad no estaba a nombre de Arturo.

Tampoco de Vanessa.

Estaba vinculada a una mujer que había compartido conmigo cumpleaños, funerales, Navidades y secretos desde que yo era niña.

Alguien que sabía perfectamente cuánto había sufrido durante mi matrimonio.

—Esto tiene que ser un error.

Mi padre negó lentamente.

—No lo es.

Antes de que pudiera formular otra pregunta, su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Era Arturo.

—No contestes —dije.

Pero mi padre activó el altavoz.

La voz de mi esposo llenó la habitación.

Extrañamente tranquila.

—Buenos días, don Julián.

Mi padre no respondió.

Arturo soltó una pequeña risa.

—Supongo que ya encontraron la casa.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

Hubo silencio.

Entonces Arturo habló directamente conmigo.

—Camila, siempre fuiste muy ingenua.

Apreté las sábanas entre los dedos.

—¿Quién te ayudó?

Arturo volvió a reír.

—Pregúntale a tu padre quién estuvo presente cuando tu madre cambió su testamento.

Miré a papá.

Él palideció.

—Arturo…

—Se acabaron las amenazas, viejo.

La llamada terminó.

Mi padre se levantó inmediatamente.

—Necesito ver el testamento original.

El abogado salió detrás de él.

Yo permanecí sola apenas unos segundos.

Entonces mi teléfono vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

Había un mensaje.

Una fotografía.

La abrí.

Vanessa estaba sentada dentro de aquella casa desconocida.

Pero no estaba sola.

A su lado aparecía una mujer.

Una mujer de mi propia familia.

Y debajo de la fotografía había una frase.

“TU MADRE DESCUBRIÓ TODO ANTES DE MORIR.”

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