PARTE 2: LA TRAMPA YA ESTABA CERRADA.

Rodrigo tardó exactamente cuarenta y tres segundos en volver a llamarme.

No contesté.

Llamó otra vez.

Después otra.

A la quinta llamada, Valeria levantó la vista desde su computadora.

—Déjalo hablar.

Activé el altavoz.

—Isabel, escucha bien. No sabes con quién te estás metiendo.

—Sí lo sé, Rodrigo. Estuve casada contigo once años.

Hubo un silencio.

—Vuelve a casa con Mateo.

—No.

—Es mi hijo.

—Y está conmigo, seguro.

Su respiración se volvió pesada.

—Te vas a arrepentir.

Valeria tomó una hoja y escribió dos palabras.

Sigue hablando.

Comprendí.

Rodrigo estaba haciendo exactamente lo que necesitábamos: dejar registro de cada amenaza.

—¿Eso también quieres decírselo al juez?

Silencio.

Entonces cambió de estrategia.

—Podemos arreglar esto.

Casi sonreí.

Una hora antes yo era una inútil que no tenía dónde correr.

Ahora quería negociar.

—Ya lo estamos arreglando.

Colgué.

Valeria cerró la computadora.

—Bien. Ahora viene la parte difícil.

—¿Cuál?

—Esperar a que entre en pánico.

No tuvimos que esperar mucho.

A las seis y doce recibimos la primera alerta bancaria.

Rodrigo intentaba transferir cuatro millones de pesos desde una cuenta corporativa hacia una empresa llamada CR Estrategias Integrales.

Las iniciales eran demasiado evidentes.

Camila Rivas.

Pero la transferencia quedó retenida.

Mi padre había conservado derechos especiales sobre ciertas acciones de Salazar Infraestructura, y después de su muerte esos derechos habían pasado a mí.

Rodrigo nunca se molestó en leer los anexos.

Yo sí.

Valeria había solicitado aquella mañana una medida preventiva sobre movimientos extraordinarios mientras se investigaban posibles irregularidades.

A las seis y diecinueve llegó una segunda alerta.

A las seis y veintiséis, una tercera.

Rodrigo estaba intentando sacar dinero por todas partes.

—Está asustado —dije.

—No —respondió Valeria—. Está huyendo.

Entonces mi teléfono recibió un mensaje de un número desconocido.

“Señora Isabel, no confíe en Camila. Ella tampoco trabaja sola.”

Debajo había una fotografía.

La abrí.

Sentí un escalofrío.

Camila estaba sentada en un restaurante con Héctor Aranda.

Frente a ellos había un tercer hombre.

Lo reconocí inmediatamente.

Arturo Salazar, hermano mayor de Rodrigo.

—Valeria.

Le mostré la pantalla.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo fue tomada?

—Hace dos semanas.

Amplió la imagen.

Sobre la mesa aparecía una carpeta con el logotipo de Salazar Infraestructura.

—Esto no es solo una aventura —murmuró.

Yo ya había llegado a la misma conclusión.

Durante meses había creído que Rodrigo utilizaba a Camila para esconder dinero.

Pero quizá era al revés.

Quizá alguien estaba utilizando a Rodrigo.


A la mañana siguiente, Valeria recibió una llamada de la fiscalía.

Héctor Aranda llevaba meses bajo investigación por una red de contratos inflados.

Varias empresas proveedoras de Salazar Infraestructura aparecían también en aquella investigación.

Pero había algo peor.

Una de las facturas fraudulentas llevaba mi firma.

Me quedé helada.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé —dijo Valeria.

Sacó una copia ampliada.

La firma se parecía muchísimo a la mía.

Demasiado.

—Rodrigo estaba preparando el terreno —continuó—. Si la investigación llegaba a la empresa, quería que los documentos apuntaran hacia ti.

Recordé entonces sus palabras.

“Si algún día me dejas, te vas con lo que traías cuando llegaste: nada.”

Ahora comprendía que no hablaba únicamente del divorcio.

Rodrigo había planeado dejarme sin dinero, sin reputación y posiblemente convertirme en la responsable de sus delitos.

Sentí rabia.

Pero debajo de ella apareció algo mucho más frío.

Claridad.

—¿Qué hacemos?

Valeria sonrió apenas.

—Dejamos que crea que todavía no sabemos nada.


Rodrigo apareció esa tarde en la oficina de Valeria.

No venía solo.

Su madre, doña Mercedes Salazar, caminaba detrás de él.

Entraron sin pedir permiso.

—Quiero ver a mi nieto —exigió Mercedes.

—Mateo está bien —respondí.

—Le estás quitando a su padre.

Me levanté.

—Estoy protegiéndolo de una situación que ustedes todavía no comprenden.

Rodrigo golpeó la mesa.

—¡Basta!

Valeria se puso de pie.

—Señor Salazar, si vuelve a golpear un mueble en mi oficina, la reunión termina.

Rodrigo la ignoró.

Me miró directamente.

—Retira la demanda.

—No.

—Te daré la casa.

—No.

—Cinco millones.

Mercedes abrió los ojos.

Yo permanecí inmóvil.

—Diez —dijo Rodrigo.

—No quiero tu dinero.

—Entonces, ¿qué quieres?

Saqué una carpeta.

La coloqué frente a él.

Dentro estaban las copias de las facturas con mi firma falsificada.

El rostro de Rodrigo perdió el color.

—Quiero saber por qué intentaste convertirme en tu chivo expiatorio.

Mercedes tomó una hoja.

—¿Qué es esto?

Rodrigo se la arrancó de las manos.

—No significa nada.

—Entonces explícala.

—Son documentos internos.

—Con mi firma.

Su mandíbula se tensó.

Por primera vez, su madre lo miró con verdadera desconfianza.

—Rodrigo…

—¡Cállate, mamá!

El silencio fue brutal.

Mercedes retrocedió.

Nunca había visto a su hijo hablarle así.

Yo sí había visto aquel rostro antes.

Era el rostro que aparecía cuando Rodrigo sentía que perdía el control.

—¿Camila sabe que falsificaste mi firma? —pregunté.

Sus ojos se movieron apenas.

Fue suficiente.

Valeria también lo notó.

—Entonces sí lo sabe —dijo.

Rodrigo se levantó.

—Esta conversación terminó.

—Todavía no.

Saqué mi teléfono.

Le mostré la fotografía de Camila, Héctor y Arturo.

Rodrigo dejó de respirar.

—¿De dónde sacaste eso?

No respondí.

Miró nuevamente la imagen.

—Arturo…

Mercedes se acercó.

—¿Qué hace tu hermano con esa mujer?

Rodrigo parecía incapaz de escucharla.

Marcó un número.

Nadie respondió.

Volvió a marcar.

Nada.

Después llamó a Camila.

Buzón de voz.

Su expresión pasó de la rabia a algo parecido al miedo.

—No puede ser.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Rodrigo guardó silencio.

Entonces su teléfono vibró.

Leyó el mensaje.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Qué pasó? —preguntó Mercedes.

Rodrigo levantó lentamente la mirada.

—Las cuentas están vacías.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué cuentas?

—Las reservas de la empresa.

Sacó las llaves del automóvil.

—Ciento ochenta millones.

Mercedes soltó un grito ahogado.

—¿Desaparecieron?

Rodrigo ya caminaba hacia la puerta.

—Arturo.

Entonces lo entendí.

Mientras Rodrigo intentaba esconder unos cuantos millones, alguien había vaciado el verdadero tesoro.

Y probablemente llevaba meses preparándolo.

Mi teléfono sonó.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Señora Villaseñor?

Era una voz masculina.

—Sí.

—Mi nombre no importa. Trabajé para Héctor Aranda y tengo algo que pertenecía a su padre.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Mi padre murió hace seis años.

—Lo sé.

Valeria me observó inmediatamente.

—¿Qué tiene?

El hombre respiró profundamente.

—Un archivo que don Ernesto me ordenó entregar únicamente si algún día Salazar Infraestructura era investigada.

Miré a Rodrigo.

Él también había escuchado.

Su rostro se volvió blanco.

—¿Qué archivo? —pregunté.

La respuesta llegó lentamente.

—La prueba de que su padre descubrió el fraude años antes de morir… y el nombre de la persona que intentó silenciarlo.

Rodrigo dio un paso hacia mí.

—Isabel, cuelga.

Me quedé mirándolo.

Su miedo acababa de decirme más que cualquier confesión.

Apreté el teléfono contra mi oído.

—Dígame el nombre.

Hubo unos segundos de silencio.

Entonces el desconocido respondió:

—No puedo hacerlo por teléfono. Pero debe venir sola. Y, señora Villaseñor… no le diga a Rodrigo dónde vamos a encontrarnos.

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