Parte 2: LOS SIETE RESULTADOS

El sobre llegó a la boda a las once y veinte de la mañana.

Adrian estaba frente al espejo de la suite presidencial cuando su padrino se lo entregó.

—No tiene remitente.

Adrian reconoció mi letra antes de abrirlo.

Se quedó inmóvil.

Dentro encontró cuatro certificados.

Leyó el primero.

Después el segundo.

Al llegar al cuarto, sus manos ya temblaban.

Probabilidad de paternidad: 99,99 %.

Cuatro veces.

Cuatro niños.

Sus hijos.

Debajo estaba mi nota.

“Felicidades por tu boda, Adrian.

Pensé que era hora de que conocieras a los hijos que tu familia compró por doscientos millones de dólares.”

—¿Qué demonios…? —susurró.

En ese instante, alguien golpeó la puerta.

Victor Cole entró acompañado por su esposa.

—Adrian, quedan veinte minutos. Vivian está…

Entonces vio los documentos.

—¿Qué es eso?

Adrian levantó lentamente la cabeza.

—Cuatro hijos.

Victor frunció el ceño.

—¿Qué?

Adrian le lanzó los certificados sobre la mesa.

Elena estaba embarazada cuando la echaste de nuestra familia.

Su madre se llevó una mano a la boca.

Victor leyó los informes.

Por primera vez, el hombre que había intimidado consejos de administración enteros perdió el color.

—Esto puede ser falso.

—Son de un laboratorio acreditado.

—Entonces exigiremos nuevas pruebas.

Adrian soltó una carcajada amarga.

—¿Eso es lo único que puedes decir?

—Te protegí.

—¿Protegiste qué?

Adrian señaló los documentos.

—¡Sacaste de mi casa a la mujer que llevaba a mis cuatro hijos!

—Nadie sabía que estaba embarazada.

—Yo debería haberlo sabido.

Aquella frase dejó la habitación en silencio.

Adrian bajó la mirada.

Porque finalmente comprendía que el problema nunca había sido únicamente su padre.

Él me había dejado firmar.

Él había permanecido sentado junto a Vivian mientras yo desaparecía.

Y durante dos años apenas había intentado encontrarme.

Entonces se abrió la puerta.

Vivian apareció vestida de novia.

—¿Qué está pasando?

Nadie respondió.

Ella vio los certificados.

Y su expresión cambió.

Solo durante un segundo.

Pero Adrian lo notó.

—Tú sabías algo.

—¿Qué?

—No pareces sorprendida.

Vivian palideció.

—Claro que estoy sorprendida.

Antes de que Adrian pudiera insistir, otro empleado apareció.

—Señor Cole, acaba de llegar otro sobre.

Victor levantó la cabeza.

—¿Otro?

Esta vez el remitente figuraba claramente.

Laboratorio Genético Whitmore.

Vivian dejó caer el ramo.

Adrian la miró.

—¿Por qué estás asustada?

—No lo estoy.

Victor abrió el sobre.

Había tres resultados.

Tres nombres.

Los trillizos de Vivian.

Adrian tomó la primera hoja.

Leyó.

Después la segunda.

Después la tercera.

Su rostro quedó completamente vacío.

Paternidad excluida.

En los tres casos.

—No —dijo Vivian.

Adrian levantó la mirada.

—Los niños no son míos.

—Ese laboratorio está equivocado.

—Tres veces.

—¡Alguien manipuló las muestras!

Entonces una voz habló desde la puerta.

—No fueron manipuladas.

Todos se giraron.

Era Serena.

Mi amiga.

La mujer que dos años antes había descubierto cuatro pequeños latidos en una pantalla.

—¿Quién es usted? —preguntó Victor.

—La doctora Serena Hayes.

Miró a Vivian.

—Y fui yo quien solicitó la comparación después de detectar una irregularidad.

Vivian retrocedió.

—No tiene derecho.

—Las muestras fueron obtenidas dentro de una investigación autorizada relacionada con documentación médica falsificada.

Adrian frunció el ceño.

—¿Documentación falsificada?

Serena sacó una carpeta.

—Cuando Elena me contó cómo ocurrió el divorcio, hubo algo que nunca me convenció.

Miró directamente a Vivian.

Un embarazo de trillizos confirmado con demasiada rapidez y utilizado inmediatamente para modificar una estructura patrimonial multimillonaria.

Victor endureció el rostro.

—Explíquese.

—Los informes médicos presentados a la familia Cole fueron alterados.

Vivian empezó a llorar.

—¡Es mentira!

—No.

Serena colocó un documento sobre la mesa.

—Vivian sí estaba embarazada. Pero las fechas reales de gestación demostraban que Adrian no podía ser el padre.

Adrian pareció quedarse sin aire.

—Entonces ¿de quién son?

Serena negó con la cabeza.

—Eso tendrá que preguntárselo a ella.

Todos miraron a Vivian.

Ella guardó silencio.

Victor dio un paso.

—¿Quién es el padre?

—No importa.

—¡Claro que importa!

—¡Dije que no importa!

Y entonces Adrian comprendió algo.

—Mi padre te pagó.

Vivian lo miró.

—¿Qué?

—Elena recibió doscientos millones para desaparecer.

Se acercó.

—¿Cuánto recibiste tú para aparecer?

Vivian perdió el color.

Victor se volvió hacia su hijo.

—Adrian.

Aquello bastó.

Adrian miró a su padre.

—Tú sabías que existían dudas.

Victor no contestó.

—¿Lo sabías?

Su madre comenzó a llorar.

—Adrian, tu padre solo quería asegurar la descendencia de la familia.

—¿Con hijos que ni siquiera eran míos?

Victor golpeó la mesa.

—¡Necesitábamos sacar a Elena!

Silencio.

Adrian se quedó petrificado.

—¿Por qué?

Victor comprendió que había hablado demasiado.

Serena lo observó.

—Creo que debería decírselo.

—Usted no sabe nada.

—Sé bastante.

Sacó otro documento.

—El abuelo de Elena no era simplemente un empresario retirado.

Victor cerró los ojos.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver el abuelo de Elena?

Serena respondió:

—Antes de morir, poseía discretamente acciones de Cole International a través de varios fondos.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Cuántas?

—El veintidós por ciento.

Victor se sentó.

Serena continuó:

—Esas acciones pasaron a Elena.

Adrian miró a su padre.

—Por eso querías el divorcio.

—No.

—Querías separarla de mí antes de que descubriera que era una de nuestras mayores accionistas.

Victor no respondió.

Y su silencio fue una confesión.


Tres días después, Adrian llegó a Long Island.

Yo estaba en el jardín cuando vi su coche.

Mis cuatro hijos jugaban cerca del mar.

Adrian bajó.

Los vio.

Se detuvo.

Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre no encontró palabras.

Uno de los niños corrió hacia mí.

—¡Mamá!

Adrian cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.

—Son míos.

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque cuando tuve oportunidad de hacerlo estabas abrazando a la mujer que creías que llevaba a tus hijos.

Bajó la cabeza.

—Lo siento.

—Lo sé.

—Cancelé la boda.

—También lo sé.

—Vivian confesó. Mi padre conocía las dudas sobre la paternidad y aun así utilizó el embarazo para apartarte.

Lo miré.

—Eso no cambia lo que hiciste tú.

Adrian asintió.

—No vine a pedirte que vuelvas.

Aquello me sorprendió.

—Vine a pedirte permiso para conocerlos.

Miré a nuestros hijos.

—Podrás hacerlo.

Adrian levantó la cabeza.

—Pero despacio. Y bajo mis condiciones.

—Las que quieras.

Entonces saqué una carpeta.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La junta extraordinaria de Cole International es mañana.

Adrian me miró fijamente.

—¿Vas a asistir?

Sonreí.

—No.

Su expresión mostró confusión.

—Entonces…

Voy a presidirla.

Adrian dejó de respirar.

—¿Qué has hecho?

—Los doscientos millones de tu padre resultaron ser una inversión excelente.

Me acerqué.

—Compré acciones durante dos años.

—¿Cuántas tienes?

—Sumadas a las que heredé…

Hice una pausa.

—El treinta y ocho por ciento.

Adrian palideció.

—Elena…

—Mañana tu padre descubrirá algo que debería haber aprendido antes de ponerme aquel cheque delante.

Sonreí.

Nunca pagues una fortuna para expulsar a una mujer sin comprobar primero si estás financiando a la persona que terminará comprando tu silla.

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