PARTE 2: NADIE TOCA A LA ESPOSA DE ADRIAN BLACKWOOD.

A la mañana siguiente, Claire despertó pensando que lo ocurrido durante la noche había sido un sueño.

Pero Adrian seguía allí.

Sentado al borde de la cama, con la camisa arremangada y el teléfono entre los dedos, hablaba con alguien en voz baja.

—Quiero un médico aquí antes de treinta minutos.

Claire se incorporó sobresaltada.

—No hace falta.

Adrian colgó.

—Eso lo decidirá el médico.

—Adrian, estoy mejor.

Él la miró fijamente.

—Anoche apenas podías caminar.

Claire bajó la mirada.

—Estoy acostumbrada.

Aquellas dos palabras hicieron que su expresión cambiara.

—Ese es exactamente el problema.

Una hora después, el médico confirmó que Claire no corría peligro. Necesitaba descanso, comida adecuada y dejar de ignorar el dolor hasta que se volviera insoportable.

Adrian permaneció en silencio durante toda la consulta.

Pero cuando el médico mencionó que Claire parecía estar por debajo del peso esperado para una mujer de su edad, su mandíbula se tensó.

—¿No comías bien en casa de los Bennett?

Claire se quedó inmóvil.

—Comía.

—No fue lo que pregunté.

Ella jugueteó nerviosamente con el borde de la manta.

—A veces había invitados. Pensaba que era mejor esperar.

Adrian entrecerró los ojos.

—¿Esperar qué?

Claire tardó demasiado en responder.

—A que terminaran.

El silencio se volvió helado.

Adrian comprendió perfectamente.

En una mansión con cocineros, despensas llenas y cenas capaces de alimentar a cincuenta personas, Claire había aprendido a esperar hasta que los demás terminaran para saber si podía comer.

No porque faltara comida.

Porque le habían enseñado que ella ocupaba el último lugar.

Adrian se levantó.

—¿Adónde vas?

—A trabajar.

Claire sintió un extraño alivio.

Pero antes de salir, él se volvió hacia el mayordomo.

—Desde hoy, la señora Blackwood come cuando quiera, donde quiera y lo que quiera. Nadie espera mi autorización.

—Por supuesto, señor.

Adrian miró nuevamente a Claire.

—Y si alguien le hace sentir lo contrario, quiero saberlo.

La puerta se cerró.

Claire no vio la expresión que llevaba al salir.

El mayordomo sí.

Y sintió lástima por los Bennett.


Aquella misma tarde, Adrian recibió un informe de cuarenta y siete páginas.

No había pedido investigar los negocios de los Bennett.

Había pedido investigar cómo habían tratado a Claire.

Lo que encontró consiguió algo que muy pocas personas habían logrado.

Hacerlo perder la calma.

Claire había llegado a aquella familia siendo una niña debido a un error hospitalario descubierto años después. Cuando apareció la hija biológica de los Bennett, todos esperaron que Claire simplemente desapareciera.

Pero expulsarla habría provocado un escándalo social.

Así que permitieron que se quedara.

Solo que dejó de ser una hija.

Su dormitorio fue trasladado al ala de invitados.

Sus gastos fueron reducidos.

Su lugar en actos familiares desapareció.

Y cuando Blackwood Holdings propuso una alianza matrimonial con los Bennett, la familia encontró la solución perfecta.

Enviaron a Claire porque no querían arriesgar a su verdadera hija casándola con un hombre al que consideraban peligroso.

Adrian cerró lentamente la carpeta.

Su asistente permaneció en silencio.

—¿Ellos sabían cuál era mi reputación?

—Sí.

—¿Y aun así la enviaron?

—Sí, señor.

Adrian soltó una risa sin humor.

De repente comprendió muchas cosas.

Por qué Claire temblaba cuando él elevaba ligeramente la voz.

Por qué jamás pedía dinero.

Por qué agradecía incluso las cosas más pequeñas.

Y por qué aquella primera noche había aceptado sus palabras sin defenderse.

Ella no había intentado conquistar su fortuna.

Había llegado a su matrimonio convencida de que también podía ser expulsada de allí.

El teléfono de Adrian sonó.

Era Margaret Bennett.

Contestó.

—Señor Blackwood, espero no molestarlo.

—Hable.

—Queríamos invitarlo a cenar esta noche. Sophia regresó de Europa y nos encantaría que finalmente conociera a nuestra hija.

Nuestra hija.

Adrian miró el expediente de Claire.

—¿Y Claire?

Hubo una pausa.

—Bueno… Claire puede acompañarlo, naturalmente.

Su tono lo dijo todo.

Claire era el añadido.

Adrian sonrió lentamente.

—Estaremos allí.


Cuando Claire escuchó que irían a casa de los Bennett, palideció.

—¿Tenemos que ir?

Adrian levantó la vista.

Era la primera vez que ella cuestionaba una decisión suya.

—¿No quieres?

Claire respondió demasiado rápido.

—No importa.

—A mí sí.

Ella permaneció callada.

Finalmente susurró:

—Preferiría quedarme aquí.

Adrian dejó el documento que estaba leyendo.

—Entonces nos quedamos.

Claire parpadeó.

—¿Qué?

—No iremos.

—Pero ya aceptaste.

—Cambiaré de opinión.

—Se enfadarán.

Adrian se acercó hasta quedar frente a ella.

—Claire, mírame.

Ella levantó lentamente los ojos.

—Ya no vives bajo las reglas de los Bennett.

Su voz fue tranquila.

—Si no quieres entrar en esa casa, nadie volverá a obligarte.

Claire sintió que algo se quebraba dentro de ella.

Durante toda su vida, nadie le había preguntado qué quería.

Y aquel hombre, al que todos describían como despiadado, acababa de hacerlo parecer sencillo.

Sin embargo, después de unos segundos negó con la cabeza.

—Iré.

Adrian frunció el ceño.

—¿Por qué?

Claire respiró profundamente.

—Porque hay algunas cosas que todavía están allí.

—¿Qué cosas?

—Las cartas de mi madre biológica.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Las tienen ellos?

Claire asintió.

—La señora Bennett dijo que me las devolvería cuando considerara que había aprendido a ser agradecida.

El rostro de Adrian perdió cualquier rastro de emoción.

—¿Cuánto tiempo llevan reteniéndolas?

—Seis años.

Fue entonces cuando Claire comprendió que quizá había dicho demasiado.


Llegaron a la mansión Bennett a las ocho.

Margaret recibió a Adrian con una sonrisa enorme.

—¡Adrian! Qué alegría.

Después miró a Claire.

Su sonrisa disminuyó.

—Claire. Espero que hayas aprendido a comportarte correctamente en casa de tu esposo.

Claire bajó automáticamente la cabeza.

Adrian lo vio.

—Se comporta perfectamente.

Margaret rio nerviosamente.

—Claro. Solo bromeaba.

Sophia apareció bajando las escaleras.

Era hermosa, elegante y llevaba un vestido que costaba más que todo el guardarropa que Claire había tenido antes de casarse.

—Así que usted es Adrian Blackwood.

Sophia sonrió.

—He escuchado muchísimo sobre usted.

Adrian apenas la miró.

—Yo también he escuchado bastante sobre esta familia.

Margaret no percibió la advertencia.

Durante la cena, Claire apenas habló.

Hasta que uno de los sirvientes colocó frente a ella un plato diferente.

Claire lo observó confundida.

—¿Por qué no tengo lo mismo?

Margaret respondió tranquilamente:

—Sabes que siempre has tenido el estómago delicado.

Claire bajó la mirada.

Adrian observó ambos platos.

El suyo contenía salmón, verduras y arroz.

El de Claire era poco más que una pequeña porción de sopa.

—Cámbialos —ordenó.

El sirviente se congeló.

—Señor…

—Dale a mi esposa lo mismo que a todos.

Margaret suspiró.

—Adrian, Claire siempre ha sido complicada con la comida.

Claire apretó los dedos bajo la mesa.

Adrian dejó los cubiertos.

—Curioso.

Toda la mesa quedó en silencio.

—Esta mañana un médico me explicó algo diferente.

Margaret palideció.

—¿Un médico?

—Sí.

Adrian se reclinó en la silla.

—También recibí un informe bastante interesante sobre los últimos quince años de la vida de mi esposa.

El padre de Claire dejó lentamente su copa.

—¿Qué clase de informe?

Adrian sonrió.

Pero Claire ya había aprendido algo sobre aquella sonrisa.

Cuando aparecía, alguien estaba a punto de arrepentirse de haberlo provocado.

—Uno que explica por qué ustedes enviaron a Claire a casarse conmigo en lugar de Sophia.

Margaret se puso rígida.

—Eso fue una decisión familiar.

—No.

Adrian la interrumpió.

—Fue una forma elegante de deshacerse de ella.

Claire levantó la cabeza.

—Adrian…

Él tomó su mano bajo la mesa.

—No tienes que defenderlos.

Margaret perdió finalmente la paciencia.

—¡Después de todo lo que hicimos por ella!

Claire se estremeció.

Adrian apretó suavemente su mano.

—¿Qué hicieron exactamente?

—¡La criamos! ¡Le dimos nuestro apellido! ¡Vivió bajo nuestro techo aunque descubrimos que ni siquiera era nuestra hija!

El silencio fue absoluto.

Los ojos de Claire comenzaron a humedecerse.

Adrian se levantó lentamente.

—Devuélvanle las cartas.

Margaret parpadeó.

—¿Qué?

—Las cartas de su madre. Ahora.

El padre de Claire intervino.

—Esas cartas pertenecen a un asunto privado de nuestra familia.

Adrian lo miró.

—Claire es mi familia.

Aquella frase dejó a todos inmóviles.

Margaret intentó protestar.

—No puedes venir a nuestra casa y dar órdenes.

Adrian sacó su teléfono.

—Tiene razón.

Marcó un número.

—Entonces daré mis órdenes desde fuera.

Claire lo miró confundida.

—Adrian, ¿qué estás haciendo?

Él no respondió.

Su asistente contestó.

—Cancela todas las líneas de crédito que Blackwood Holdings mantiene con Bennett Corporation. Suspende los contratos pendientes y solicita una auditoría completa de nuestras inversiones conjuntas.

El padre de Claire se levantó de golpe.

—¡¿Has perdido la cabeza?!

Adrian terminó la llamada.

—Probablemente.

Después miró a Margaret.

—Tiene cinco minutos para traer las cartas de mi esposa.

Margaret palideció.

Pero Sophia, que había permanecido extrañamente silenciosa durante toda la discusión, dejó caer su copa.

El cristal se rompió contra el suelo.

Claire la miró.

Sophia estaba temblando.

—Mamá… —susurró—. Dáselas.

Margaret se volvió hacia ella.

—Cállate.

—Tiene derecho a saberlo.

Claire sintió que el corazón se detenía.

—¿Saber qué?

Sophia comenzó a llorar.

Margaret se levantó bruscamente.

—¡No digas una palabra!

Pero ya era demasiado tarde.

Sophia miró directamente a Claire.

—Las cartas nunca estuvieron guardadas para castigarte. Mamá las escondió porque tu madre descubrió algo sobre tu nacimiento antes de morir.

Claire sintió que la habitación comenzaba a girar.

Adrian se colocó inmediatamente a su lado.

—¿Qué descubrió?

Sophia abrió la boca.

Margaret intentó detenerla.

Pero Sophia pronunció las palabras que cambiaron todo.

—Que el intercambio de bebés en el hospital no fue un accidente.

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