Me quedé mirando la pantalla del teléfono de Adrian.
La fotografía era imposible.
Yo conocía aquella habitación.
Era nuestro dormitorio.
Y la foto parecía haber sido tomada desde el lado de Adrian de la cama mientras yo dormía.
—¿Cuándo tomó esto?
Noah tragó saliva.
—Según los datos del teléfono, dos horas antes del accidente.
Sentí que algo dentro de mí se tensaba.
—Pero Adrian me dijo que esa noche estaba en una reunión.
—Eso también creíamos.
Le devolví el teléfono.
—Ya no es asunto mío.
Intenté entrar en el ascensor.
Noah puso una mano entre las puertas.
—Hay otra cosa.
Suspiré.
—Noah, estamos divorciados desde hace veinticuatro horas. Déjame disfrutarlo al menos una semana.
—El médico dijo que los recuerdos pueden regresar asociados a emociones intensas.
—Excelente. Que mire fotografías de su infancia.
—Solo reacciona cuando escucha su nombre.
—¿Su nombre?
Noah negó con la cabeza.
—El suyo.
Las puertas se cerraron antes de que pudiera responder.
Decidí olvidar el asunto.
Esa noche salí con mi mejor amiga, Lily.
Pedimos el postre más caro del restaurante y brindamos por mi nueva vida.
—Por Claire Reed… —dijo Lily.
—Morgan.
—¿Qué?
—Volví a usar mi apellido.
Ella levantó ambas manos.
—¡Por Claire Morgan, entonces! Mujer libre, multimillonaria y oficialmente sin un marido respirándole en la nuca.
Chocamos las copas.
Yo estaba riendo cuando alguien se sentó en la mesa de enfrente.
Mi sonrisa desapareció.
Adrian.
Traje negro.
Expresión helada.
Mirándome fijamente.
Lily casi se atragantó.
—¿No había perdido la memoria?
—Eso dice.
Adrian permaneció allí durante diez minutos.

No pidió nada.
Finalmente me levanté y caminé hacia él.
—¿Qué haces?
—Cenando.
Miré su mesa vacía.
—¿Con el aire?
Frunció el ceño.
—Quería comprobar algo.
—¿Qué?
Sus ojos descendieron hasta mi vestido y regresaron a mi rostro.
—Desde que desperté del accidente siento algo extraño cuando pienso en ti.
Mi corazón dio un salto desagradable.
—Consúltalo con un neurólogo.
Me giré.
Él habló detrás de mí.
—Cuando ese hombre te pidió tu número hace cinco minutos, quise romperle la mano.
Me detuve.
Adrian parecía tan confundido como yo.
—No recuerdo amarte —dijo—. Pero mi cuerpo parece recordar que eres mía.
Volví sobre mis pasos.
—Primero: no soy tuya. Segundo: precisamente por frases como esa celebré nuestro divorcio.
Por primera vez, Adrian perdió aquella expresión fría.
—¿Era tan malo?
Lo miré.
—Peor.
Aquella noche pensé que por fin había conseguido asustarlo.
A la mañana siguiente encontré frente a mi apartamento seis guardaespaldas.
En medio estaba Noah, avergonzado.
—¿Qué significa esto?
—El señor Reed dice que no confía en la seguridad del edificio.
Cerré los ojos.
El monstruo posesivo había perdido la memoria.
Sus hábitos, aparentemente, no.