PARTE 2: YA NO TE ESTÁBAMOS ESPERANDO

Carlos se quedó inmóvil al verme.

Laura también.

Él todavía la sostenía en brazos, mientras ella rodeaba su cuello con ambas manos.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Entonces Carlos la dejó en el suelo.

—¿Qué haces aquí?

Miré a mi hija dormida en el cochecito.

—Su revisión.

Su mirada bajó hacia la bebé.

Era la primera vez que veía a su propia hija.

Esperé alguna reacción.

Una sonrisa.

Una pregunta.

Un gesto de emoción.

Nada.

Solo frunció el ceño.

—Te dije que vendría a buscarte.

—Son las cuatro de la tarde.

Carlos apartó la mirada.

Laura se apresuró a intervenir.

—No lo culpes. Mi herida de la cesárea empezó a doler muchísimo y Carlos tuvo que traerme.

Cesárea.

Entonces comprendí por qué estaban allí.

Miré su vientre.

Después recordé aquella publicación.

«Pesa 3,3 kilos, la madre y el bebé están perfectamente».

La pulsera de amatista.

Los vídeos.

El bebé en brazos de Carlos.

—¿Es tuyo?

Carlos palideció.

Laura guardó silencio.

No necesitaba más respuesta.

Sentí algo extraño.

No dolor.

Alivio.

Como si finalmente hubiera aparecido la última pieza de un rompecabezas que llevaba meses negándome a completar.

—Entiendo.

Empujé el cochecito hacia la salida.

Carlos me agarró del brazo.

—Espera.

Me solté.

—No me toques.

—Podemos hablarlo en casa.

—Ya no tenemos nada que hablar.

Su rostro se endureció.

—¿Otra vez con dramas?

Lo miré.

—Tú llevas semanas jugando a ser padre del hijo de otra mujer mientras ignoras a tu hija recién nacida.

Señalé el cochecito.

—Ni siquiera sabes cómo se llama.

Carlos abrió la boca.

Pero no salió ninguna palabra.

Porque era verdad.

Nunca me lo había preguntado.

Laura murmuró:

—Carlos ha estado bajo mucha presión…

Me reí.

—Qué curioso.

La miré directamente.

—Para tu hijo sí tuvo tiempo.

El rostro de Carlos cambió.

—No metas al niño en esto.

Aquella frase terminó de convencerme.

Protegía inmediatamente al hijo de Laura.

A nuestra hija ni siquiera la había mirado durante sus primeras dos semanas de vida.

Saqué una carpeta del bolso del cochecito.

La llevaba preparada desde la clínica.

Se la entregué.

—¿Qué es esto?

—Lo que llevas meses pidiendo.

Carlos abrió la carpeta.

Su expresión se congeló.

Solicitud de divorcio.

—¿Estás loca?

—No.

—Acabas de dar a luz.

—Precisamente.

Lo miré con una tranquilidad que pareció enfurecerlo todavía más.

—Convertirme en madre me hizo entender que no quiero que mi hija crezca pensando que esto es amor.

Carlos rompió la primera hoja.

—No voy a firmar.

—No necesito tu permiso para solicitarlo.

Me marché.

Aquella misma noche regresé a casa acompañada por mi hermano.

Carlos apareció dos horas después.

Llegó furioso.

—¿Dónde están tus cosas?

—Fuera.

—¿Y las de la niña?

—También.

Me miró incrédulo.

Durante años había utilizado el divorcio para asustarme.

Nunca imaginó que algún día yo aceptaría.

—¿De verdad vas a destruir nuestra familia por Laura?

—No.

Cogí el último bolso.

—Tú la destruiste cuando decidiste que tu esposa podía dar a luz sola mientras tú celebrabas el nacimiento de otro bebé.

Entonces Carlos soltó algo que no esperaba.

—Ese niño no es mío.

Me detuve.

—¿Qué?

Carlos se pasó una mano por el rostro.

—Su padre desapareció cuando supo del embarazo. Laura estaba sola.

Lo observé en silencio.

Aquello no mejoraba nada.

Lo empeoraba.

—Entonces abandonaste a tu propia hija para interpretar voluntariamente el papel de padre de otro bebé.

Carlos no respondió.

—Gracias por aclararlo.

Pasé junto a él.

—Ahora estoy todavía más segura.

Durante las semanas siguientes intentó llamarme.

Primero enfadado.

Después suplicando.

Luego volvió a amenazar.

No respondí.

Hasta que recibió la citación formal.

Entonces apareció en casa de mi madre.

—Quiero ver a mi hija.

—Puedes verla.

Se quedó desconcertado.

Probablemente esperaba que utilizara a la niña para castigarlo.

Nunca lo haría.

—Pero tendrás que aprender a ser su padre —añadí—. No cuando Laura no te necesite. No cuando estés aburrido. No cuando quieras quedar bien. Siempre.

Carlos bajó los ojos.

—¿Cómo se llama?

Era la primera vez que lo preguntaba.

—Alba.

Repitió el nombre lentamente.

—Alba…

Nuestra hija despertó.

Carlos se acercó.

Pero cuando intentó cogerla, comenzó a llorar.

Él se quedó paralizado.

Alba no conocía su olor.

Ni su voz.

Ni sus brazos.

Carlos me miró y por primera vez vi verdadera vergüenza en su rostro.

—No me reconoce.

—No.

Aquella única palabra le dolió más que cualquier reproche.

El divorcio terminó meses después.

Carlos intentó recuperar el matrimonio varias veces.

Yo no volví.

Cumplió, al menos, con las visitas de Alba.

Al principio llegaba torpe.

Después empezó a recordar sus horarios.

Aprendió qué canciones la calmaban y qué juguete necesitaba para dormir.

Me alegraba por ella.

Pero nunca confundí su transformación como padre con una obligación mía de volver a ser su esposa.

Un año después, Carlos vino a recoger a Alba por su cumpleaños.

La pequeña corrió hacia él.

—¡Papá!

Carlos sonrió y la levantó en brazos.

Después me miró.

—Gracias por haberme dado otra oportunidad.

Negué suavemente.

—Yo no te la di.

Miré a nuestra hija.

—Te la dio ella.

Carlos entendió.

Yo había dejado de esperarlo mucho antes.

Y quizá esa fue la verdadera diferencia entre aquella primera publicación y mi vida actual.

El día que nació Alba escribí:

«La niña y yo estamos bien».

En aquel momento solo intentaba convencerme.

Un año después, al ver a mi hija reír mientras yo cerraba tranquilamente la puerta de mi propia casa, comprendí que aquellas palabras finalmente eran verdad.

Mi hija y yo estábamos bien.

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