PARTE 2: CUANDO DESCUBRIÓ QUIÉN ERA REALMENTE SU ESPOSA.

Apenas terminé el café, alguien comenzó a golpear la puerta.

No necesitaba preguntar quién era.

—¡Amor! ¡Abre, por favor!

Lucas.

Continué mirando las noticias.

Las acciones de Hunter Group habían quedado suspendidas. Tres bancos habían congelado nuevas líneas de crédito y dos inversionistas importantes exigían una reunión extraordinaria.

Todo había ocurrido en menos de doce horas.

Lucas volvió a golpear.

—¡Sé que estás ahí!

Me levanté con calma y abrí.

El hombre frente a mí era completamente diferente al que había visto en las fotografías de la gala.

Su traje estaba arrugado.

La corbata colgaba torcida.

Tenía los ojos rojos y el cabello desordenado.

El presidente Hunter había desaparecido. Frente a mí solo quedaba un hombre aterrorizado por perder aquello que creía suyo.

—¿Fuiste tú? —preguntó.

—Buenos días, Lucas.

Entró sin esperar permiso.

—¡Contéstame! El banco dice que Sinclair Capital ejecutó la recompra. El consejo dice que la orden vino del accionista mayoritario.

Se detuvo.

Su respiración cambió.

—¿Qué tienes que ver tú con Sinclair Capital?

Dejé la taza sobre la mesa.

—Más de lo que crees.

Lucas soltó una risa nerviosa.

—No juegues conmigo.

En ese instante sonó el ascensor privado.

Dos hombres salieron.

Uno era el señor Reed, director jurídico de Sinclair Holdings.

El otro llevaba una carpeta negra.

Lucas lo reconoció inmediatamente.

—Señor Reed…

Intentó recuperar su antigua postura.

—Perfecto. Dígale a quien esté detrás de esto que podemos negociar.

Reed ni siquiera lo miró primero.

Se acercó a mí.

—Señora Sinclair, el consejo está preparado. Solo necesitamos su firma para completar la transferencia de derechos.

Lucas quedó inmóvil.

—¿Señora qué?

Reed me entregó la carpeta.

—Sinclair.

Lucas me miró como si acabara de descubrir que había vivido tres años con una desconocida.

—Tu apellido de soltera era Bennett.

—El apellido de mi madre.

—Entonces…

—Mi padre fue Richard Sinclair.

El rostro de Lucas perdió todo color.

Cualquier persona relacionada con el mundo financiero conocía aquel nombre.

Mi padre había creado el fondo que, diez años atrás, salvó Hunter Group de una quiebra casi segura.

Cuando murió, sus participaciones pasaron a un fideicomiso.

A mí.

La familia Hunter nunca había recuperado realmente el control de su empresa. Solo había administrado una compañía sostenida por el dinero de la mía.

Lucas retrocedió.

—No puede ser.

—Lo es.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Lo miré fijamente.

—Porque quería saber cómo me tratarías cuando creyeras que no tenía nada que ofrecerte.

Su boca se abrió.

Ninguna palabra salió.

Entonces sus ojos descendieron hacia mi mano.

Mi dedo anular seguía vacío.

Y los dos pensamos en el mismo anillo.

—Lo de Serena no significa nada —dijo rápidamente—. Ella se puso el anillo por diversión.

—¿Por diversión?

—Fue una estupidez.

—Era mi anillo.

Lucas tragó saliva.

—Puedo recuperarlo.

Negué lentamente.

—Todavía no entiendes nada.


Una hora después llegamos a la sede de Hunter Group.

El vestíbulo estaba lleno de empleados confundidos.

Algunos lloraban.

Otros hablaban por teléfono intentando averiguar si conservarían sus puestos.

Cuando entré junto al señor Reed, varios directivos se levantaron.

Serena estaba entre ellos.

Seguía llevando el vestido negro de la noche anterior.

Y todavía tenía mi anillo.

Al verme, escondió inmediatamente la mano.

Lucas entró detrás de mí.

—Todos a la sala de juntas.

Serena corrió hacia él.

—Lucas, ¿qué está pasando?

Él apartó su brazo cuando intentó tocarlo.

—Quítate el anillo.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—He dicho que te lo quites.

Por primera vez vi desaparecer la sonrisa perfecta de Serena.

Sacó lentamente el anillo y lo dejó sobre la mesa.

Lucas lo tomó.

Después caminó hacia mí.

—Te pertenece.

No extendí la mano.

—Ya no lo quiero.

El anillo permaneció entre sus dedos.

De repente parecía mucho más pequeño que en las fotografías.

—Podemos solucionar nuestro matrimonio —susurró.

—Estamos aquí por la empresa.

Entré en la sala.

El consejo ya esperaba.

Reed colocó varios documentos frente a los directores.

—Desde esta mañana, Sinclair Holdings controla el setenta y dos por ciento de los derechos de voto de Hunter Group.

Un murmullo recorrió la habitación.

El padre de Lucas golpeó la mesa.

—¡Esto es un ataque!

Lo miré.

—No. Es la ejecución de un contrato que usted firmó hace diez años.

El hombre palideció.

Sabía exactamente de qué hablaba.

Reed continuó.

—La cláusula establecía que cualquier uso no autorizado de activos corporativos, manipulación de garantías o incumplimiento de determinadas obligaciones permitiría al accionista mayoritario recuperar el control inmediato.

Lucas frunció el ceño.

—Yo no hice nada de eso.

Reed abrió otra carpeta.

—Eso creíamos.

El silencio cambió.

Lucas levantó la mirada.

—¿Qué significa?

Reed proyectó varias transferencias en la pantalla.

Durante ocho meses, alguien había utilizado cuentas de Hunter Group para pagar apartamentos, viajes, joyas y servicios privados.

Más de dieciocho millones.

Todos aprobados mediante credenciales vinculadas a la oficina presidencial.

Lucas se levantó.

—¡Yo nunca autoricé esto!

Reed cambió de página.

—Las operaciones fueron realizadas desde el ordenador de su secretaria.

Todas las miradas se dirigieron hacia Serena.

Ella retrocedió.

—Eso es absurdo.

Lucas la observó.

—¿Usaste mis claves?

—Claro que no.

—Serena.

—¡Te estoy diciendo que no!

Pero su voz ya temblaba.

Reed colocó una última transferencia en pantalla.

El beneficiario era una empresa llamada SB Consulting.

Las iniciales eran demasiado evidentes.

Serena Blake.

Lucas parecía incapaz de respirar.

—¿Me robaste?

—No.

—¿Me robaste mientras todos pensaban que eras mi amante?

Serena empezó a llorar.

—Lo hice por nosotros.

—¿Por nosotros?

—¡Tú dijiste que algún día dejarías a tu esposa!

Lucas giró hacia mí inmediatamente.

Yo no reaccioné.

Aquella confesión ya no podía herirme.

No después de todo lo ocurrido.

El padre de Lucas se puso de pie.

—Saquen a esa mujer.

Dos miembros de seguridad avanzaron.

Pero antes de llegar hasta Serena, ella comenzó a reír.

Una risa extraña.

Desesperada.

—¿De verdad creen que yo hice todo esto sola?

Los guardias se detuvieron.

Lucas frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

Serena abrió su bolso.

Sacó un pequeño dispositivo de almacenamiento.

—Tengo copias de correos, contratos y grabaciones.

El padre de Lucas palideció.

Mucho más que su hijo.

Lo noté inmediatamente.

Serena también.

Y sonrió.

—Pregúntale a tu padre por qué Sinclair Capital tuvo que rescatar Hunter Group hace diez años.

Lucas giró lentamente.

—Papá…

El señor Hunter no respondió.

Serena dejó el dispositivo sobre la mesa.

—O mejor aún, pregúntale qué pasó realmente con Richard Sinclair antes de que firmara aquel acuerdo.

Mi cuerpo se quedó rígido.

El nombre de mi padre cayó sobre la sala como un golpe.

—¿Qué sabes de mi padre? —pregunté.

Serena me miró directamente.

Su miedo había desaparecido.

—Sé que su muerte permitió que los Hunter conservaran esta empresa.

El señor Hunter golpeó la mesa.

—¡Cállate!

Lucas se volvió hacia él.

—¿Por qué quieres que se calle?

Nadie respondió.

Reed tomó lentamente el dispositivo.

Yo no aparté los ojos del padre de Lucas.

Durante tres años aquel hombre me había tratado como una esposa insignificante.

Ahora comprendía que quizá siempre había sabido perfectamente quién era.

Y entonces Serena pronunció las palabras que cambiaron todo.

—Tu matrimonio con Lucas nunca fue una coincidencia, señora Sinclair. La familia Hunter sabía quién eras antes de que ustedes se conocieran.

Lucas me miró horrorizado.

Yo sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Serena señaló el dispositivo que Reed sostenía entre los dedos.

—Y ahí dentro está la prueba de por qué necesitaban que te casaras con él.

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