PARTE 2: CUANDO ÉL QUISO QUE VOLVIERA, YA ERA DEMASIADO TARDE.

No regresé a la residencia del norte.

Nathaniel creyó que lo haría.

Durante siete años había aprendido una versión muy sencilla de mí: Victoria podía enfadarse, llorar, marcharse e incluso amenazar con terminarlo todo.

Pero Victoria siempre regresaba.

Aquella noche reservé una habitación de hotel y apagué el teléfono.

A la mañana siguiente tenía treinta y siete llamadas perdidas.

Veintinueve eran de mi asistente.

Seis de la oficina de Nathaniel.

Dos de él.

Ningún mensaje.

Sonreí.

Incluso cuando quería encontrarme, seguía esperando que yo fuera quien preguntara qué necesitaba.

Llamé a mi abogado.

—Prepara los documentos.

Hubo un breve silencio.

—¿Está segura?

—Completamente.

—Entonces necesitaremos revisar las participaciones que posee en Whitmore Holdings.

Miré la ciudad desde la ventana.

Nathaniel también había olvidado aquello.

Cuando Whitmore Holdings estuvo a punto de quedarse sin capital siete años atrás, yo había vendido casi todo lo que heredé de mi padre para mantenerla viva.

Las acciones quedaron registradas legalmente a mi nombre.

Nunca pedí un puesto ejecutivo.

Nunca utilicé mis votos contra Nathaniel.

Porque éramos marido y mujer.

Yo creía que proteger su empresa era proteger nuestro futuro.

Ahora ya no existía ningún “nuestro”.

—No quiero destruir Whitmore Holdings —dije—. Solo quiero recuperar lo que me pertenece.


Tres días después, Nathaniel apareció en mi hotel.

No pregunté cómo me había encontrado.

Hombres como él siempre encontraban puertas que otros consideraban cerradas.

Cuando abrí, llevaba el mismo abrigo oscuro que había usado el día de nuestra boda civil.

—¿Por qué estás aquí?

Su expresión se endureció.

—La residencia del norte sigue vacía.

—Lo sé.

—Te dije que podías vivir allí.

—Y yo nunca acepté.

Nathaniel entró sin esperar invitación.

Miró la habitación.

—¿De verdad prefieres esto?

—Sí.

—Victoria, deja de comportarte como una niña.

Lo observé en silencio.

Antes aquellas palabras habrían iniciado una discusión.

Esta vez solo me confirmaron que había tomado la decisión correcta.

Nathaniel dejó una carpeta sobre la mesa.

—La casa está a tu nombre. También deposité dinero en tu cuenta.

No la abrí.

—No quiero tu compensación.

—Entonces, ¿qué quieres?

—El divorcio.

Por primera vez, perdió completamente la expresión.

—¿Qué dijiste?

—Mi abogado enviará los documentos esta tarde.

Nathaniel soltó una risa breve.

—¿Por Chloe?

—No.

—¿Por el bebé?

—Tampoco.

Entonces pareció irritarse.

—¿Por qué?

Lo miré directamente.

—Por las tres preguntas.

Su ceño se frunció.

—Otra vez con eso.

—Nunca entendiste ninguna.

Me senté frente a él.

—Primera pregunta: ¿qué tomas cuando no puedes dormir?

—Whisky.

—No.

Nathaniel guardó silencio.

—Cuando realmente no puedes dormir, tomas leche caliente con miel. Lo hacías cuando no tenías dinero, cuando trabajabas hasta las cuatro de la mañana y cuando tu padre murió.

Su rostro cambió ligeramente.

—Dejaste de hacerlo porque te parecía una costumbre demasiado humilde para el presidente de Whitmore Holdings.

Continué.

—Segunda pregunta: ¿qué cicatriz escondes debajo del reloj?

Nathaniel miró instintivamente su muñeca.

—Una quemadura.

—Tampoco.

Me levanté.

—No escondes una cicatriz. Escondes un tatuaje.

Sus ojos se clavaron en mí.

Años atrás se había tatuado una pequeña letra V.

Mi inicial.

Cuando comenzó a relacionarse con otras mujeres, empezó a cubrirla siempre con el reloj.

—Y la tercera —dije— era la única que importaba.

Nathaniel ya no parecía impaciente.

—Si tuvieras que elegir entre el poder y la persona que amas, ¿qué elegirías?

No respondió.

—Chloe dijo amor.

Me acerqué a la ventana.

—Pero yo sabía la respuesta desde hace años.

Nathaniel bajó lentamente la mirada.

—Poder.

—Exactamente.

El silencio llenó la habitación.

—Por eso ninguna mujer podía superar mis preguntas —continué—. No porque ellas no te conocieran.

Lo miré.

—Porque tú habías dejado de conocer al hombre del que yo me enamoré.

Nathaniel permaneció inmóvil.

Finalmente preguntó:

—¿Y por qué entregarle el anillo a Chloe?

Mi garganta se cerró.

Recordé el consultorio.

El médico evitando mis ojos.

El diagnóstico.

Durante unas horas había sentido que algo dentro de mí se derrumbaba.

Después regresé a casa y encontré a Chloe esperando ocupar mi lugar.

—Porque entendí que llevaba años compitiendo por algo que ya no quería.

Nathaniel dio un paso hacia mí.

—Victoria…

—No.

Levanté una mano.

—No conviertas mi decisión en otro problema que puedas resolver con dinero.

Entonces su teléfono sonó.

Contestó.

Su expresión cambió casi inmediatamente.

—¿Qué significa que no puedo aprobar la operación?

Escuchó unos segundos.

Después me miró.

—¿Qué hiciste?

—Nada todavía.

Colgó.

—El consejo bloqueó mi voto.

—No. El consejo aplicó los estatutos.

Su rostro se endureció.

—¿Tú convocaste la reunión?

—Poseo el treinta y uno por ciento de las acciones.

Nathaniel pareció recibir un golpe invisible.

Evidentemente, también había olvidado eso.

—Victoria, no mezcles nuestro matrimonio con la empresa.

Casi reí.

—Durante siete años utilizaste mi lealtad como si fuera un activo de tu empresa. Ahora te preocupa separar ambas cosas.

Tomé la carpeta del divorcio.

—No quiero tu puesto.

Se la entregué.

—Solo quiero que entiendas que ya no necesitas darme permiso para marcharme.


Esa misma tarde, Nathaniel volvió a casa.

Chloe lo esperaba con varias revistas de decoración.

—Estaba pensando que podríamos cambiar la habitación principal.

Nathaniel no respondió.

—Y cuando nazca el bebé…

—¿Estás embarazada?

Chloe se quedó quieta.

—¿Qué?

—Victoria creyó que estabas embarazada.

El color desapareció lentamente del rostro de Chloe.

Nathaniel la observó.

—Yo también lo creí por tu comportamiento.

—Nathaniel, puedo explicarlo.

—Hazlo.

Chloe dejó las revistas.

—Solo quería que Victoria comprendiera que nuestra relación era seria.

Nathaniel cerró los ojos.

No había bebé.

No había heredero.

Solo una insinuación utilizada para empujarme fuera de aquella casa.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque yo no había abandonado el matrimonio por Chloe.

Lo había abandonado por él.

Entonces sonó el timbre.

Un mensajero entregó un sobre.

Nathaniel lo abrió.

SOLICITUD FORMAL DE DIVORCIO.

Debajo estaba la notificación de una junta extraordinaria de accionistas.

Y una tercera hoja.

Nathaniel la leyó dos veces.

Después llamó inmediatamente a mi abogado.

—¿Qué significa esto?

La respuesta debió ser breve.

Porque su mano comenzó a temblar.

Chloe se acercó.

—¿Qué ocurre?

Nathaniel dejó caer el documento sobre la mesa.

Yo había solicitado ejercer todos los derechos correspondientes a mis acciones.

Eso significaba que, por primera vez desde la fundación de Whitmore Holdings, Nathaniel ya no podía gobernar como si la compañía le perteneciera exclusivamente.

Pero había una última anotación al final del documento.

Una que yo tampoco había solicitado.

Tres miembros del consejo habían pedido investigar personalmente a Nathaniel por operaciones financieras realizadas sin autorización.

Y junto a la solicitud aparecía un nombre inesperado.

Chloe Sinclair.

Nathaniel levantó lentamente la mirada hacia ella.

—¿Qué hiciste?

Chloe retrocedió.

—Nathaniel, escucha…

Él sostuvo el informe entre los dedos.

—Aquí dice que alguien utilizó información confidencial de Whitmore Holdings para beneficiar a Sinclair Capital.

Chloe dejó de respirar.

Nathaniel pasó la página.

Entonces encontró una transferencia.

Una sola transferencia.

Pero suficiente para cambiarlo todo.

Había sido realizada dos semanas antes desde una cuenta vinculada a Chloe hacia un hombre que Nathaniel conocía demasiado bien.

Su mayor rival empresarial.

Y en ese instante comprendió que la mujer por la que había permitido que su esposa se marchara quizá nunca había estado enamorada de él.

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