PARTE 2: CUANDO QUISO DETENERME, YA ERA DEMASIADO TARDE.

Adrián se quedó mirando las maletas.

Por primera vez en cinco meses, toda su atención estaba puesta en mí.

—¿Qué significa esto?

La vecina bajó lentamente el plato de pasteles.

Clara apareció detrás de Adrián.

—Hermano Adrián, quizá debería irme…

—Espera.

Él no apartó los ojos de mí.

—Lucía, te hice una pregunta.

Doblé la última blusa y la guardé.

—Me voy.

—¿A dónde?

—Eso ya no es asunto tuyo.

Su expresión se endureció.

Entró en el dormitorio y cerró la puerta.

—¿Otra vez con el divorcio?

—No. Esta vez no estoy hablando del divorcio.

Saqué una carpeta del cajón.

—Ya lo solicité.

Adrián dejó de respirar por un instante.

Luego soltó una risa seca.

—No puedes decidir algo así de repente.

Lo miré.

—No fue de repente. Tardé cinco años en decidirlo.

Su rostro cambió.

—¿Por Clara?

—No.

Aquella respuesta pareció desconcertarlo.

—Entonces, ¿por qué?

Me sorprendió que todavía tuviera que preguntarlo.

—Porque cuando tuve fiebre de cuarenta grados estabas acompañando a Clara a una ceremonia.

—Su hermano había…

—Muerto salvándote. Lo sé.

Mi voz permaneció tranquila.

—Lo has repetido durante cinco años.

Adrián apretó la mandíbula.

—Entonces deberías entender mi responsabilidad.

—La entiendo.

Saqué de mi bolso la solicitud que había encontrado bajo su almohada.

La coloqué frente a él.

Su rostro perdió el color.

—¿Dónde encontraste eso?

—En nuestra cama.

Sus ojos descendieron hasta el nombre escrito en el espacio reservado para el familiar acompañante.

CLARA SALAS.

—Puedo explicarlo.

—No necesito que lo hagas.

—El comandante necesitaba el nombre de alguien que pudiera adaptarse a las condiciones de la base.

Sonreí débilmente.

—Y decidiste que tu esposa no podía hacerlo.

—Lucía…

—Durante años dijiste que los destinos eran demasiado difíciles para mí. Sin embargo, Clara estuvo contigo en Kunlun, Pamir y el archipiélago del norte.

Él abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Entonces coloqué la fotografía junto al documento.

Adrián la reconoció inmediatamente.

Su expresión se volvió rígida.

Le di la vuelta.

La frase seguía allí.

“ERES LA ÚNICA FE DE MI VIDA MILITAR.”

—¿También era tu responsabilidad escribir esto?

—No significa lo que piensas.

—Ya no importa lo que significa.

Aquello pareció herirlo más que cualquier acusación.

Porque finalmente comprendió algo.

Yo ya no estaba celosa.

No quería explicaciones.

No quería competir con Clara.

Simplemente había dejado de querer permanecer allí.

Adrián tomó mi muñeca.

—No vas a irte.

Retiré la mano.

—Sí.

—Soy tu esposo.

—Por poco tiempo.

Detrás de la puerta se escuchó un sollozo.

Clara.

—Todo esto es culpa mía.

Entró llorando.

—Cuñada, si mi presencia destruyó su matrimonio, me marcharé de la base.

Adrián inmediatamente se volvió hacia ella.

—No digas tonterías.

La sostuvo por los hombros.

—Le prometí a tu hermano que cuidaría de ti.

Observé aquella escena en silencio.

Incluso cuando su matrimonio se derrumbaba delante de él, su primer instinto seguía siendo consolarla a ella.

Eso terminó de borrar cualquier duda.

Tomé mi maleta.

Adrián me bloqueó el paso.

—Lucía, dame un mes.

—No.

—Una semana.

—No.

—Entonces dime qué quieres que haga.

Lo miré durante unos segundos.

Cinco años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esa pregunta.

Ahora llegaba demasiado tarde.

—Nada.

Pasé junto a él.


El procedimiento de divorcio militar no fue inmediato.

Había documentos, entrevistas y verificaciones.

Adrián parecía convencido de que aquello le daba tiempo para hacerme cambiar de opinión.

Durante los días siguientes empezó a regresar temprano.

Compró flores.

Preparó el desayuno.

Incluso dejó de visitar a Clara.

Pero yo sabía perfectamente por qué.

No era porque hubiera comprendido mi dolor.

Era porque por primera vez temía perder algo que siempre había considerado garantizado.

Una mañana encontré sobre la mesa dos boletos.

—¿Qué es esto?

—Permiso especial.

Adrián apareció con una sonrisa cansada.

—Conseguí autorización para llevarte a la base del próximo destino.

Miré los boletos.

Durante cinco años había soñado con ese momento.

—Dáselos a Clara.

Su sonrisa desapareció.

—No quiero llevarla a ella.

—Antes sí.

—Me equivoqué.

Aquellas palabras me hicieron levantar la mirada.

Era la primera vez que lo escuchaba admitirlo.

Pero algunas disculpas llegan después de que el amor ha terminado de morir.

—Espero que no vuelvas a cometer el mismo error con otra persona.

Tomé mi bolso.

Adrián me siguió hasta la puerta.

—¿De verdad ya no sientes nada?

No respondí.

Porque ambos conocíamos la respuesta.


Tres semanas después llegó la audiencia administrativa relacionada con nuestra separación.

Cuando entré, Adrián ya estaba allí.

Clara también.

No entendí por qué hasta que el oficial responsable abrió una carpeta.

—General Fuentes, antes de procesar la solicitud debemos aclarar una irregularidad.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué irregularidad?

El oficial colocó sobre la mesa la solicitud para familiares autorizados.

—Usted registró a la señorita Clara Salas como acompañante familiar.

—Sí.

—Pero no existe parentesco legal entre ustedes.

—Su hermano murió durante una operación bajo mi mando.

—Eso explica su obligación moral. No explica esta declaración.

El oficial señaló una casilla.

Adrián se quedó inmóvil.

Me incliné ligeramente.

Allí figuraba Clara como persona dependiente vinculada a su unidad familiar.

—Fue un error administrativo —dijo Adrián.

Clara palideció.

—Hermano Adrián…

El oficial sacó otros documentos.

—No parece un error aislado.

Había registros de alojamiento.

Autorizaciones de transporte.

Permisos especiales.

Siete destinos diferentes.

Todos concedidos a Clara mediante solicitudes firmadas por mi esposo.

Sentí una extraña tranquilidad.

Durante años había pensado que yo era demasiado sensible.

Que quizá realmente estaba exagerando.

Ahora aquellos documentos contaban la historia sin emociones.

Adrián había construido para Clara un lugar dentro de su vida militar mientras mantenía a su esposa fuera de ella.

El oficial continuó:

—También necesitamos esclarecer una denuncia presentada esta mañana.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Qué denuncia?

La puerta se abrió.

Entró un coronel de cabello gris acompañado por dos funcionarios.

Reconocí al hombre.

Era el antiguo comandante de la unidad donde había muerto el hermano de Clara.

Adrián se puso de pie inmediatamente.

—Coronel.

El hombre no respondió al saludo.

Colocó una carpeta desgastada sobre la mesa.

Clara comenzó a temblar.

Eso me llamó la atención.

No miraba a Adrián.

Miraba la carpeta.

El coronel habló.

—Durante años respetamos el deseo del capitán Salas de que su hermana recibiera apoyo después de su muerte.

Adrián asintió.

—Yo cumplí esa promesa.

—Ese es precisamente el problema.

El coronel abrió la carpeta.

—Porque hemos revisado la carta original que el capitán dejó antes de aquella operación.

Clara dio un paso atrás.

—No hace falta leerla.

Todos la miraron.

Su reacción fue demasiado rápida.

Adrián frunció el ceño.

—¿Por qué no?

Ella comenzó a llorar.

—Mi hermano está muerto. Déjenlo descansar.

El coronel la observó con dureza.

—Su hermano pidió específicamente que esta carta fuera entregada al general Fuentes si alguna vez su hermana utilizaba su muerte para obtener privilegios dentro del ejército.

El rostro de Clara quedó completamente blanco.

Adrián parecía incapaz de comprender.

—¿Qué está diciendo?

El coronel sacó una hoja amarillenta.

—Estoy diciendo que la promesa que usted afirma haber cumplido durante cinco años no fue la promesa que el capitán Salas le pidió hacer.

Adrián miró a Clara.

—¿Tú sabías de esta carta?

Ella negó con desesperación.

—¡No!

Pero el coronel todavía no había terminado.

Sacó un segundo sobre.

En él estaba escrito el nombre de mi esposo.

GENERAL ADRIÁN FUENTES.

—Hay algo más que debe saber —dijo el coronel—. La noche antes de morir, el capitán Salas descubrió lo que Clara sentía por usted.

Adrián se quedó petrificado.

Clara comenzó a retroceder hacia la puerta.

El coronel rompió el sello.

—Y dejó instrucciones muy claras sobre lo que debía hacer usted si ella intentaba acercarse a su matrimonio.

Adrián volvió lentamente la cabeza hacia Clara.

Por primera vez, no había protección en sus ojos.

Solo sospecha.

Y cuando el coronel comenzó a leer la primera línea, Clara corrió hacia la puerta.

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