PARTE 2: EL DÍA DE SU BODA PERDIÓ TODO.

Tres días después, las puertas del centro de detención se abrieron delante de mí.

Nadie de la familia apareció.

Tal como había ordenado.

Robert había conseguido mi liberación sin revelar quién era yo realmente. Oficialmente, un abogado había demostrado que mi detención carecía de fundamento suficiente.

Extraoficialmente, mi abuelo había necesitado toda su paciencia para no convertir el asunto en un escándalo nacional.

Un automóvil me esperaba afuera.

Robert abrió la puerta.

—El avión está preparado.

—¿Y Sterling Group?

Me entregó una tableta.

—La junta extraordinaria comenzará dentro de dos horas.

Subí al vehículo.

—Perfecto.

—Alexander todavía no sabe nada.

Miré por la ventana.

—Que siga así.

Mientras atravesábamos la ciudad, las pantallas publicitarias mostraban fotografías de Alexander y Sophia.

“LA BODA DEL AÑO.”

Sonreían como si el mundo entero les perteneciera.

En cierta forma, comprendía por qué Alexander estaba tan seguro.

Durante años había sido presidente de Sterling Group. Los medios lo llamaban genio financiero. Los empleados bajaban la voz cuando él pasaba.

Y yo había permanecido a su lado fingiendo ser una simple asistente convertida en novia.

Él nunca se preguntó por qué algunas negociaciones imposibles se resolvían después de una sola llamada mía.

Nunca investigó por qué Meridian Capital apoyaba casi todas sus decisiones importantes.

Alexander confundió mi silencio con insignificancia.

Ese había sido su mayor error.

Robert deslizó varios documentos hacia mí.

—Encontramos algo durante la auditoría.

Leí la primera página.

Mi expresión cambió.

—¿Cuánto?

—Ciento ochenta millones desviados mediante contratos inflados durante los últimos tres años.

—¿Alexander?

—Su firma aparece en todos.

Seguí leyendo.

Había empresas intermediarias, consultorías inexistentes y pagos que terminaban en cuentas vinculadas a una compañía registrada por el padre de Sophia.

Levanté la mirada.

—Entonces su regreso no fue casualidad.

—Eso parece.

Robert abrió otro archivo.

Sophia Grant había regresado seis meses antes.

Tres semanas después, Sterling Group adjudicó un contrato gigantesco a Grant Development.

Dos meses después, Alexander comenzó a retirar mis pertenencias de su apartamento.

Y una semana antes de nuestra ruptura, había aprobado otro pago.

Todo encajaba.

Sophia no había regresado solamente por Alexander. Había regresado por Sterling Group.

—Envíe esto al comité de auditoría —ordené—. Y conserve copias.

Robert asintió.

—¿Desea detener la boda?

Lo miré.

—No.

—¿Está segura?

—Alexander me encerró para asegurarse de que no pudiera interrumpirla.

Cerré la carpeta.

—Sería descortés arruinarle ese esfuerzo.


A varios kilómetros de allí, Alexander se encontraba frente al altar.

Sophia llevaba un vestido blanco valorado en cientos de miles.

Las cámaras captaban cada sonrisa.

Directivos, inversionistas y políticos ocupaban las primeras filas.

El presidente del consejo estaba sentado cerca del escenario cuando recibió una notificación.

La abrió.

Su rostro cambió.

Otro ejecutivo recibió el mismo mensaje.

Después otro.

Y otro.

En menos de treinta segundos, casi todos los miembros del consejo estaban mirando sus teléfonos.

Alexander lo notó.

—¿Sucede algo?

Nadie respondió.

Entonces su propio teléfono vibró.

“CONVOCATORIA EXTRAORDINARIA DE ACCIONISTAS.”

Frunció el ceño.

Abrió el documento.

Primer punto: suspensión inmediata de las facultades ejecutivas de Alexander Sterling.

Su sonrisa desapareció.

Sophia se inclinó hacia él.

—¿Qué ocurre?

Alexander siguió leyendo.

Segundo punto: investigación independiente de contratos vinculados a Grant Development.

Sus dedos comenzaron a tensarse alrededor del teléfono.

—¿Quién convocó esto?

El presidente del consejo se levantó.

—Meridian Capital.

Alexander soltó una risa nerviosa.

—Meridian no puede suspenderme unilateralmente. Posee solo el treinta y cuatro por ciento.

El hombre guardó silencio.

—¿Qué?

—Meridian presentó esta mañana documentación sobre participaciones cruzadas.

—¿Y?

El presidente respiró profundamente.

—La persona que controla Meridian también controla varios fondos que considerábamos independientes.

Alexander palideció.

—¿Cuánto?

La respuesta llegó como una sentencia.

—Sesenta y dos por ciento.

Sophia dejó de sonreír.

Alexander miró alrededor.

—¿Quién?

Nadie contestó.

Entonces llegó un segundo mensaje.

Una fotografía.

Era yo.

No llevaba ropa gris.

Vestía un traje oscuro y estaba subiendo las escaleras de un avión privado.

Debajo aparecía un nombre.

EMILY HARRINGTON.

Mi verdadero nombre.

Alexander retrocedió.

—No…

El presidente del consejo lo miró con incredulidad.

—¿La conoce?

Alexander no respondió.

Conocía perfectamente el apellido Harrington.

Todo el mundo financiero lo conocía.

Mi abuelo había construido uno de los conglomerados de inversión más poderosos del país.

Y su única nieta había desaparecido voluntariamente de la vida pública años atrás.

Alexander acercó la fotografía.

—Emma…

Sophia lo sujetó del brazo.

—Alexander, tenemos invitados esperando.

Él se apartó.

—Cancela la ceremonia.

—¿Qué?

—¡Cancélala!

Los invitados comenzaron a murmurar.

Alexander bajó del escenario mientras marcaba mi número.

No contesté.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces llamó al jefe de seguridad.

—¡Vaya al centro de detención!

—Señor…

—¡Ahora!


Cuarenta minutos después, Alexander llegó personalmente.

Entró acompañado por varios hombres.

—Emma Shaw. ¿Dónde está?

El funcionario revisó el registro.

—¿La señorita Shaw?

—Sí.

—Fue liberada hace tres días.

Alexander quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—Aquí está firmado.

—Yo ordené quince días.

El funcionario levantó lentamente la vista.

Aquella frase fue suficiente para que dos personas presentes se miraran entre sí.

Alexander comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

—Quiero decir…

Su teléfono sonó.

Era el consejo.

Respondió.

—¿Qué?

Escuchó durante varios segundos.

Su rostro se volvió ceniciento.

La votación había terminado.

Alexander Sterling había sido suspendido como presidente.

Pero aquello no era todo.

Los auditores habían encontrado los contratos de Grant Development.

—No firmé nada ilegal —dijo rápidamente.

La voz al otro lado continuó hablando.

Alexander miró hacia la pared.

—¿Investigación penal?

Sophia apareció corriendo por el pasillo.

—Alexander.

Él colgó.

—¿Tu padre recibió dinero de Sterling Group?

Ella se detuvo.

—¿Qué estás diciendo?

—Ciento ochenta millones.

Sophia palideció.

—Puedo explicarlo.

Alexander soltó una carcajada amarga.

—Claro.

La mujer por la que había esperado diez años acababa de convertirse en una amenaza para todo lo que poseía.

Y la mujer a la que había encerrado para quitársela de encima controlaba ahora su destino empresarial.


Yo estaba a diez mil metros de altura cuando Robert recibió la última llamada.

—La votación terminó.

—¿Resultado?

—Suspensión aprobada.

Miré las nubes fuera de la ventanilla.

—¿Y la auditoría?

Robert guardó silencio unos segundos.

—Hay algo más.

Me giré.

—¿Qué encontraron?

Colocó una carpeta frente a mí.

En la portada aparecía una empresa que conocía demasiado bien.

Harrington International.

Mi familia.

Abrí el documento.

Una transferencia realizada hacía cuatro años conectaba una cuenta de Alexander con uno de nuestros antiguos ejecutivos.

La fecha me hizo contener la respiración.

Era exactamente una semana antes de conocerlo.

—Robert…

Mi voz salió mucho más baja.

—¿Qué significa esto?

Él no respondió inmediatamente.

Entonces vi una copia de un correo electrónico.

El remitente era Alexander.

El asunto tenía mi verdadero nombre.

EMILY HARRINGTON.

Sentí que el aire desaparecía de la cabina.

Durante cuatro años había creído que Alexander nunca supo quién era yo.

Que me había amado cuando pensaba que no tenía familia, fortuna ni poder.

Pero aquel correo demostraba algo completamente diferente.

Alexander conocía mi verdadera identidad antes incluso de nuestro primer encuentro.

Levanté lentamente la mirada hacia Robert.

—Entonces nuestra relación…

Él apretó la mandíbula.

—Señorita, me temo que necesitamos reconsiderar todo lo ocurrido durante estos cuatro años.

Miré nuevamente la fecha del documento.

Y comprendí que mi historia con Alexander quizá nunca había comenzado por casualidad.

Tal vez yo no había entrado accidentalmente en su vida.

Tal vez él había entrado deliberadamente en la mía.

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