El silencio que siguió fue tan pesado que hasta el crepitar de la leña pareció apagarse.
Jacinta no miró las escrituras.
Miró a su hijo.
—Veinte años sin una carta, Ramiro. Y regresas preguntando cuánto vale mi tierra.
Ramiro apretó la mandíbula.
—Regresé porque alguien tenía que impedir que regalaras lo que pertenece a nuestra familia.
Sus ojos se clavaron en Mateo.
—¿Cuánto tiempo tardaste en convencerla?
Mateo se levantó lentamente.
—No he convencido a nadie de nada.
—Claro. Solo apareciste con dos niños, ocupaste una habitación y esperaste a que una anciana sola se encariñara contigo.
Julián dio un paso hacia su padre, pero Mateo extendió una mano para detenerlo.
No permitiría que su hijo aprendiera que la humillación debía responderse con violencia.
Octavio abrió la carpeta.
—Señora Barragán, existe una oferta muy favorable. La zona está aumentando de valor y los compradores quieren desarrollar cabañas turísticas.
Jacinta soltó una risa seca.
—¿Y desde cuándo necesita mi hijo un corredor para vender algo que no es suyo?
Ramiro golpeó la mesa.
—¡También es mi herencia!
—Herencia significa recibir algo cuando el dueño muere.
Jacinta sostuvo su mirada.
—Y yo todavía estoy viva.
Ramiro palideció.
Alma apareció en la puerta abrazada al cuello de Cenizo.
—Abuelita Jacinta…
La palabra cayó como una piedra.
Ramiro giró inmediatamente.
—¿Cómo te llamó?
Alma se escondió detrás del perro.
—Ramiro —advirtió Jacinta.
Pero él ya estaba mirando a los niños con una mezcla amarga de celos y rabia.
—Así que esto es lo que pasó. Encontraste otra familia.
Jacinta se puso de pie.
—Ellos no ocuparon tu lugar.
—¡Duermen en mi casa!
—Esta nunca fue tu casa después de que decidiste abandonarla.
El rostro de Ramiro se endureció.
—Me fui porque aquí no había futuro.
—Te fuiste porque querías dinero rápido.
—¡Tenía veintidós años!
—Y ahora tienes cuarenta y dos.
Jacinta señaló las escrituras.
—¿Cuál es tu excusa esta vez?
Ramiro no respondió.
Octavio intervino.
—No necesitamos convertir esto en un problema familiar. Solo hace falta una firma.
Deslizó una pluma hacia Jacinta.
Ella ni siquiera la tocó.
—Entonces desperdiciaste el viaje.
Octavio cerró lentamente la carpeta.
Su expresión amable desapareció durante apenas un segundo.
Mateo lo notó.
Aquel hombre no había viajado hasta Los Sauces pensando que podía conseguir una firma. Había llegado convencido de que ya la tenía.
Esa noche, Ramiro se negó a marcharse.
Dijo que dormiría en la habitación donde había crecido.
Jacinta aceptó.
Mateo quiso llevarse a los niños al amanecer.
—No voy a permitir que mi presencia la enfrente con su hijo.
Jacinta estaba sentada junto al fogón.
—¿Crees que esta pelea empezó cuando llegaste?
Mateo guardó silencio.
—Ramiro lleva veinte años huyendo de esta casa. Tú solo conseguiste que finalmente regresara.
—Pero quiere venderla.
—Quiere algo más.
Mateo frunció el ceño.
Jacinta miró hacia el pasillo.
—Y necesito descubrir qué.
A la mañana siguiente, Mateo encontró a Ramiro cerca del granero.
—Te daré diez mil pesos para que desaparezcas con tus hijos.
Mateo continuó reparando una tabla.
—No.
—Veinte mil.
—No estoy en venta.
Ramiro se acercó.
—Mi madre está vieja. No entiende lo que hace.
Mateo dejó el martillo.
—Entiende perfectamente.
—¿Y tú qué sabes de ella?
Mateo lo miró.
—Sé que cuando mi hija estaba enferma abrió su puerta.

—Eso no te convierte en familia.
—Nunca dije que lo fuera.
Ramiro sonrió con desprecio.
—Pero tus hijos sí lo creen.
Mateo dio un paso hacia él.
—No metas a mis hijos en esto.
Ramiro bajó la voz.
—Entonces vete antes de que descubran lo que ocurre cuando uno intenta quedarse con algo que no le pertenece.
Mateo sintió un escalofrío.
No por él.
Por Julián y Alma.
Esa tarde decidió marcharse.
Preparó la poca ropa que tenían y guardó sus herramientas.
Cuando Julián comprendió lo que ocurría, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Papá, dijiste que aquí podíamos empezar otra vez.
Mateo se arrodilló frente a él.
—Y empezaremos.
—¿Dónde?
Mateo no tuvo respuesta.
Alma abrazó a Coronela.
—¿Ella puede venir?
—No, mi amor.
La niña comenzó a llorar.
Entonces Jacinta apareció.
—Nadie se va.
Mateo se levantó.
—Doña Jacinta…
—Te contraté treinta días.
—Ya terminaron.
—Entonces te contrato treinta años.
Mateo quedó inmóvil.
Ramiro apareció detrás de ella.
—Sabía que esto ocurriría.
—Cállate.
Jacinta llevaba una pequeña caja metálica.
La colocó sobre la mesa y sacó varios documentos antiguos.
—Los Sauces tiene ciento cuarenta hectáreas. Ramiro cree que quiere venderlas por el valor de la tierra.
Miró a Octavio, que acababa de entrar.
—Pero tú sabes que no es por eso.
Octavio se detuvo.
Jacinta desplegó un mapa.
Una línea roja atravesaba parte del rancho.
—Hace seis meses una compañía presentó un proyecto para construir una carretera privada hacia el nuevo complejo turístico.
Mateo comprendió.
La ruta atravesaba Los Sauces.
Sin aquellas tierras, el proyecto no podía avanzar.
—¿Cuánto les ofrecieron? —preguntó.
Jacinta miró a Ramiro.
—Eso quiero saber yo.
Ramiro guardó silencio.
Octavio recogió su carpeta.
—Esto ha terminado.
—Todavía no.
Jacinta sacó otro documento.
—Porque esta mañana llamé al notario de Zacatlán.
Ramiro perdió el color.
—¿Para qué?
—Para modificar mi testamento.
—¡Mamá!
—Si algo me ocurre, Los Sauces no podrá venderse durante veinte años.
Ramiro golpeó la mesa.
—¡No puedes hacerme esto!
Jacinta se acercó hasta quedar frente a él.
—Puedo hacer lo que quiera con aquello que trabajé durante cincuenta años.
Ramiro la miró con odio.
—Entonces ellos se quedarán con todo.
—No.
Jacinta miró a Mateo.
—El rancho quedará protegido por un fideicomiso. Mateo administrará las tierras mientras Julián y Alma puedan estudiar aquí.
Mateo abrió los ojos.
—No puedo aceptar eso.
—No te pregunté.
Por primera vez, Ramiro pareció realmente asustado.
Pero no por perder la herencia.
Miró a Octavio.
Y Octavio le devolvió una mirada que parecía una amenaza.
Esa noche, una tormenta volvió a caer sobre Los Sauces.
Mateo despertó al escuchar a Cenizo ladrando desesperadamente.
Miró hacia las camas.
Alma estaba dormida.
Julián no.
—¿Julián?
Nadie respondió.
Mateo salió corriendo.
La puerta principal estaba abierta.
Cenizo olfateaba el barro mientras gruñía.
Entonces Mateo vio unas huellas pequeñas que conducían hacia el granero.
Corrió detrás del perro.
Al llegar encontró a Julián agachado junto a la pared.
—¿Qué haces aquí?
El niño tenía un sobre entre las manos.
—Lo encontré debajo de la camioneta del señor Octavio.
Mateo tomó el sobre.
Dentro había copias de contratos, transferencias bancarias y un documento firmado meses atrás.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Y sintió que se le helaba la sangre.
Ramiro había recibido dinero por adelantado.
Mucho dinero.
Había prometido entregar Los Sauces aunque su madre nunca aceptara venderlo.
Pero aquello no era lo peor.
En la última página aparecía una cláusula escrita junto a una fecha.
La operación debía completarse antes del viernes.
Mateo escuchó un ruido detrás de ellos.
Se giró.
Ramiro estaba en la entrada del granero.
No estaba solo.
Octavio permanecía a su lado.
Y en su mano sostenía la caja metálica donde Jacinta guardaba sus documentos.
—Dame ese sobre, Mateo.
Julián se escondió detrás de su padre.
Mateo apretó los papeles.
—¿Dónde está Jacinta?
Ramiro no respondió.
Entonces, desde la casa, Alma lanzó un grito.
Mateo corrió hacia la puerta.
Pero Octavio se interpuso.
Y Ramiro pronunció unas palabras que hicieron que el corazón de Mateo se detuviera.
—Ya es demasiado tarde. Mi madre acaba de firmar.