PARTE 2: EL HOMBRE EQUIVOCADO NUNCA ME OLVIDÓ.

El silencio cayó sobre la mesa.

Lucas dejó de sonreír.

Yo sentí que los dedos se me congelaban alrededor del vaso.

Adrián permanecía de pie frente a nosotros, impecable dentro de su traje oscuro, observando el teléfono de su sobrino como si acabara de encontrar una prueba imposible.

—¿Tu novia? —repitió Lucas.

Su voz había perdido toda ligereza.

Adrián levantó los ojos hacia mí.

—Durante seis meses me escribía todos los días.

La madre de Lucas arqueó las cejas.

Su abuelo dejó lentamente los palillos sobre el plato.

Yo quería desaparecer.

—Puedo explicarlo.

Lucas soltó mi mano.

No con brusquedad.

Pero aquel pequeño gesto me dolió.

—Entonces explícame.

Respiré profundamente.

—Victoria me dio un contacto equivocado.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué contacto?

—Me dijeron que eras un benefactor.

Por primera vez vi una grieta real en su expresión.

—¿Un qué?

Una de las primas de Lucas se atragantó intentando contener una carcajada.

Yo habría querido reír también.

Pero Lucas no parecía encontrar nada divertido.

—¿Por eso le escribías?

Asentí.

—Mi hermano necesitaba una operación. Yo estaba desesperada. Pensé que…

Me detuve.

No quería justificarme.

—Pensé que Adrián sabía por qué me acercaba a él.

Adrián me observó fijamente.

—Nunca lo supe.

—Lo descubrí cuando te pedí el préstamo y me llamaste interesada.

Su mandíbula se tensó.

Lucas giró hacia su tío.

—¿Le dijiste eso?

—Ella apareció de la nada, enviándome fotografías y llamándome cariño.

—¡Porque me habían dado el contacto equivocado!

Adrián ignoró mi protesta.

—Después pidió dinero.

Lucas soltó una risa seca.

—¿Y tú qué hiciste?

Adrián no respondió.

—Vamos, tío.

Lucas cruzó los brazos.

—¿Cuánto le diste?

El silencio respondió por él.

—Nada —dije.

Lucas lo miró incrédulo.

—¿Durante seis meses?

—No necesitaba comprar su atención.

Aquella frase cambió algo en la habitación.

Lucas se levantó.

—Pero sí disfrutabas recibiéndola.

Adrián entrecerró los ojos.

—Siéntate.

—No.

El abuelo de los Shen golpeó suavemente la mesa.

—Basta.

Nadie volvió a hablar.

El anciano me miró.

—¿Usted mantiene actualmente alguna relación con Adrián?

—No.

Respondí sin dudar.

—Cuando descubrí el error dejé de escribirle.

Entonces miré a Lucas.

—Después te conocí a ti.

Lucas sostuvo mi mirada durante unos segundos.

Finalmente volvió a tomar mi mano.

—Entonces para mí el asunto está terminado.

Adrián apretó la copa que sostenía.

—Para mí no.

Lucas giró lentamente.

—¿Qué significa eso?

Adrián no respondió.

Pero tampoco apartó los ojos de mí.

Y por primera vez comprendí algo que me inquietó más que su frialdad.

Adrián estaba celoso.


La cena terminó antes de lo previsto.

Lucas me llevó al jardín.

—¿Por qué nunca me contaste lo de mi tío?

—No sabía que era tu tío.

—Su apellido es Gu.

—Y tú eres Shen.

Lucas se quedó callado.

—Mi tío usa el apellido de su padre. Mi madre y él son medio hermanos.

Aquello explicaba la confusión.

—Lucas, si esto cambia lo que piensas de mí…

Me tomó por los hombros.

—Lo único que cambia es que ahora quiero estrangular a Victoria por darte el contacto equivocado.

No pude evitar reír.

Lucas sonrió.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La chica que me gusta.

Mi pecho se calentó.

Pero antes de que pudiera responder, escuchamos una voz detrás de nosotros.

—Lucas, tu abuelo quiere verte.

Era Adrián.

Lucas suspiró.

—Cinco minutos.

Besó mi frente y regresó a la casa.

Adrián y yo quedamos solos.

Retrocedí un paso.

—No tenemos nada que hablar.

—Yo creo que sí.

Sacó su teléfono.

Abrió nuestra antigua conversación.

Había cientos de mensajes míos.

“Buenos días.”

“Recuerda comer.”

“¿Llegaste bien?”

“Descansa temprano.”

Adrián deslizó la pantalla lentamente.

—Dejaste de escribir el doce de marzo.

—Porque descubrí que me habían engañado.

—Lo sé ahora.

—Entonces bórralos.

Levantó la mirada.

—No quiero.

Mi corazón dio un golpe extraño.

—Adrián…

—Durante seis meses pensé que eras una estafadora.

—Qué romántico.

—Y durante el mes siguiente descubrí que esperaba tus mensajes.

Me quedé callada.

Él continuó.

—Cuando dejaste de escribir, revisaba el teléfono cada mañana.

—Ese no es mi problema.

—Lo sé.

Su voz se volvió más baja.

—Por eso te envié aquellos mil yuanes.

Finalmente entendí.

No había sido caridad.

Había intentado comprar una excusa para que volviera a hablarle.

—Llegaste tarde.

—¿Porque Lucas paga más?

La pregunta me hirió.

—¿Todavía piensas eso de mí?

Adrián comprendió inmediatamente su error.

—No quise decir…

—Lucas pagó la operación de mi hermano sin preguntarme qué podía darle a cambio. Después intenté devolverle el dinero.

Me acerqué un paso.

—Tú tuviste seis meses para conocerme y elegiste sospechar de mí.

Adrián guardó silencio.

—Él necesitó diez segundos para tratarme como una persona.

Me marché.

Esta vez Adrián no intentó detenerme.


Dos semanas después, Lucas hizo pública nuestra relación.

Subió una fotografía de nuestras manos entrelazadas.

La familia Shen comenzó a tratarme como alguien que podía quedarse.

Mi hermano se recuperaba.

Por primera vez en años, la vida parecía tranquila.

Hasta que Victoria me llamó.

—Tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Encontré a la persona que me dio originalmente el número de Adrián.

Me incorporé.

—¿Y?

Victoria tardó en responder.

—No fue un error.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

—Alguien cambió deliberadamente los contactos antes de enviármelos.

—¿Quién?

—No lo sé. Pero hay algo peor.

Escuché papeles moviéndose.

—El contacto que debía recibir originalmente no era Lucas.

Mi respiración se detuvo.

—Entonces, ¿quién?

—Nadie de la familia Shen.

Antes de que pudiera preguntar más, alguien llamó a mi puerta.

Abrí.

Lucas estaba allí.

Pero no sonreía.

Tenía un sobre en la mano.

—Necesito preguntarte algo.

—¿Qué ocurre?

Entró y dejó varias fotografías sobre la mesa.

Eran imágenes mías.

Saliendo del hospital.

Entrando a mi apartamento.

Visitando a mi hermano.

Algunas habían sido tomadas meses antes de conocer a Lucas.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿De dónde sacaste esto?

—Del despacho de mi tío.

Lo miré.

—¿Adrián me investigaba?

Lucas negó lentamente.

—Eso pensé al principio.

Sacó la última fotografía.

La fecha estaba impresa en una esquina.

Había sido tomada casi un año antes de que Victoria me enviara el número equivocado.

No podía respirar.

—Eso es imposible.

—Hay más.

Lucas colocó sobre la mesa una copia de un informe.

En la primera página aparecía mi nombre completo.

Debajo había información sobre mi familia, mis estudios y las deudas médicas de mi hermano.

El documento tenía una fecha anterior incluso a mi primer mensaje a Adrián.

—Lucas…

—Mi tío sabía quién eras antes de que le escribieras.

Negué con la cabeza.

—No tiene sentido.

Entonces mi teléfono vibró.

Era Adrián.

Un único mensaje apareció en la pantalla.

“NO CONFÍES EN LUCAS. PREGÚNTALE QUIÉN PAGÓ REALMENTE LA OPERACIÓN DE TU HERMANO.”

Levanté lentamente la mirada.

Lucas había leído el mensaje desde donde estaba.

Su rostro cambió.

Y por primera vez desde que lo conocía, el heredero alegre que siempre tenía una respuesta para todo pareció tener miedo de que yo hiciera una sola pregunta.

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