Parte 2: EL MUERTO QUE TODOS TRAICIONARON

No grité.

Estuve a punto, pero Lorenzo apretó mi muñeca con la poca fuerza que tenía.

—No… llames… a nadie.

Su voz apenas existía.

Me incliné hacia él.

—Necesita un médico.

—No.

Sus ojos seguían desenfocados, pero había algo intacto detrás de ellos.

La mente del hombre al que todo Chicago temía.

—¿Qué recuerda?

Lorenzo tragó con dificultad.

—Dante.

Mi corazón se aceleró.

—¿El señor Voss?

Sus dedos volvieron a cerrarse sobre mi muñeca.

—No confíes… en él.

Arriba, precisamente Dante estaba tomando el control del imperio Moretti.

Miré la puerta.

Si alguien descubría que Lorenzo seguía vivo, probablemente no sobreviviría a un segundo intento.

—¿Qué hago?

Lorenzo cerró los ojos.

—Déjame muerto.


Durante las dos horas siguientes hice algo que jamás imaginé.

Mentí a hombres peligrosos.

Cuando una enfermera bajó para preparar el traslado del cuerpo, fingí estar limpiando.

—El señor Voss ordenó que nadie lo toque hasta que llegue el médico forense —dije.

Ella dudó.

—No recibí esa instrucción.

—Puede preguntarle.

No lo hizo.

Nadie quería molestar a Dante aquella mañana.

Cuando se marchó, Lorenzo abrió los ojos.

—Bien.

—No me felicite. Estoy aterrada.

Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.

—Eso significa que todavía eres inteligente.

Conseguí agua, suministros médicos básicos y un teléfono antiguo que el jardinero guardaba en un cajón.

Lorenzo apenas podía moverse.

Pero estaba mejorando.

—La sustancia —dije—. Caldwell dijo que ralentizaba sus funciones.

Lorenzo me miró.

—Caldwell sabía demasiado rápido qué era.

Me quedé quieta.

—¿Cree que está involucrado?

—Creo que alguien quería que tres médicos declararan mi muerte.

—¿Los tres?

—No necesariamente.

Su mirada se endureció.

—Pero uno bastaba.

Recordé algo.

—La doctora Mercer quería continuar.

Lorenzo frunció el ceño.

—¿Qué?

—Después de la línea plana. Ella pidió otra dosis y Caldwell dijo que era inútil.

El silencio cambió.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces Mercer podría seguir siendo leal.

Intenté levantarme.

—Voy a buscarla.

Lorenzo me agarró.

—Clara.

—Necesita ayuda.

—Si te equivocas, muero.

Lo miré.

—Si no hago nada, también.

Por primera vez desde que despertó, pareció no tener respuesta.


Encontré a Elaine Mercer en un pasillo del segundo nivel.

No le dije que Lorenzo estaba vivo.

Solo pregunté:

—Doctora, ¿puede explicarme qué ocurrió anoche?

Ella parecía agotada.

—¿Por qué?

—Porque fui yo quien encontró su copa antes de que enfermara.

Era mentira.

Pero funcionó.

Elaine me llevó inmediatamente a una habitación vacía.

—¿Qué viste?

—Primero usted.

—No entiendo.

—¿Estaba realmente muerto?

Su rostro se tensó.

—Clara, eso no es asunto tuyo.

—Entonces dígame por qué intentó continuar cuando Caldwell declaró la muerte.

Elaine me observó durante varios segundos.

Después cerró la puerta.

—Porque yo todavía detectaba actividad neurológica mínima.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Y Caldwell?

—Dijo que eran artefactos del equipo.

—¿Le creyó?

—No.

Elaine se acercó.

—¿Por qué preguntas esto?

No respondí.

Sus ojos se abrieron.

—Dios mío.

Me agarró de los hombros.

—¿Dónde está?

Aquella pregunta decidió todo.

No había dicho que estuviera vivo.

Ella lo había deducido.

—Prometa que no avisará a nadie.

—Clara…

—Prométalo.

—Lo prometo.

La llevé abajo.

Cuando vio a Lorenzo despierto, Elaine tuvo que apoyarse contra la pared.

—Esto es imposible.

Lorenzo habló desde la cama.

—Eso espero.

Elaine lo examinó.

Después de varios minutos respiró aliviada.

—Está recuperándose.

—¿Cuánto?

—Horas. Quizá un día antes de que pueda caminar con seguridad.

Lorenzo negó.

—No tengo un día.

—Entonces tendrá que conseguirlo.

Elaine tomó una muestra de sangre.

Su expresión cambió al analizarla.

—Esto no fue un veneno convencional.

—¿Qué fue?

—Una combinación diseñada para imitar un colapso irreversible.

Me miró.

—El calor probablemente aceleró la recuperación.

Lorenzo volvió los ojos hacia mí.

—Las mantas.

Elaine asintió.

—Y el calor corporal.

Sentí que mis mejillas ardían.

Lorenzo no sonrió.

—Entonces Clara me salvó.

—Sí.

Aquella palabra me golpeó más fuerte de lo esperado.

Pero no tuvimos tiempo para procesarla.

Arriba sonó una alarma.

Después escuchamos pasos.

Muchos.

Elaine palideció.

—¿Qué ocurre?

El viejo teléfono que había conseguido vibró.

Un mensaje anónimo.

“DANTE ORDENA RETIRAR EL CUERPO A LAS 8:30.”

Miré el reloj.

8:24.

—Seis minutos.

Lorenzo apartó las mantas.

Intentó levantarse.

Sus piernas cedieron.

Lo sujeté.

—No puede.

—Tengo que desaparecer.

Elaine negó.

—No llegará ni al ascensor.

Entonces recordé el carrito de lavandería.


A las 8:29 empujé el carrito por el corredor de servicio.

Lorenzo estaba oculto debajo de sábanas y uniformes.

Elaine permaneció atrás para borrar ciertos registros médicos.

Llegamos al ascensor.

Las puertas se abrieron.

Dante estaba dentro.

Sentí que el corazón se detenía.

—Clara.

Bajé la mirada.

—Señor Voss.

Él observó el carrito.

—¿Qué llevas?

—Ropa de la sala médica.

Dante salió.

Colocó una mano sobre las sábanas.

A centímetros del rostro oculto de Lorenzo.

—Qué extraño.

No respiré.

—Creí que lavandería no bajaba hasta las nueve.

—Me pidieron adelantarme.

—¿Quién?

Mi mente quedó en blanco.

Entonces una voz sonó detrás de nosotros.

—Yo.

Elaine.

Dante la observó.

—Doctora.

—Necesitaba retirar material antes de que trasladaran al señor Moretti.

Dante sonrió.

Pero sus ojos permanecieron fríos.

—Entiendo.

Nos dejó pasar.

Las puertas se cerraron.

Solo entonces respiré.

Desde debajo de las sábanas escuché un susurro.

—Está mintiendo.

—¿Dante?

—Elaine.

Me quedé helada.

—¿Qué?

Lorenzo no pudo explicar más.

El ascensor llegó al estacionamiento.

Allí esperaba un automóvil negro.

Pero no estaba vacío.

Un anciano salió del asiento trasero.

Lorenzo había logrado contactar con una única persona.

Marco Bellini.

Su antiguo abogado.

Al verme, Marco abrió la puerta.

—Rápido.

Ayudamos a Lorenzo a entrar.

Entonces escuchamos disparos arriba.

Elaine apareció corriendo desde el ascensor.

—¡Váyanse!

Marco arrancó.

Durante veinte minutos nadie habló.

Finalmente Lorenzo consiguió incorporarse.

—Dame un teléfono.

Marco le entregó uno.

—¿A quién vas a llamar?

—A nadie.

Lorenzo abrió una aplicación de seguridad.

Cámaras de la finca.

Audio.

Registros de acceso.

—Antes de perder el conocimiento activé una copia automática.

Apareció un video.

La hora indicaba 10:31 p. m.

Una hora antes de su supuesta muerte.

Vimos a Dante entrar en el despacho de Lorenzo.

No estaba solo.

Con él iba el doctor Caldwell.

Mi estómago se revolvió.

Caldwell entregó una pequeña caja.

Dante preguntó:

—¿Estás seguro de que parecerá muerto?

—Lo suficiente.

—¿Y después?

—El frío terminará el trabajo.

Comprendí por qué habían desconectado la calefacción.

Lorenzo también.

Pero entonces apareció una tercera persona.

No pude verle el rostro.

Solo escuchamos su voz.

—Cuando Moretti muera, Dante heredará la organización.

Dante respondió:

—Eso acordamos.

La figura dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Y Clara Bell desaparece esa misma noche.

Sentí que toda la sangre abandonaba mi cuerpo.

Lorenzo pausó el video.

—¿Por qué tú?

—No lo sé.

—Mientes.

Lo miré.

Por primera vez desde que despertó, había auténtica desconfianza en sus ojos.

—Clara, ¿quién eres?

No pude responder.

Porque Marco había abierto la carpeta recuperada del vehículo de escape.

Dentro había una fotografía antigua.

Una niña de aproximadamente seis años estaba de pie junto a un hombre que reconocí inmediatamente.

El padre de Lorenzo.

La niña era yo.

En el reverso había una frase escrita a mano:

“CLARA BELL — ÚLTIMA HEREDERA LEGÍTIMA.”

Lorenzo levantó lentamente la mirada.

—¿Heredera de qué?

Marco cerró los ojos.

—De todo lo que la familia Moretti le robó.

Y entonces comprendí que yo no había llegado a aquella casa tres años atrás por casualidad.

Alguien me había colocado allí.

Y Lorenzo acababa de volver de la muerte justo a tiempo para descubrir por qué.

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