Parte 2: EL SECRETO DE LA PIERNA DERECHA

El anciano médico se quedó inmóvil en la puerta.

—He dicho que se aleje de él.

Sebastian no apartó los ojos de su propio pie.

—Doctor Walsh.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Explíqueme por qué.

El médico tragó saliva.

—Un espasmo involuntario no significa recuperación neurológica.

—No he preguntado qué significa el movimiento.

Sebastian levantó la mirada.

—He preguntado por qué usted sabía exactamente qué pierna estaba tocando.

El silencio se hizo insoportable.

Gabriel cerró la puerta detrás del médico.

El clic de la cerradura sonó más fuerte que cualquier amenaza.

Walsh se secó la frente.

—He tratado al señor Lombardi durante casi veinte años. Conozco cada lesión de su cuerpo.

—Entonces quizá pueda ayudarme —dije.

Todos me miraron.

Me arrodillé nuevamente.

Walsh dio un paso.

—¡No!

Sebastian levantó una mano.

Los guardias bloquearon al médico.

Yo palpé lentamente alrededor del tobillo.

Después subí por la pantorrilla.

Había atrofia.

Era evidente.

Pero ciertos músculos no estaban tan inactivos como deberían después de dos décadas sin conexión funcional.

—Sebastian, intenta mover los dedos.

Se rio sin humor.

—Llevo veinte años intentándolo.

—Hazlo otra vez.

Sus ojos se clavaron en los míos.

Esperó.

Después cerró la mandíbula.

Nada.

Volví a presionar el punto junto al tobillo.

—Ahora.

El dedo se movió.

Una vez.

Luego otro.

Gabriel soltó una maldición.

Sebastian dejó de respirar.

Esta vez no había sido un reflejo.

Había esperado mi orden.

Walsh se desplomó ligeramente contra la pared.

Yo lo vi.

—Usted sabía.

—No.

Me levanté.

—Sí.

—Señorita Bennett, está interpretando algo que no comprende.

—Entonces explíquelo.

No lo hizo.

Sebastian habló:

—Gabriel.

El hombre se acercó.

—Revisa todos mis historiales médicos.

Walsh palideció.

—Sebastian, no puedes permitir…

—Todos.

—Hay décadas de archivos.

—Entonces empieza por los que usted firmó.

El doctor lo miró fijamente.

—Tu padre confiaba en mí.

La habitación cambió.

Sebastian se quedó completamente quieto.

—Mi padre murió la noche de la explosión.

—Precisamente.

Aquella palabra pareció escapar antes de que Walsh pudiera detenerla.

Sebastian entrecerró los ojos.

—¿Precisamente qué?

El médico guardó silencio.

Gabriel agarró su brazo.

—Habla.

—No voy a responder bajo amenazas.

Sebastian sonrió.

No había calidez en aquella sonrisa.

—Doctor, lleva veinte años entrando en mi casa, revisando mi cuerpo y administrando mis tratamientos.

Se inclinó hacia delante.

—Si descubro que ocultó algo relacionado con mi lesión, las amenazas serán el menor de sus problemas.

Walsh bajó la cabeza.

Finalmente murmuró:

—Necesito mostrarte algo.


Nos llevó al antiguo consultorio médico de la mansión.

Nunca había visto una habitación tan equipada fuera de un hospital privado.

Walsh abrió un armario metálico.

Sacó una caja.

Dentro había radiografías antiguas.

Resonancias.

Informes.

Sebastian observó una fecha.

—Tres meses después del atentado.

—Sí.

El médico colocó una imagen sobre una pantalla iluminada.

Yo me acerqué.

Y enseguida vi algo extraño.

—¿Esta es su columna?

Walsh asintió.

—La lesión era grave.

—Pero no completa.

Gabriel me miró.

—¿Qué significa?

Señalé la imagen.

—Que algunas vías parecen haber conservado continuidad.

Sebastian no parpadeó.

—Dímelo sin lenguaje médico.

Respiré.

—Que quizá nunca fue cierto que no hubiera ninguna posibilidad de recuperar algo de función.

Nadie habló.

Sebastian miró lentamente a Walsh.

—Veinte años.

El médico cerró los ojos.

—No era tan sencillo.

—Me dijiste que jamás volvería a mover las piernas.

—Porque era lo más seguro.

—¿Seguro para quién?

Walsh no respondió.

Entonces vi una anotación al margen.

Un nombre.

Laboratorios Devereux.

—¿Qué es esto?

Walsh intentó quitarme el informe.

Lo aparté.

—¿Qué medicamento le administraban?

Sebastian frunció el ceño.

—¿Medicamento?

Gabriel abrió otra carpeta.

—Aquí también aparece.

Inyecciones mensuales.

Durante diecisiete años.

Sebastian miró al médico.

—Me dijiste que eran para prevenir espasmos.

—Lo eran.

—¿Qué contenían?

Walsh se quedó callado.

Saqué mi teléfono.

—Puedo llamar a un toxicólogo.

El doctor me miró con auténtico miedo.

—No.

Ahí lo entendí.

—No quiere que analicemos su sangre.

Sebastian también.

—Gabriel.

—Sí.

—Trae a alguien independiente.

Walsh perdió el control.

—¡Si haces eso, los matarás a todos!

El silencio cayó de golpe.

Sebastian habló muy despacio.

—¿A quiénes?

Walsh respiraba con dificultad.

—No entiendes lo que tu padre construyó.

—Mi padre llevaba muerto veinte años cuando muchas de esas recetas fueron firmadas.

El médico miró hacia la puerta.

Como si temiera que alguien estuviera escuchando.

—El atentado no debía matarte.

Sebastian quedó inmóvil.

Gabriel también.

—¿Qué acabas de decir?

Walsh bajó la voz.

—Debía dejarte exactamente como quedaste.

Sentí un escalofrío.

Sebastian se acercó con la silla.

—Continúa.

—Tu padre tenía enemigos.

—Eso no es noticia.

—No hablo de enemigos externos.

Walsh señaló las radiografías.

—Alguien necesitaba que sobrevivieras.

—¿Por qué?

—Porque muerto habrías convertido a tu familia en mártir.

Su mirada cayó sobre las piernas de Sebastian.

—Pero paralizado eras perfecto. Poderoso suficiente para mantener unido el imperio, incapaz de investigar ciertos lugares personalmente y dependiente de las personas que controlaban tu tratamiento.

Gabriel apretó los puños.

—¿Quién?

Walsh no respondió.

Sebastian preguntó:

—¿Y las inyecciones?

El médico parecía derrotado.

—Reducían la respuesta neuromuscular.

Mi estómago se hundió.

—¿Está diciendo que durante años alguien pudo estar suprimiendo deliberadamente cualquier recuperación?

Walsh cerró los ojos.

—Sí.

Sebastian no reaccionó.

Aquello fue peor.

Solo miró sus piernas.

Veinte años creyendo que estaban muertas.

Veinte años.

Entonces dijo:

—¿Cuánto habría recuperado sin ellas?

—No lo sé.

—Mírame.

Walsh levantó los ojos.

—No lo sé.

Sebastian golpeó el apoyabrazos.

—¡DAME UN NÚMERO!

—¡Tal vez mucho!

El grito del médico llenó la habitación.

—Tal vez podrías haberte puesto de pie. Tal vez incluso caminar con asistencia. Nunca pude saberlo porque me ordenaron asegurarme de que nadie lo descubriera.

Sebastian quedó blanco.

—¿Quién te lo ordenó?

Walsh empezó a temblar.

—Tu padre.

Nadie respiró.

Sebastian soltó una risa vacía.

—Mi padre murió antes de que comenzaran las inyecciones.

—No dije que estuviera vivo cuando me dio la orden.

Walsh abrió una pequeña caja fuerte escondida detrás de los archivos.

Sacó un sobre amarillento.

En él estaba escrito:

PARA EL DOCTOR WALSH. SOLO SI SEBASTIAN VUELVE A MOVER LA PIERNA DERECHA.

Sebastian extendió la mano.

Walsh no se lo entregó.

—Antes de abrirlo tienes que entender algo.

—Dámelo.

—Hay personas en esta casa que han esperado veinte años para saber si esto ocurría.

Gabriel miró hacia las cámaras de seguridad del techo.

—¿En esta casa?

Walsh asintió.

Y justo entonces todas las luces se apagaron.

Un segundo después, sonaron tres disparos en el pasillo.

Los guardias reaccionaron.

Gabriel me empujó detrás de un escritorio.

—¡Al suelo!

Sebastian abrió el sobre en la oscuridad usando la luz de mi teléfono.

Dentro había una fotografía.

Un hombre mucho más joven junto al padre de Sebastian.

Y entre ambos, una mujer que reconocí.

Sentí que el aire desaparecía.

—No puede ser.

Sebastian me miró.

—¿La conoces?

Mis manos comenzaron a temblar.

Porque la mujer de la fotografía era mi madre.

Y detrás había una frase escrita veinte años atrás:

“Si Claire Bennett aparece alguna vez en esta casa, no permitas que toque la pierna de Sebastian.”

Antes de que pudiera decir una palabra, Gabriel levantó su arma hacia la puerta.

Pero una voz sonó desde el pasillo oscuro.

—Demasiado tarde.

Reconocí aquella voz.

La había escuchado cientos de veces durante mi matrimonio.

Era mi exmarido.

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