PARTE 2: LA AUDITORÍA QUE LO DESTRUYÓ

Sebastián dejó de mirar las maletas.

Toda su atención cayó sobre el informe.

—Eso es imposible.

El tío Robert cerró tranquilamente el maletín.

—Entonces será sencillo demostrarlo.

Camila retrocedió.

—Sebastián, dijiste que esas transferencias estaban autorizadas.

Él giró hacia ella.

—Cállate.

Fue demasiado tarde.

Robert había escuchado.

Yo también.

—¿Qué transferencias, Camila?

—Ninguna.

—Acabas de decir que estaban autorizadas.

Sebastián avanzó hacia mí.

—Elena, no entiendes cómo funciona la empresa.

Casi sonreí.

—La empresa empezó con el dinero de las joyas de mi madre.

—Eso fue hace ocho años.

—Y por eso mi participación nunca desapareció.

Su rostro perdió color.

Durante años había permitido que Sebastián apareciera como fundador principal.

Él daba entrevistas.

Él asistía a las galas.

Él hablaba de “su empresa”.

Pero una parte importante de las acciones seguía vinculada a la sociedad patrimonial que mi madre había creado antes de morir.

Sebastián podía administrar.

No podía apropiarse de todo.

Y mucho menos transferir fondos a empresas relacionadas con su amante.

Robert abrió nuevamente el informe.

—Encontramos pagos por consultoría a tres sociedades.

Colocó varias hojas sobre la mesa.

—Las tres conducen a la misma beneficiaria.

Miró a Camila.

—Usted.

Ella palideció.

—Yo trabajo para la empresa.

—¿En qué?

Silencio.

—¿Qué servicios prestó por ciento ochenta y siete millones?

Camila buscó a Sebastián con los ojos.

Él no la defendió.

Entonces comprendió algo importante.

Cuando todo parecía suyo, eran amantes.

Cuando apareció la auditoría, cada uno estaba solo.


Sebastián intentó negociar esa misma noche.

Esperó abajo hasta que los guardias terminaron de sacar sus pertenencias.

Después llamó.

—Elena, hablemos.

—Habla con mi abogado.

—¡Soy tu esposo!

—Por eso precisamente tengo abogado.

—Puedo explicarlo.

—Perfecto. Explícaselo al equipo auditor.

Hubo silencio.

Después cambió de estrategia.

—No puedes hacerle esto a la empresa que construimos juntos.

Aquella frase casi resultó divertida.

—¿Construimos?

—Sabes lo que quiero decir.

—Durante años fue “mi empresa” cuando recibías premios.

Hice una pausa.

—Ahora que hay ciento ochenta y siete millones sin justificar vuelve a ser “nuestra”.

No respondió.

—Buenas noches, Sebastián.

—¡Elena!

Colgué.


La investigación continuó.

Y apareció algo todavía peor.

No todos los ciento ochenta y siete millones habían terminado directamente en manos de Camila.

Parte había financiado propiedades.

Vehículos.

Inversiones.

Una sociedad creada meses después de que comenzara su relación.

Y un apartamento de lujo que Sebastián había comprado para ella.

El mismo apartamento donde aparentemente pensaban vivir después de expulsarme de mi dormitorio.

Mi abogado me preguntó:

—¿Quieres utilizar esto para negociar el divorcio?

Negué.

—Quiero que se investigue correctamente.

—Puede ponerse desagradable.

—Ya lo es.

No buscaba venganza.

Quería separar con claridad lo que era mío de aquello que Sebastián había hecho.


Su madre apareció tres días después.

Entró llorando.

—Elena, tienes que ayudarlo.

La miré.

Aquella era la misma mujer que había celebrado el embarazo de Camila.

—¿Ayudarlo con qué?

—Sebastián cometió errores.

—Ciento ochenta y siete millones son muchos errores.

—Pero eres su esposa.

—Él ya eligió quién quería que ocupara el lugar de su esposa.

La mujer bajó la mirada.

—El bebé…

—No tiene culpa de nada.

Y lo decía en serio.

No pensaba atacar a un niño por las decisiones de sus padres.

—Pero que Camila esté embarazada no convierte lo que hicieron en responsabilidad mía.

Su madre empezó a llorar.

—¿No puedes retirar la demanda?

—No.

—¿Después de ocho años puedes ser tan fría?

Aquello me hizo levantar la mirada.

—Su hijo llevó a su amante embarazada a mi dormitorio y me pidió que cocinara para ambos.

Silencio.

—No me hable ahora de frialdad.


Sebastián terminó aceptando el divorcio cuando comprendió que yo no iba a negociar el matrimonio a cambio de protegerlo empresarialmente.

La auditoría siguió su curso de forma independiente.

Los movimientos cuestionados fueron revisados por abogados, contables y las partes correspondientes.

Algunos fondos pudieron justificarse.

Otros no.

Y Sebastián tuvo que responder por las decisiones que había firmado.

Camila también descubrió que ser beneficiaria de dinero dudoso era mucho menos romántico cuando había documentos detrás.

Su relación empezó a desmoronarse.

Primero se culparon.

Después contrataron abogados distintos.

Finalmente dejaron incluso de presentarse juntos.

Yo observé todo desde lejos.

No necesitaba empujarlos.

Habían construido su propia caída.


Meses después, Sebastián pidió verme una última vez.

Acepté únicamente porque todavía quedaban documentos del divorcio por resolver.

Parecía otro hombre.

—Camila y yo terminamos.

No reaccioné.

—Pensé que querrías saberlo.

—No.

Me miró durante varios segundos.

—¿Nunca sentiste celos?

—Sí.

—Entonces ¿cómo puedes estar tan tranquila?

Pensé antes de responder.

—Porque los celos pertenecían a la mujer que todavía quería conservarte.

Su expresión se endureció.

—¿Y esa mujer?

—Desapareció el día que llevaste a otra persona a nuestra habitación y me explicaste que podía quedarme para servirles.

Sebastián bajó los ojos.

—Fui un idiota.

—Sí.

—Podemos empezar otra vez.

Negué.

—No quiero empezar otra vez contigo.

—Ocho años, Elena.

—Precisamente.

Me levanté.

—No voy a gastar el noveno intentando reparar lo que destruiste durante los ocho anteriores.


Conservé el apartamento.

No porque quisiera recordar mi matrimonio.

Sino porque había pertenecido a mi madre antes de convertirse en el escenario donde Sebastián decidió humillarme.

Reformé completamente el dormitorio principal.

Saqué la cama.

Cambié las paredes.

Doné los muebles.

Y coloqué nuestra fotografía de boda dentro de una caja que nunca volví a abrir.

Una tarde, Robert vino a entregarme los últimos documentos.

—Ya está.

—¿Todo?

—Todo lo que te correspondía recuperar está protegido.

Miré alrededor.

La casa parecía diferente.

En realidad, la que había cambiado era yo.

Sebastián había entrado aquel día convencido de que podía asignarme una habitación pequeña dentro de mi propia casa.

Pensaba que después de ocho años yo estaba demasiado acostumbrada a sostener su vida como para atreverme a soltarla.

Se equivocó.

Diez minutos bastaron para echarlo de mi apartamento.

Los meses siguientes fueron necesarios para sacarlo de mis cuentas, mis negocios y mi futuro.

Pero lo más difícil había ocurrido mucho antes.

Fue comprender que recuperar lo mío no significaba quedarme con una casa, unas acciones o una cifra en el banco.

Significaba dejar de ofrecerle un lugar en mi vida a alguien que ya había decidido cuál debía ser el mío.

Y aquella habitación pequeña que Sebastián había preparado para mí…

se quedó vacía.

Exactamente igual que el espacio que él dejó en mi vida.

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