PARTE 2: LA GUERRA POR MIS HIJOS.

El taxi apenas había recorrido tres kilómetros cuando recibí el primer mensaje.

No era de Adrian.

Era de mi abogada.

“ELENA, NO VAYAS A TU ANTIGUA DIRECCIÓN. CROSS ACABA DE PRESENTAR UNA SOLICITUD DE EMERGENCIA POR CUSTODIA.”

Sentí que el estómago se me cerraba.

Miré a Noah y Emma.

Estaban pegados a la ventana, fascinados por los edificios de Manhattan, completamente ajenos a la batalla que acababa de comenzar alrededor de ellos.

—Conductor, cambie de destino.

Le di la dirección de un hotel.

Después llamé a mi abogada.

—¿Cómo pudo presentar algo tan rápido?

—Porque empezó antes de que aterrizaras.

Me quedé en silencio.

—¿Qué?

—Adrian sabía que regresabas desde hace semanas.

Aquello me heló.

Mi vuelo.

Mi llegada.

Incluso la salida VIP.

Nada de lo ocurrido en el aeropuerto había sido improvisado.

—¿Qué está alegando?

—Que ocultaste deliberadamente la existencia de sus hijos durante seis años y que existe riesgo de que vuelvas a sacarlos del país.

Cerré los ojos.

—Yo no sabía que estaba embarazada cuando firmamos el divorcio.

—Lo sé. Pero tenemos que demostrarlo.

—Tengo registros médicos de Harvard.

—Entonces los necesitaremos todos.

Miré nuevamente a mis hijos.

Adrian quería una guerra legal.

La tendría.

Pero no iba a permitir que Noah y Emma fueran utilizados como trofeos.


Llegamos al hotel veinte minutos después.

Antes de entrar, recibí otro mensaje.

Esta vez sí era de Adrian.

“NO QUIERO QUITÁRTELOS.”

Lo ignoré.

Llegó otro.

“QUIERO CONOCERLOS.”

Después otro.

“DAME UNA HORA.”

Apagué la pantalla.

Seis años atrás yo habría dado cualquier cosa por recibir un mensaje suyo.

Ahora cada palabra parecía llegar demasiado tarde.

Emma se acercó.

—Mommy, ¿ese hombre realmente es nuestro papá?

Me agaché frente a ella.

—Biológicamente, sí.

Noah permaneció serio.

—¿Por qué nunca vino a vernos?

La pregunta me atravesó.

—Porque no sabía que existían.

Noah frunció el ceño.

—¿Y ahora está enojado contigo?

—Los adultos a veces se enojan cuando descubren cosas que no entienden.

—Entonces debería preguntar antes de mandar scary men.

No pude evitar sonreír.

—Estoy de acuerdo.

Pero la sonrisa duró poco.

Al entrar en nuestra habitación encontré a mi abogada esperándonos.

Rachel Bennett.

Habíamos estudiado juntas años atrás.

Sobre la mesa había una carpeta gruesa.

—Tenemos un problema.

—¿Otro?

Rachel giró varios documentos hacia mí.

—Adrian no está solicitando únicamente visitas.

Leí la primera página.

Custodia provisional compartida.

Restricción internacional de viaje.

Entrega de pasaportes infantiles.

Sentí una oleada de rabia.

—Ni siquiera conoce sus cumpleaños.

—Lo sé.

—No sabe qué alimentos le provocan alergia a Emma. No sabe que Noah necesita dormir con una luz encendida cuando está en un lugar nuevo.

Rachel bajó la voz.

—Eso es precisamente lo que debemos demostrar.

Entonces señaló otro documento.

—Pero hay algo extraño.

—¿Qué?

—La solicitud menciona información médica sobre los gemelos.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué información?

—Grupo sanguíneo. Hospital de nacimiento. Incluso parte del historial pediátrico.

La miré fijamente.

—Eso es imposible.

Esos expedientes estaban protegidos.

Adrian podía tener dinero.

Podía contratar investigadores.

Pero aquello significaba que alguien había accedido a información privada.

Y si había conseguido los registros médicos de mis hijos, llevaba mucho más tiempo investigándonos de lo que quería admitir.


A las siete de la tarde llamaron a la puerta.

Rachel miró por la mirilla.

—Es él.

Me levanté.

—¿Solo?

—Sí.

Abrí.

Adrian estaba en el pasillo.

Sin guardaespaldas.

Sin asistente.

Sin aquella armadura de poder del aeropuerto.

—Diez minutos —dije.

—Necesito más.

—Entonces tendrás cero.

Entró.

Cuando vio a los gemelos jugando sobre la alfombra, se quedó inmóvil.

Emma levantó la cabeza.

Noah también.

Adrian parecía un hombre enfrentándose a algo para lo que nadie lo había preparado.

—Hola —dijo finalmente.

Emma fue la primera en responder.

—Hello.

Noah no dijo nada.

Adrian se arrodilló a cierta distancia.

—Soy Adrian.

Emma ladeó la cabeza.

—Sabemos.

Adrian casi sonrió.

Entonces Noah preguntó:

—¿Quieres quitarnos de mamá?

La sonrisa murió antes de aparecer.

—No.

—Tus abogados sí.

Adrian me miró.

—Elena…

—Respóndele a él.

Guardó silencio.

Después volvió hacia Noah.

—Quiero asegurarme de poder verlos.

—Podías pedirlo.

Adrian parpadeó.

Por primera vez desde que había regresado, un niño de cinco años parecía ser la única persona capaz de dejar sin palabras a Adrian Cross.

Emma se acercó lentamente.

—¿Por qué hiciste llorar a mamá?

El rostro de Adrian cambió.

Me miró.

—Emma…

—No le enseñé a odiarte.

—No dije eso.

—Pero lo pensaste.

Adrian bajó la cabeza.

—Cometí errores.

—Uno de ellos tenía nombre —respondí—. Celeste.

Silencio.

Su mandíbula se tensó.

—Celeste y yo nunca estuvimos juntos después del divorcio.

Aquello me sorprendió.

—¿Qué?

—Descubrí la verdad dos meses después de que te marcharas.

—¿Qué verdad?

Adrian miró a los niños antes de responder.

—No aquí.

Rachel intervino.

—Entonces probablemente tampoco sea el momento de hablar de ello.

Adrian asintió.

Se levantó.

Antes de marcharse, sacó dos pequeños sobres de su bolsillo.

—No sabía qué les gustaba. Así que no compré juguetes.

Los dejó sobre la mesa.

Dentro había dos tarjetas escritas a mano.

Noah tomó la suya.

Emma hizo lo mismo.

Adrian caminó hacia la puerta.

Entonces Emma lo llamó.

—Adrian.

Se detuvo.

—¿Sí?

—Puedes volver mañana.

Vi cómo algo se quebraba en sus ojos.

—Si tu mamá me deja.

Emma me miró.

No respondí.

Adrian salió.

Pero antes de cerrar la puerta, me dijo:

—Elena, revisa quién autorizó tu beca de Harvard hace seis años.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué estás insinuando?

—Que hay cosas sobre nuestra separación que nunca supiste.

La puerta se cerró.

Miré a Rachel.

Ella ya estaba abriendo su computadora.


Tardamos cuarenta minutos.

Encontramos la documentación original de mi beca.

La financiación no provenía únicamente de Harvard.

Había existido un patrocinador privado.

Un fondo que había cubierto parte de mi investigación durante los primeros dos años.

Nunca había prestado atención al nombre.

Hasta aquella noche.

CROSS BIOMEDICAL FOUNDATION.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—No puede ser.

Rachel siguió buscando.

—Hay más.

Encontró una transferencia realizada cinco años atrás.

Después otra.

Y otra.

Donaciones anónimas al laboratorio donde trabajaba.

Financiación para el programa pediátrico que atendió a mis hijos cuando nacieron prematuramente.

Todas conectadas indirectamente con empresas de Adrian.

Me puse de pie.

—Entonces sabía dónde estaba.

Rachel no respondió.

No hacía falta.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Adrian.

“TE DIJE QUE NO SABÍA QUE TENÍA HIJOS. NUNCA DIJE QUE NO SUPIERA DÓNDE ESTABAS.”

Sentí que me faltaba el aire.

Antes de poder responder, Rachel recibió un correo.

Lo abrió.

Su rostro perdió el color.

—Elena…

—¿Qué?

Giró la computadora hacia mí.

Era una copia de un expediente fechado seis años atrás.

Dos semanas después de nuestro divorcio.

Una solicitud privada firmada por Adrian para localizarme en Cambridge.

Debajo había una segunda página.

Una fotografía.

Yo saliendo de una clínica.

Embarazada.

La fecha correspondía al quinto mes de gestación.

Adrian había recibido aquella fotografía cinco años y medio atrás.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Dijo que no sabía que existían.

Rachel siguió leyendo.

Entonces se quedó completamente quieta.

—Hay una anotación adjunta.

—¿Qué dice?

Rachel levantó lentamente los ojos hacia mí.

—Dice que el informe nunca llegó a Adrian.

—¿Quién lo interceptó?

Rachel giró la pantalla.

En la autorización aparecía una firma que conocía demasiado bien.

Una mujer que seis años atrás había provocado nuestro divorcio.

CELESTE MONROE.

Y debajo de su firma había una instrucción escrita:

“EL SEÑOR CROSS NO DEBE SABER DEL EMBARAZO. BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA.”

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