PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DE LAS FOTOS.

La señora Marta avanzó hacia nosotros con el cuchillo todavía en la mano.

Los treinta soldados reaccionaron al mismo tiempo.

Adrián levantó una mano.

—Tranquilos. Nadie haga nada.

Marta se detuvo frente a la pancarta, leyó lentamente “Bienvenida, futura esposa del coronel Adrián Lu” y después miró mi cara.

—Lucía.

Tragué saliva.

—Puedo explicarlo.

—Eso espero.

Señaló el teléfono de Adrián con el cuchillo.

—Porque ese hombre tiene una foto mía cortando cuellos de pato.

Uno de los soldados murmuró:

—Es la fotografía favorita del comandante.

Cerré los ojos.

Aquello acababa de empeorar.

Marta giró lentamente hacia Adrián.

—¿Favorita?

El enorme coronel, que aparentemente podía dirigir a decenas de soldados sin pestañear, dio medio paso atrás.

—La expresión transmite carácter.

—Estaba intentando abrir una bolsa de salsa con los dientes.

—Precisamente. Determinación.

Tuve que cubrirme la cara.

—Adrián, cállate.

Los soldados luchaban desesperadamente por no reír.

Marta me tomó del brazo.

—Ahora tú.

Respiré profundamente.

—Hace tres años él me pidió una fotografía. Me dio vergüenza enviarle una mía y justo pasabas frente al restaurante.

Sus ojos se estrecharon.

—¿Entonces me fotografiaste?

—Solo una vez.

Adrián levantó el teléfono.

—Tengo cuarenta y siete.

Marta me miró.

—Lucía.

—Bueno… quizá fueron más.

—¡Me convertiste en tu novia virtual!

—Técnicamente, yo hablaba con él.

—¡Pero mi cara hacía el trabajo!

Un soldado no pudo contener la risa.

Marta lo señaló.

—¿Y tú de qué te ríes?

El hombre recuperó inmediatamente la postura.

—De nada, cuñada.

—¡YO NO SOY LA CUÑADA!

Los treinta respondieron al unísono:

—¡SÍ, SEÑORA!

La estación entera estalló en carcajadas.

Yo quería desaparecer.

Adrián, en cambio, estaba sonriendo.

Lo miré con indignación.

—¿Te parece divertido?

—Un poco.

—Te mentí durante tres años.

Su sonrisa desapareció.

—Y yo también te mentí.

Eso me hizo callar.

Ordenó a sus hombres regresar a los vehículos y luego se volvió hacia Marta.

—Señora, le pido disculpas. No sabía que las fotografías habían sido tomadas sin permiso.

Marta cruzó los brazos.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Adrián me miró.

—Primero quiero hablar con Lucía.

Marta guardó finalmente el cuchillo en una bolsa.

—Perfecto. Pero si la haces llorar, coronel o no, tendrás que responder ante mí.

Adrián asintió solemnemente.

—Entendido.

Cuando ella se alejó, respiré aliviada.

—Pensé que ibas a arrestarla.

—¿Por qué?

—Tenía un cuchillo.

—Lucía, vende carne.

—Buen punto.

Nos quedamos solos frente a la estación.

De pronto ya no había soldados, pancartas ni bromas detrás de las cuales esconderme.

Solo nosotros.

—Lo siento —dije—. Debí contarte la verdad.

Adrián guardó silencio.

—¿Por qué no lo hiciste?

Miré al suelo.

—Porque cuanto más tiempo pasaba, más difícil era confesarte que había comenzado todo con una mentira.

—¿Pensabas que me enamoré de una fotografía?

—Pensaba que quizá sí.

Él negó con la cabeza.

—Durante tres años hablaste conmigo cuando estaba agotado. Me enviaste comida cuando creías que vivía perdido en una montaña. Recordabas el cumpleaños de mi madre. Me regañabas cuando desaparecía demasiado tiempo.

Hizo una pausa.

Yo me enamoré de la persona que estaba detrás de los mensajes.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—Entonces, ¿por qué dijiste que antes era más bonita?

Adrián pareció confundido.

—Porque pensé que realmente eras Marta.

—Eso no mejora las cosas.

—Me gustan las personas con apariencia fuerte.

—¡Parecía dispuesta a asesinar un pato!

—Exactamente.

No pude evitar reír.

Pero todavía quedaba algo importante.

—Ahora te toca a ti.

—¿Qué?

Señalé los camiones.

—Trabajador de montaña.

Adrián suspiró.

—Mi unidad está destinada en una región montañosa. No podía contarte detalles de mi trabajo.

—¿Y “la estación perdió la señal”?

—Eso era verdad.

—¿El comedor comunitario?

—Comedor militar.

—¿La carne seca?

—Raciones.

Lo miré horrorizada.

—¿Me enviaste comida militar durante tres años?

—Y tú me enviaste salsa de fideos.

—¡Porque pensaba que eras pobre!

Adrián sonrió.

—Mis hombres adoraban esa salsa.

Entonces comprendí algo.

—Espera. ¿Ellos leían nuestros mensajes?

—No.

—¿Seguro?

Desvió la mirada.

—Adrián.

—Algunos.

—¿Cuántos?

Desde uno de los camiones alguien gritó:

—¡TODOS, CUÑADA!

Me llevé ambas manos a la cara.

Todo un batallón conocía mis conversaciones románticas.

—Quiero morir.

—No exageres.

—Una vez te escribí que quería abrazarte como un panda.

Desde el camión llegó otra voz.

—¡ESE MENSAJE FUE MUY BONITO!

—¡CÁLLENSE! —grité.

Las carcajadas fueron inmediatas.

Adrián estaba a punto de responder cuando su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

Contestó.

—Habla Lu.

Escuchó durante varios segundos.

La sonrisa desapareció completamente.

—Entendido. Voy inmediatamente.

Colgó.

—¿Qué ocurre?

—Tengo que regresar a la base.

Sentí una punzada de decepción.

—¿Ahora?

—Ahora.

Uno de los soldados corrió hacia nosotros.

—Comandante, debemos salir.

Adrián tomó su bolsa.

Yo asentí lentamente.

—Entonces supongo que nuestro encuentro terminó bastante rápido.

Pero él no se movió.

—No exactamente.

—¿Qué quieres decir?

Me tomó suavemente de la mano y caminó conmigo hacia los camiones.

—Mis veinte días de permiso fueron cancelados, pero existe otra solución.

—¿Cuál?

Abrió la puerta del vehículo.

—Vienes conmigo.

Me quedé inmóvil.

—¿A una base militar?

—Hasta la zona civil cercana.

—¿Estás loco?

—Probablemente.

Detrás de nosotros, Marta apareció corriendo.

—¡Lucía!

Se acercó cargando una enorme bolsa.

—Te olvidaste esto en mi restaurante.

Me la entregó.

Dentro había varias botellas de salsa.

Los soldados comenzaron a celebrar.

—¡LA SALSA!

Adrián negó con la cabeza.

—Ahora definitivamente tienes que venir.


Dos horas después estaba sentada dentro de un vehículo militar preguntándome cómo mi vida había cambiado tan rápido.

Cuando llegamos a las instalaciones cercanas a la base, varios oficiales esperaban a Adrián.

Pero había también una mujer elegante junto a un automóvil negro.

Alta, impecablemente vestida y visiblemente furiosa.

En cuanto vio a Adrián, caminó directamente hacia él.

—¡Por fin regresaste!

Después me observó.

Su mirada descendió hasta nuestras manos.

Porque Adrián todavía sostenía la mía.

—¿Quién es ella?

Antes de que pudiera responder, un oficial se acercó y habló en voz baja.

—Comandante, su padre también está aquí.

Adrián frunció el ceño.

—¿Mi padre?

La mujer sonrió.

—Vino porque hoy debíamos anunciar nuestro compromiso.

Sentí que los dedos de Adrián se endurecían alrededor de los míos.

—¿Qué compromiso?

Ella palideció.

Entonces las puertas del edificio principal se abrieron.

Un hombre de cabello gris salió acompañado por varios oficiales.

Miró primero a Adrián.

Después a mí.

Y finalmente se quedó completamente inmóvil.

—¿Lucía Qin? —pronunció mi nombre como si ya me conociera—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Adrián giró lentamente hacia mí.

—¿Mi padre te conoce?

Yo negué con la cabeza.

Pero el hombre ya caminaba hacia nosotros.

Y cuando estuvo lo bastante cerca, sacó de su bolsillo una fotografía antigua.

En ella aparecía mi madre abrazando a un joven vestido con uniforme militar.

El joven era él.

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